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Caras y Caretas

           

Lennon, el soñador

Ilustración: Gabriel Hernán Ramírez

Genio creativo, la mitad de la dupla compositiva que cambió el mundo, John Lennon fue también un ser político, desafiante, contestatario y, en ocasiones, polémico. Su temprana muerte coincidió con el advenimiento del neoliberalismo e hizo carne la idea de que el sueño había terminado. Hoy, más que nunca, sus consignas tienen la nota de la urgencia.

Polémico y contradictorio, irreverente y sardónico, lúcido y megalómano, John Winston Lennon tuvo una misión en su breve existencia, tal vez a su pesar: hacernos la vida más bella. Fue un genio, la mitad de la dupla artística compositiva que cambió al mundo. Pero Lennon fue un paso más allá de su sociedad con Paul McCartney, más allá también de la alquimia de los Beatles. Se reconfiguró como un blanco móvil y supo zigzaguear su tiempo, definirlo, modificarlo. Sumó ideología a su agreste temperamento de barrio. Pasó del machismo elemental de un teddy boy de la Liverpool de posguerra a un feminismo incompresible para la media del rock de los 70; supo ser pacifista, integrante de una izquierda que se oponía a Vietnam y, por extensión, a Richard Nixon; procesó los contenidos de Bob Dylan con sensualidad y gracia; hizo lo que pudo con los dolores de su infancia –un padre ausente, la muerte joven y trágica de la madre–; se refugió en la cotidianeidad hogareña para criar a su segundo hijo y, cuando se preparaba para volver al ruedo de la música, sonaron cinco disparos al pie del edificio Dakota, a metros del Central Park, en Nueva York. El estrépito de los balazos fue el telón de una época. El mundo que él imaginaba sin fronteras se convirtió en un valle de lágrimas. Un sitio frío, árido. El 8 de diciembre de 1980, definitivamente, el sueño terminó.

EL ARTE Y LA VIDA

Lennon fue un artista autorreferencial: su vida se puede rastrear en canciones. Encontró en el tono confesional una manera de fantasear con la idea artística de la verdad. Lo hizo sin ambages: “Estoy harto y cansado de escuchar cosas de hipócritas tensos, miopes y de mente estrecha / Todo lo que quiero es la verdad / Solo dame algo de verdad”, cantó en “Gimme Some Truth”. Si en “Help!” se escucha un pedido de ayuda frente al crujido de su matrimonio con Cynthia Powell, “Mother” es el desolado grito de un niño abandonado. Y así toda su biografía.

Como marcan los libros de psicoanálisis, en la infancia se configuró su carácter. Una trama constituida por un tejido de soledad, amor y catarsis artística. Lennon conjuró con música sus miedos atávicos. Escapó con lo que tenía a mano: un talento inconmensurable. La fuga siempre fue hacia adelante: “Nunca fui un tipo duro o de la calle –dijo en una entrevista que le dio a la revista Rolling Stone–. Me vestía como teddy boy y me identificaba con Marlon Brando y Elvis Presley, pero yo era solo un chico del suburbio que imitaba a los rockeros. Me pasé toda la infancia caminando con el más absoluto miedo, pero con la mayor cara de malo que hubieras visto en tu vida. Tuve que luchar mucho para dejar de hacerlo, aunque a veces todavía lo hago cuando me pongo nervioso e inseguro”.

Un padre borracho y una madre que no podía con su vida. La mítica tía Mimi que trató de inculcarle una educación victoriana (“nunca vas a llegar a ningún lado tocando la guitarrita”), mudanzas de casas y colegios y el marco de una Liverpool que renacía de las cenizas de los bombardeos de la guerra. Un puerto, con lo bueno y lo malo de un puerto. Entre lo positivo, el tráfico de discos: el rock and roll llegaba desde los Estados Unidos como una peste que inoculaba a los jóvenes del planeta. Semillas de maldad: esa era la idea adulta de los efectos del rock and roll sobre sus hijos. John, como tantos, fue mordido por el virus de ese ritmo que drenaba un mensaje liberador, sexual, rebelde.

