Desde su propia multidisciplinariedad de abogado y psicólogo, y desde su práctica profesional como funcionario judicial de la ciudad de Buenos Aires, en La rebelión de los mandriles (Galerna) Nicolás Papalía emprende una cruzada para resignificar y reconfigurar una de las metáforas preferidas del presidente Milei para reivindicar las masculinidades hegemónicas y el ejercicio de la violencia.
–¿De donde surge el título del libro?
–El título tiene un sentido político en el mejor de los términos, para poder interpelar y generar una reflexión en torno al contexto actual. Hoy asistimos a una reivindicación y a nuevas formas de legislación del ejercicio de violencia, cosa que habíamos de alguna manera modificado en las últimas décadas. Ese escenario sumamente peligroso tiene que ver con el contexto local, pero también se replica en muchos otros lugares del mundo, con lo cual se vuelve un fenómeno mucho más amplio y complejo, en donde lo que se da es esta reivindicación de esos mandatos que están detrás de la construcción de los modelos sociales de género y las violencias. Una de las tesis centrales del libro es que precisamente existe una conexión intrínseca entre estos modelos sociales de género, particularmente entre los modelos sociales de masculinidad, es decir, cómo se nos enseña a los varones a ser varones y el ejercicio de violencia. Porque básicamente la violencia es una herramienta que está legitimada y habilitada en la construcción y en el reconocimiento de esa masculinidad. Entonces, el contexto actual no es solo una especie de marcha atrás, sino incluso de reivindicación y de legitimación de esos mandatos. Hay que aprovechar esa metáfora que instala Milei en la agenda pública para volverla interpelación a ese movimiento neoconservador, de extrema derecha, que hoy está generando este retroceso en términos discursivos y simbólicos. El desafío por delante es subvertir, de alguna manera, la metáfora de los mandriles para, primero, visibilizar todos estos mandatos asociados a la masculinidad, vinculados con el ejercicio de la violencia, la fuerza, el siempre poder, la limitación de las emociones. Siempre el desafío es, en todo caso, deconstruir esa forma de masculinidades y construir nuevos modelos más democráticos, más horizontales, más amorosos también.
–Hay en el libro una crítica velada hacia un tipo de feminismo que no trabaja para reeducar a esas masculinidades hegemónicas que producen violencia. ¿Qué podés aclarar sobre tu posición?
–Tengo una visión crítica, que, por supuesto, es algo que vengo trabajando en los últimos quince años y que entiendo que hay que ser bastante cuidadosos en este contexto. No obstante, hay que insistir en esa mirada crítica. No en la mirada crítica y simplista de los feminismos, sino en una mirada constructiva. Una mirada que explicite, en todo caso, aquello de lo que los varones no nos hicimos cargo para avanzar en consonancia con la proclama feminista. En los avances hemos puesto mucho más la atención –lo digo en estos términos, aunque no estoy muy de acuerdo con el concepto en sí– en lo que se llama el empoderamiento de las mujeres, pero no en trabajar en particular con aquellos varones jóvenes para poder ofrecerles un horizonte claro. Lo que digo es que las proclamas feministas y los avances feministas sirvieron para poner en tela de juicio aquello que había que cambiar en términos de la masculinidad tradicional, pero no construimos los consensos necesarios para decir cómo hay que ser varón. Queda claro que es necesaria esa deconstrucción, pero no queda claro cómo tenemos que construirnos hacia adelante. Y me parece que eso es un elemento que faltó en términos del debate público.
–¿Se puede señalar que insistís más que en el empoderamiento de las mujeres, en la fragilización de los varones? ¿Cómo se puede lograr eso desde el derecho?

–Hay que hablar en términos de vidas frágiles. Toda vida es frágil. Y ese discurso va en contra precisamente de cuánto y cómo se nos enseña. Porque se nos enseña que tenemos que ser fuertes, tenemos que poder todo el tiempo, tenemos que sobreponernos a todas las eventualidades, a todos los escenarios que nos presenta la vida, cuando en realidad no es así. El ejercicio del libro es recoger las experiencias del derecho para poder llevar eso a un análisis más general. Y en ese sentido digo, ¿en el derecho en qué se hizo énfasis? En sancionar. Que desde un punto de vista resulta sumamente interesante, porque hay que señalar cuáles son las conductas que merecen un reproche social, pero claramente con esa sanción no alcanza. Entonces uno tiene que trabajar también con los varones, que, en este caso, en el ámbito del derecho, ya ejercieron situaciones de violencia más graves. Pero por eso, si nosotros nos valemos de esa experiencia, también podríamos pensar en esos términos. Decir: no es suficiente proteger a la víctima. También hay que trabajar con esta mirada relacional en quienes ejercen la violencia. Hay que poner el foco también en los varones. El derecho oscila entre invisibilizar las violencias directamente u otra forma de invisibilización de las violencias que tiene que ver con la sanción, porque no va al nudo justamente y que tiene que ver con la relación.
