“¿Está el pasado tan muerto como realmente creemos?”, inquiere Ezra Winston en un episodio de Mort Cinder, esa obra maestra de la historieta clásica, guionada por Héctor Oesterherld y dibujada por el maestro Alberto Breccia. Ezra es un anticuario establecido en Londres, y está acostumbrado a lidiar con rarezas y piezas únicas. Como el célebre sable corvo del general San Martín, que fue adquirido justamente en una casa de antigüedades en la ciudad junto al Támesis, hacia fines de 1811.
La pregunta retórica del personaje de ficción adquiere relevancia y actualidad concretas cuando la reliquia se convirtió en noticia por su traslado del Museo Histórico Nacional, para ser entregado en custodia al cuerpo de Granaderos a Caballo, con sede en el barrio porteño de Palermo.
La intempestiva e inconsulta decisión del presidente Javier Milei de trasladar la reliquia, donada por los herederos legítimos para su exhibición en aquella institución, a fines del siglo XIX, disparó todo tipo de reacciones y críticas, desde las museísticas e historiográficas hasta judiciales.
Apenas conocido el decreto que despojaba al Museo de su pieza más valiosa, su directora, María Inés Rodríguez Aguilar, presentó su renuncia. Su antecesor en el cargo, Gabriel Di Meglio, también se había alejado, a la fuerza, por motivos vinculados con el corvo. El gobierno no vio con agrado que pusiera obstáculos para su manipulación en un desfile militar por el aniversario de la declaración de la Independencia.
Un grupo de descendientes de los donantes, el matrimonio compuesto por Máximo Terrero y Manuela Rosas, interpuso un recurso de amparo, y Araceli Bellotta, historiadora y directora del MHN cuando el sable regresó al museo, en 2015, hizo una presentación como amicus curiae.
Los planteos fueron desestimados con pragmática celeridad por la jueza interviniente, Macarena Marra Giménez, y el acto de traslado se pudo concretar en la fecha prevista, domingo 7 de febrero, aniversario del combate de San Lorenzo (1812), bautismo de guerra de los Granaderos.
Entre las razones esgrimidas por el gobierno nacional para la mudanza se invocó de manera grandilocuente una “reparación histórica” del cuerpo militar. Como en otras tantas instancias de la cacareada “batalla cultural”, las jactancias no disimulan la falta de argumentación. El acervo histórico no es patrimonio de ninguna institución ni facción política, sino del pueblo de la Nación en su conjunto. Más aún, al momento de la donación (1898) no existían ni cuartel en Palermo ni Granaderos a Caballo (el cuerpo fue disuelto por decreto del presidente Bernardino Rivadavia en 1828).
En tanto, aunque sea contrafáctico, no resulta caprichoso especular sobre el destino del sable de no mediar la donación del matrimonio, residente largamente en Londres, donde fallecieron ambos. Casi con certeza ocuparía una vitrina secundaria del British Museum.
Así que hubo ceremonia de traspaso a medida del principal interesado, componiendo una exhortación a las fuerzas del cielo, sermón evangélico y recreacionismo kitsch. Por suerte, nadie recordó que en el combate original hubo realistas que se desbarrancaron en un intento de huida. Hubiésemos tenido que lamentar alguna desgracia.
Tampoco hubo mención alguna al bravo Hipólito Bouchard, quien, en un gesto de coraje individual, arrebató el estandarte enemigo. Ningún orador se tomó el trabajo de leer todo el capítulo.
En cualquier caso, resulta más didáctico y motivador repasar los múltiples avatares del sable y lamentar el escaso respeto demostrado por las simples indicaciones de la generosa Manuelita, allá lejos y hace tiempo.

Secretos verdaderos
El sable corvo está asociado indeleblemente a la figura del Libertador, pero su génesis se remonta al menos a un siglo atrás, existencia de la que nada sabemos y solo cabe conjeturar.

Su naturaleza de origen recién pudo dilucidarse con rigurosidad hacia 1966, con motivo de un análisis metalográfico de la estructura de la hoja.
Científicos de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) practicaron una técnica no invasiva y se desconcertaron al principio por la distribución irregular del carbono, materia prima que se presentaba al microscopio en la forma de ondas de rara belleza, resultado de una forja diferente de los aceros europeos y que era propio de los aceros de Damasco, de confección artesanal preindustrial.