LA BANDA QUE CAMBIÓ EL MUNDO

La historia es conocida: formó una banda en el colegio secundario –Los Quarrymen–, el 5 de julio 1957 se arrimó Paul McCartney, Paul acercó a un amigo de la parada de colectivo, George Harrison, y ya se empezaba a advertir la alquimia. Se hicieron fuertes en un sótano del centro, The Cavern, tuvieron un viaje iniciático a Hamburgo y el modesto suceso los hizo volver cuatro veces más. En Alemania eran explotados en sucuchos de mala muerte. Contratados para actuar noches eternas, entre anfetaminas, prostitu – tas y rock and roll, fraguaba la amistad y el toque en conjunto. Algunos amigos fueron quedando en el camino: básicamente, Pete Best y Stuart Sutcliffe. Con el ingreso de un baterista bastante famoso en el under de Liverpool, Ringo Starr, quedó consolidado el ensamble que iba camino a la perfección, el primer peldaño de una escalera al cielo. La mixtura contemplaba composición, interpretación, actitud, carisma, audacia y ambición. John, Paul, George y Ringo: póker servido.

“En Hamburgo nos perfeccionamos y adquirimos más confianza en nosotros mismos –contó–. Era inevitable, con toda la experiencia que adquirimos, tocando toda la noche. Nos resultó muy útil que fuéramos extranjeros. Tuvimos que esmerarnos más, poner nuestro corazón y nuestra alma para conquistarlos. Trabajábamos duro y tocábamos muchas horas, éramos buenos para esa edad. Y todos terminábamos saltando como locos. Paul tocaba ‘What’d I Say’ durante una hora y media.” El testimonio integra la monumental biografía oficial que acompañó el lanza – miento de los Anthology, a mediados de los 90. Lennon evoca esa etapa como una de las más felices de su vida. Era, todavía, una popularidad manejable que comprendió en pocos meses Hamburgo-Liverpool-Londres y la grabación del disco debut, Please Please Me. “Una gran época. Éramos como los reyes de la selva, y nos llevábamos muy bien con los Stones. Yo pasaba un montón de tiempo con Brian (Jones) y con Mick (Jagger). Los admiraba. Me encantaron la primera vez que los vi en ese lugar de donde salieron, Richmond. Todos salíamos a andar por Londres para encontrarnos y andar por ahí y hablar de música. Fue el mejor período en términos de fama. No nos acosaban tanto. Era como un club de fumadores, una escena muy buena.”

Comenzaban los 60, con todo su imaginario proyectado hacia la actualidad. En los Estados Unidos Bob Dylan le sacaba filo a su lírica y en Gran Bretaña se configuraba lo que sería el “Swinging London”. Todo ocupaba su lugar: si los Beatles eran los chicos agradables, los Rolling Stones la jugaban de callejeros. En el mismo seno Beatle los estereotipos se fueron acomodando: Paul, el carilindo romántico; John, el rocker irónico; George, el misterioso e introspectivo; Ringo, un melancólico en discreto segundo plano.

UN DEVENIR

En los primeros tres o cuatro discos Lennon conservaba el liderazgo, como inercia de los Quarrymen. Entre las virtudes de la banda, destacaba la tremenda capacidad de composición de la dupla Lennon-McCartney. Un prodigio de calidad y cantidad. John se diferenciaba en que era el único casado. Tal vez como consecuencia de su origen disruptivo, intentó tempranamente formar su propia familia. Contrajo matrimonio con su novia de Liverpool, Cynthia Powell, y en 1963 nació Julian. En perspectiva, fue cruel con esa instancia de su vida. Llegó a decir que se casó con ella porque se parecía a Brigitte Bardot y que la mayoría de los hijos de Liverpool eran concebidos “durante una noche de whisky”. Cynthia crio sola a Julian. El matrimonio nació roto. John reprodujo de alguna manera la historia de su padre. Encontró el hogar en los Beatles.

En los primeros años alternaron temas propios con covers de sus héroes de adolescencia, como Chuck Berry, Ray Charles, Burt Bacharach. Con una estrategia diseñada por el manager, Brian Epstein, en 1964 conquistaron los Estados Unidos y patentaron la palabra “Beatlemanía”. Allí tuvieron un encuentro con la figura de un mundo ya viejo y otro del mundo que venía: se desilusionaron con Elvis (los atendió refregándoles en la cara su corona de Rey del Rock and Roll) y quedaron fascinados con Bob Dylan, que les hizo probar la marihuana. El cannabis dio paso a una relativamente breve incursión en el LSD. De los cuatro, fue el que quedó más prendado al ácido lisérgico. “He tenido mil viajes. Pero creo que no influyó en mis composiciones. Era un espejo más. No era un milagro. Era más una cosa visual y una terapia. Verte a vos mismo un poco. Pero eso no componía música. Yo hago música en las circunstancias en las que estoy, ya sea que estoy de ácido o en el agua”, le dijo a la RS.