–¿Qué autores tomaste como marco teórico o como punto de partida?
–Hay algunos autores que para mí son centrales, autoras sobre todo. Te podría nombrar tres. La primera es Joan Scott, que es una historiadora que no viene necesariamente del campo de los feminismos, pero que hace un aporte para mí central en el análisis del concepto de género como categoría y en la intersección entre el género y las violencias. Porque Joan Scott es la primera que habla del carácter relacional del género. Es decir, entender que el género no puede concebirse como compartimentos estancos, sino que se define en virtud de esa oposición entre lo femenino y lo masculino. Es decir, lo que se entiende por femenino es en oposición a lo que se entiende por masculino. Pero, además, ella insiste en la cuestión del contexto histórico-social. Es decir, no es lo mismo hablar de qué es ser mujer en la Argentina del siglo XXI que a comienzos del siglo XX, etcétera. Ese aporte me parece sumamente central porque si el concepto de género es relacional, entonces la violencia que deviene en virtud del género es también una problemática relacional. Y eso es lo que nos lleva a analizar la violencia en esa clave. No alcanza para trabajar solo con las mujeres sino que también tengo que trabajar con los varones. Otra autora central en esta intersección es Rita Segato. Ella es pionera para construir esta intersección entre los modelos sociales de masculinidad y la violencia. Ahí está el caldo de cultivo. Es decir, cómo se nos enseña a los varones a ser varones es el puntapié para desarmar el ejercicio de violencia. Pero además ella agrega, vinculado a este concepto de los mandatos de masculinidad, este concepto de no guetificar la violencia. Que yo lo uno a una mirada ecológica en relación con la violencia. Es decir, no se puede simplificar en decir que la violencia de género se reduce a la cuestión de la desigualdad de género. La violencia es un fenómeno complejo atravesado por un montón de variables, de factores, de condiciones. Hay que analizar dimensiones individuales en donde ves características psicopatológicas de la persona, familiares, sociales, culturales, más estructurales. Y la tercera es una autora central de los estudios de las masculinidades. Me refiero a Raewyn Connell, pionera en el desarrollo de los estudios de las masculinidades, que permite construir esa ligazón entre los estudios de género y el ejercicio de la violencia. Porque al denunciar la existencia de determinados modelos o más bien pautas hegemónicas de masculinidad nos permite comenzar a poner sobre la mesa en concreto cuáles son esos comportamientos asociados a lo masculino que son el sustrato sobre el cual se va a sostener el ejercicio de violencia.
–¿En qué sentido hablás de la violencia como un continuo?
–Violencia no es solo la agresión física que se denuncia en la comisaría. Un chiste machista no lo voy a considerar violencia, pero hace parte del mismo continuo. Es decir, es parte de la misma estructura. Entonces, si no trabajo en tratar de desarticular esas conductas, los micromachismos, en definitiva estoy también sosteniendo, legitimando un sistema que es el mismo que habilita los ejercicios de violencia más graves.
–Desde tu lugar como funcionario público en el ámbito jurídico, ¿pudiste probar o instrumentalizar otro tipo de políticas públicas que vayan tendiendo a reeducar a las masculinidades?

–En la Justicia en el último tiempo han proliferado mucho los dispositivos de trabajo con varones que precisamente han ejercido situaciones de violencia. He participado de un programa del Ministerio Público Tutelar que trabaja no solo con varones, sino también con mujeres que han ejercido situaciones de violencia particularmente con niños, niñas y adolescentes. Pero en ese taller también se trabaja en relación con los estereotipos de género. Esa experiencia me ha permitido corroborar estas hipótesis teóricas en torno a que la violencia es una cuestión que se aprende. Muchas veces se vincula el ejercicio de violencia con aspectos psicopatológicos, como este varón terrible, el monstruo, cuando en realidad no es así. Los comportamientos violentos en su mayoría son comportamientos que se aprenden y sobre todo que se aprenden en el núcleo familiar. Entonces estos talleres nos han permitido corroborar esa hipótesis, pero también corroborar el hecho de que cuando uno comienza a hacer el ejercicio con estos varones, de revisar cómo fue su crianza, su propia crianza en su grupo de origen, eso también abre la posibilidad de empezar a desarmar esos comportamientos de violencia. Esa es para mí una experiencia importante. Y después otra experiencia con varones fue una medida que en su momento se impulsó desde la Fiscalía General de la ciudad, que tiene que ver con notificar personalmente a los varones de las medidas de protección que se tomaban cuando una mujer hacía una denuncia. Las medidas de protección son estas medidas que se toman de manera urgente para evitar que las situaciones lleguen a mayores. Por ejemplo, las más conocidas son la exclusión del hogar, la prohibición de acercamiento, la prohibición de contacto. Entonces la decisión que en su momento tomamos con el equipo de la Fiscalía General es que esas decisiones se comunicaran o se notificaran de manera personal. Es decir, que se citara al varón para anunciarle y comunicarle presencialmente esas medidas. Como muchas otras medidas del proceso judicial, eso se hacía de manera automática a través de un WhatsApp o enviando a la policía. A veces sucedía que el varón no terminaba de entender qué tipo de medida era o no tomaba dimensión de la gravedad de la situación. Hay que incorporar al varón como parte del problema, no solo como un sujeto al que le voy a caer en todo caso con el peso de la ley, sino al que hay que comunicarle fehacientemente, enseñarle, entre comillas, qué es lo que está pasando, cuál es su grado de participación y su responsabilidad frente a este hecho.