Se trataba de un auténtico “shamshir” de origen arábigo o persa, pariente cercano del alfanje o cimitarra de las novelas de aventuras de Sandokán.
En marco
No volvemos a tener noticias fidedignas del arma que lo acompañó en sus campañas libertadoras hasta su aparición en un retrato realizado en Lima, con motivo de la proclamación de la independencia de Perú (1821). Ahí, un San Martín investido con uniforme de inmaculado blanco cruzado por una banda bicolor ciñe el sable corvo como señal de autoridad y, acaso, de única certidumbre ante el oscurecimiento de su estrella, que se avecina tras la entrevista en Guayaquil, con su par, el caribeño Simón Bolívar.
Los caminos de San Martín y el sable se bifurcan tras su traumático regreso a la patria que tan mal pagó sus servicios. Por algún motivo (¿quizás pensando en la posibilidad de un regreso?), el arma queda en Mendoza, bajo custodia de María Josefa Morales, viuda de Pascual Ruiz Huidobro, a quien malas lenguas sindican como su amante en tierras cuyanas.
Recién hacia 1837, asumiendo su exilio en Francia como definitivo, el veterano general le escribe al matrimonio conformado por su hija Mercedes y Mariano Balcarce, de paseo por el Río de la Plata: “Traigan mi sable corvo, que me ha servido en todas las campañas en América y servirá para algún nietecito, si es que lo tengo”, pidió.
El corvo volvía a cruzar el Atlántico, en sentido contrario. El primero de otros tantos desasosiegos por venir.
Exilios y mudanzas
Convertido en un personaje menos de consulta política que de visita obligada por los destellos de la leyenda, el residente en Gran Bourg exhibe a la vista, colgado en un ángulo de su habitación, “la gloriosa espada que cambió la faz de la América occidental”, en palabras de Juan Bautista Alberdi, quien dejó una amena y vívida viñeta del encuentro.
“Es excesivamente curva, algo corta, el puño sin guarnición, en una palabra, de la forma vulgarmente conocida como moruna… La hoja es enteramente blanca, sin pavón ni ornamento alguno”, precisa el autor de las Bases en su texto Un viaje por Europa (1843).
Algunos interlocutores no se conformaban con la admiración. El gran literato Honorato de Balzac conoció a San Martín por intermedio de Alejandro María Aguado, un excompañero de armas en España devenido banquero y mecenas de artistas, que se convirtió en protector del exiliado en momentos económicamente estrechos. Fiel a su manía de comprador y coleccionista compulsivo (que lo mantenía frecuentemente endeudado), Balzac hizo una espontánea oferta por la reliquia, que su dueño desestimó con corrección y probablemente cierta condescendencia.
“Como si la gloria pudiera comprarse con francos”, habrá pensado el Libertador…
Si bien San Martín prefirió no inmiscuirse nunca en las guerras civiles, que comenzaron cuando él guerreaba aun por la Independencia, se mantenía informado y tenía opinión. De ahí su entusiasta apoyo a Juan Manuel de Rosas cuando la intervención francesa (1840) y la famosa cláusula testamentaria que lega el sable “como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contras las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.
Fechado en París el 23 de enero de 1844 y escrito de puño y letra, el testamento es previo incluso a la Vuelta de Obligado, la tenaz defensa contra las escuadras anglofrancesas mancomunadas en navegar libremente por los ríos internos, con absoluto menosprecio por la soberanía nacional.
Fallecido San Martín en su último retiro en Boulogne-Sur-Mer el 17 de agosto de 1850, le toca a su yerno Mariano Balcarce cumplir con la tarea de honrar a Rosas y hacerle entrega del sable corvo, que acompañará a su depositario en otro exilio político, librada y perdida la batalla de Caseros (1852) que define el nuevo curso del país.
Conmovido por la resistencia del mariscal paraguayo Francisco Solano López en la Guerra de la Triple Alianza, suscitada por intereses ajenos a los americanos, y a imitación de San Martín, le lega su propio sable, que lo acompañó en la defensa de la Confederación Argentina, y destina el corvo a su exsocio, fiel amigo y consuegro Juan Nepomuceno Terrero y sus sucesores.
Finalmente, es el matrimonio compuesto por el hijo de aquel, Máximo, y su consorte, Manuelita Rosas, el que conservará primorosamente la reliquia durante otras tantas décadas en su hogar en Londres, en un misterioso giro del destino.