Empezó a sofisticar sus canciones, en espejo con Paul. A partir de Rubber Soul (1965) la banda profundizó el trabajo en estudio, como si fuera un laboratorio. Estaban en estado de gracia. John aportaba en su singularidad una cuota de sexo, nostalgia, experimentación, algunas grageas políticas. En pocos años concibió obras maestras. Sería extenuante enumerarlas: “In My Life”, “Nowhere Man”, “Norwegian Wood (This Bird Has Flown)”, “Girl”, “Rain”, “Tomorrow Never Knows”, “I Am the Walrus”, “Strawberry Fields Forever”, “All You Need Is Love”, “Happiness Is a Warm Gun”, “Glass Onion”, “Lucy in the Sky with Diamonds”, “Come Together”, “Across the Universe”, “Yer Blues” y esa cumbre de la sim – biosis con Paul que es “A Day in the Life”.

Inevitablemente en esta etapa la biografía de John se funde con la de los Beatles. Fue todo intenso y grupal: giras, películas y un peso específico determinante en ese fugaz período que se llamó “Flower Power”. Persuadidos por George, el viaje a la India al ashram del gurú Maharishi fue la foto de ese instante. En declaraciones, intervenciones varias y canciones, John fue dejando jirones de su pensamiento político y filosófico. De la maradoniana frase de noviembre de 1963 en un recital en el Prince of Wales Theatre frente a un público en el que se encontraba la Reina Isabel II (“los de los asientos más baratos pueden aplaudir; el resto solo sacudan sus joyas”), a la comparación de la fama de los Beatles con la de Jesucristo, pasando por la metafísica línea “nada es real” de “Strawberry Fields Forever”, John Lennon fue el Beatle distinto, incorrecto, comprometido públicamente.

UN FINAL IRREMEDIABLE

El fallecimiento de Brian Epstein y el encuentro con Yoko Ono determinaron, entre otros muchos factores, el comienzo del final de la banda. Además de lo afectivo –de los cuatro era el que más afinidad tenía con Epstein–, la muerte del manager rompió un delicado equilibrio. Adicto al trabajo, Paul tomó las riendas del grupo y se desataron crecientes conflictos humanos y comerciales que la virtuosa dinámica artística disimuló. Resulta llamativo: cuando se resquebrajó la solidez del grupo, sacaron discos extraordinarios. Brillaban dentro de la locura de un torbellino de fama y creatividad. El amor por Yoko –artista, de la vanguardia neoyorquina– le dio a Lennon un bagaje conceptual que derramó en más y más canciones. “#9 Dream” hubiese sido imposible sin Yoko; “Woman is the Nigger of the World”, también.

El mundo contemplaba enojado la separación de los Beatles e impávido la relación con Yoko. En perspectiva, destaca una doble discriminación –¡mujer y japonesa!–, a veces sorda, otras manifiesta. Ese desprecio abroqueló aún más a la pareja. Cavaron una trinchera y Lennon defendió su amor a capa y espada. El final de los Beatles ocurrió, irremediablemente. El exhaustivo y estupendo documental Get Back, estrenado por Disney en 2021, permite desarmar algunos malos entendidos históricos. Al asomar al backstage de las sesiones de Let It Be se observa cómo, a pesar de las tensiones, cuando se hacía música todo pasaba a segundo plano. Había humor, swing, familias y amigos que circulaban por el estudio. Nunca dejaron de ser profundamente amigos. Es cierto: Yoko era una omnipresencia que perforó la endogámica intimidad grupal. Pero señalarla como motivo central de la separación es al menos perezoso.

La década del 70 fue una bisagra. El contexto había mutado: el Che asesinado, las esquirlas del Mayo Francés apaciguadas, el rock vuelto un asunto de millonarios encerrados en sus mansiones son algunos apuntes del vértigo de la época. La candidez contracultural dio lugar al hard rock y al rock progresivo y, en poco tiempo, al punk. Ya radicado en Nueva York, Lennon se puso al frente de protestas en contra de la Guerra de Vietnam, fue perseguido por el FBI, y coqueteó con las organizaciones en defensa de derechos civiles y la izquierda orgánica en general. La canción “Give Peace a Chance”, presentada en uno de los célebres bedi-ns –estupendas movidas de marketing–, se convirtió en himno pacifista de barricada. John devolvió su medalla como miembro de la Orden del Imperio Británico y lanzó su carrera solista. Como consecuencia de la terapia del grito primal realizada con Arthur Janov –otro influjo de Yoko–, se hundió aún más en los recuerdos. Fue una etapa de una inspiración maravillosa, atravesada por el nihilismo (“God”), el comentario político (“Working Class Hero”, “Power to the People”), la utopía (“Imagine”), el rencor (“Mother”, “How Do You Sleep?”).