–Cuando hablás de violencia de género, incluís también las violencias contra travestis, pero también contra gays y trans. ¿Te parece que cada una requeriría una conceptualización específica o todo se puede englobar bajo el título violencia de género?
–En realidad, estamos hablando de un mismo entramado. Para mí la violencia de género incluye también las violencias en relación con la población LGTBIQ+, y también incluso la que sufrimos, padecemos y ejercemos los varones. ¿Por qué? Porque hay que pensar la violencia de género no como un proceso unidimensional en el sentido de varones contra mujeres, sino como este entramado complejo de relaciones de poder en donde lo que realmente se pone en juego son estos modelos sociales de masculinidad y de feminidad y las pautas hegemónicas que se asocian con cada uno de esos modelos. En ese entramado complejo es donde incluso Segato plantea que los varones somos las primeras víctimas de la violencia de género. Porque se nos enseña a ser varones, es decir, construir nuestra propia subjetividad con base en esas pautas. El ejemplo más claro para mí es el de la emocionalidad. A los varones se nos dice desde chiquitos que no podemos llorar. Eso tiene un peso enorme sobre nuestra propia subjetividad. ¿Por qué a los varones nos cuesta decir un te quiero, decir te amo, pedir ayuda? Porque desde niños se nos está condicionando en algo tan básico como la manifestación de nuestras propias emociones.
–¿Cómo resolvés el tema de la especificidad y de la generalidad de la violencia de género?
–En el libro opto por poner un nombre que es el de la violencia masculinizante. Precisamente porque entiendo que hay en algunos sectores un recelo al utilizar el concepto de violencia de género. Entonces, para no caer en esa discusión de si sí o si no, propongo este nuevo concepto de la violencia masculinizante para dar cuenta de que la violencia es algo atado a la masculinidad. Pero no es solo algo que ejercemos los varones, sino que también es algo que padecemos los varones. Por supuesto que en la violencia de género a las que matan principalmente es a las mujeres y a las trans. Entiendo esos argumentos y por supuesto los comparto, pero lo que también digo es que la violencia contra los varones está completamente naturalizada. Si se revisa las estadísticas, los varones morimos en accidentes de tránsito, los varones somos quienes registramos mayores altas tasas de suicidio, en crímenes violentos vinculados al narcotráfico. ¿Por qué está naturalizado eso? Porque no se problematiza desde una perspectiva de género. La conceptualización de la violencia de género solo como la violencia contra las mujeres tiene un fundamento histórico. Pero si nos quedamos solo con esa mirada, estamos mirando el escenario desde una cuestión parcial.
–¿Cuál sería la revolución de los mandriles?
–La rebelión de los mandriles consiste en subvertir este modelo de masculinidad tradicional violento que hoy se pretende reinstalar. Esta cuestión profundamente asociada con una concepción del poder como dominio del otro, como sometimiento del otro. Porque hay algo también que distingue a la masculinidad que es la necesidad del reconocimiento de los pares. A diferencia de lo que ocurre con la construcción de la feminidad, lo que necesitamos los varones es el reconocimiento de nuestros pares. Y ese reconocimiento está atado a estas pautas hegemónicas del ejercicio del poder, de poder imponerme, sobreponerme frente al otro. Y eso es, de alguna manera, lo que expone esta metáfora del mandril. Y el comportamiento de Milei y sus comunicadores públicos todo el tiempo insiste en tener el control, ridiculizar al otro. Subvertir la metáfora de los mandriles implica entender que incluso el ejercicio del poder realmente o de la seguridad de nuestra propia masculinidad no está en esas conductas, sino más bien en aceptar y reconocer nuestra propia fragilidad. Esta manifestación extravagante del poder que se realiza desde el gobierno lo que me deja más claro es la fragilidad del otro. El ejercicio de violencia en realidad no es poder, sino que lo que queda sobre la mesa es la falta. La rebelión pasa por descartar esas prácticas y construir nuevos vínculos que nos permitan a los varones vivir una vida más libre, menos atada a esos mandatos sociales.