De regreso
Hacia fines del siglo XIX, la necesidad de escribir un relato historiográfico oficial impulsa al primer director del Museo Histórico, Adolfo Carranza, a escribirle repetidas veces al matrimonio Terrero Rosas, solicitando la donación para el acervo de la flamante institución.
La respuesta de la hija de Rosas se hizo esperar, pero fue finalmente afirmativa, acompañando los deseos de su esposo de donar ese “monumento de gloria para ella” a la Nación argentina.
El sable corvo fue recibido en Buenos Aires en 1898, y pasó al patrimonio del Museo, no sin complicaciones y dilaciones.
Manuelita impuso una sola condición para el desprendimiento. Solicitó que fuera exhibido con una placa de bronce grabada con la cláusula del testamento del Libertador que legaba el sable a Rosas.
Cuando el presidente civil José Evaristo Uriburu delegó el honor de recibirlo en manos del Ejército, uno tras otro los generales en actividad se fueron excusando. “Rosas” era todavía mala palabra por esos años.
Indignado por tanta ingratitud, un nieto del Restaurador retiró la caja con el sable de la corbeta “Uruguay” y se la entregó en mano a Carranza, sin pompa ni honores.
La chapa de bronce desapareció misteriosamente luego de su puesta en exposición.

Tiempos modernos
Agosto de 1963. El veinteañero que tocó a la puerta del Museo, unos minutos después del cierre, insistió correctamente aduciendo que era parte de un grupo de estudiantes tucumanos que esa misma noche regresarían a la provincia.
La actitud dubitativa del ordenanza de turno, que aguardaba la llegada del sereno, facilitó los planes de aquel comando de jóvenes peronistas dispuestos a dar un golpe de efecto para levantar el ánimo de la tropa. Se vivían tiempos frustrantes en el movimiento, con Perón en el exilio y proscripción electoral, en los recientes comicios que habían consagrado presidente al radical Arturo Illia.
El operativo tenía como objetivo sustraer el sable corvo de San Martín y hacerlo llegar a Perón a Madrid. De alguna manera, también se trataba de establecer un vínculo entre San Martín, Rosas y Perón.
La primera parte salió bien: encañonaron al empleado, rompieron el cristal de la mesa de exposición, resguardaron el sable en un poncho y se retiraron, cerrando la puerta por fuera. Después de algún contratiempo, la reliquia fue a parar a una estancia camino a Mar del Plata, que se convirtió en velado sitio de peregrinación de iniciados en la militancia. Pero la cacería de las fuerzas de seguridad no tardó en dar sus frutos. Uno de los implicados fue atrapado, se quebró en la tortura y delató al jefe del operativo, aquel veinteañero, llamado Osvaldo Agosto, de profesión publicista.
A pesar de ser amenazado y golpeado en distintas dependencias policiales, Agosto negó cualquier vínculo con el episodio. Ni el ordenanza del Museo pudo incriminarlo, porque el “estudiante” presentaba un aspecto distinto, maquillado y teñido de otro color de pelo para la eventualidad.
Las dificultades del grupo buscaron consejo externo y lo encontraron en el capitán Adolfo Philippeaux, dado de baja por participar del frustrado alzamiento de Valle en 1956. Contra la opinión de la mayoría, el militar impuso su criterio de devolver el sable a los mandos del Ejército, que se concretó en Campo de Mayo.
El convulsivo período contempló un nuevo robo, en 1965, por parte de otro grupo de la JP de entonces, que mantuvo la reliquia oculta más de un año, hasta su restitución a servicios del Ejército.
Ya gobernaba el presidente de facto Juan Carlos Onganía, quien ordenó su custodia en el cuartel del Regimiento de Granaderos a Caballo, bajo estrictas medidas de seguridad y restringido acceso de visitas.
También por esa época, se le practicó el primer estudio científico que arrojó los reveladores resultados sobre su enigmático origen.
La crónica “Idas y vueltas del sable corvo”, publicada en Caras y Caretas hace más de dos años, se completaba con el traslado de la pieza, por decisión del Congreso Nacional y en procesión solemne con todos los honores de un jefe de Estado, a su domicilio en el Museo Histórico Nacional.
“El reposo del sable en el memorial de la Patria”, concluía.
Entonces, conviene retomar aquella pregunta retórica del viejo y sabio Ezra Winston, el anticuario de la ficción de Mort Cinder.
El pasado, la historia, no están muertos. Son territorios en disputa.