DESPUÉS DE LOS BEATLES

Escudriñándose a la distancia, McCartney y Lennon ensayaban, cada uno a su manera, cómo ser felices sin la coraza Beatle. “How Do You Sleep?” tiene una virulencia inédita, una respuesta a un tema de McCartney, “Too Many People”. Lo de Paul fue una minucia al lado de la bomba molotov recibida por su viejo partenaire. Lennon ha demostrado una especialidad para las canciones dedicadas, dentro del abanico que va del desprecio al amor. Si en “Sexy Sadie” lapidó al gurú Maharishi, “Julia” es una bellísima canción para su madre y “Beautiful Boy” para Sean, el hijo que tuvo con Yoko luego de la pérdida de varios embarazos.

Sean significó el reposo del guerrero, el intento de otra quimera: la de un Beatle con una vida vulgar. Venía del sexo, droga & rock and roll de Los Ángeles. Fue el año y medio que estuvo separado de Yoko. Ella misma lo impulsó a que se fuera con May Pang, una joven asistente de la pareja. Ocurrió entre 1973 y 1975, las grabaciones de los discos Mind Games, Wall and Bridges, Rock ‘n’ Roll. Años después John llamó a esos 18 meses de furia y consuelo en brazos de Pang “El fin de semana perdido”, en honor a una película de la década del 40 protagonizada por Ray Milland y dirigida por Billy Wilder, The Lost Weekend.

Cuando Yoko con templanza oriental lo decidió, John pegó la vuelta. No podía saberlo, pero en 1975 comenzó el último lustro de su vida. Se guardó del mundo, se dedicó a “cambiar pañales y a hacer pan”. Casi no componía. Entendió ese período como reparador. Concibió un disco que decidieron firmar como pareja. Se tituló Double Fantasy y daba pistas de un futuro que no fue: un Lennon sereno, más baladista, reflexivo.

EL SUEÑO…

Tres días antes de que Mark Chapman lo esperara en la vereda del Dakota con un revólver escondido en su gabán, el 5 de diciembre de 1980 le dijo al periodista Jonathan Cott: “La ilusión de que yo estaba apartado de la sociedad… era una broma. Yo era igual que cualquiera de ustedes, trabajando de nueve a cinco, ocupándome del bebé. La gente me pregunta: ‘¿Por qué desapareciste del mapa, por qué te escondiste?’. Pero no me escondí. Hacía cosas normales. Iba al cine (…) De algún modo, nada es real. Yo pensaba que el mundo me estaba haciendo algo a mí, y que el mundo me debía algo, y que los conservadores o los socialistas o los fascistas o los comunistas o los cristianos o los judíos me estaban haciendo algo. Cuando sos adolescente pensás eso. Pero ahora tengo 40 y me doy cuenta de que… ¡no funciona una mierda!”.

El asesinato provocó un dolor difícil de mensurar. Un vacío. Preguntas contrafácticas. Imagina: ¿cómo sería hoy John Lennon octogenario? ¿Tendría la corrección política de Sting o el carácter chúcaro de un Dylan? ¿Habría aceptado una gira con Paul McCartney? ¿Qué pensaría de las redes sociales, de Putin, de Israel, de los inmigrantes ahogados en el Mediterráneo? Nada es real, excepto la muerte. John Lennon hoy es póster, tatuaje, remera, frase de sobre de azúcar, bandera. Pero en esencia es la obra extraordinaria, con un contenido en tensión entre la esperanza y el desencanto. Profundamente humanista, tremendamente vigente. De la utopía a la distopía, aquellas canciones hoy se escuchan como un refugio ante tanta crueldad y miseria. Con un discurso dominado por la exasperación demencial de los Trump y los Milei, entre el olor a pólvora de Gaza y la hambruna, a 45 años del Dakota la paz sigue esperando su oportunidad y todo lo que necesitamos, por favor, es un poco de amor.

Escrito por
Mariano Del Mazo
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