Hubo un tiempo en el cual muchos periodistas gráficos eran notables escritores. En cualquiera de los géneros, siempre había quienes descollaban en el uso del lenguaje, que conocían muy bien cómo atrapar a sus lectores: ya fuera reconstruyendo mentalmente un partido que nunca verían, despertando el deseo de leer un libro o ir al cine, o sumergiéndose en la historia de vida de un personaje, en relatos llenos de rincones oscuros.
En esos tiempos, en los que fatigaban las redacciones nombres como Osiris Troiani, Carlos Juvenal, Silvia Rudni, H. Alsina Thevenet, María Esther Gilio, Miguel Briante y tantos otros –y que comenzaron a esfumarse también con la dictadura, las desapariciones y los exilios–, se encontraron dos grandes plumas, dueñas de un humor exquisito y una fina ironía. Carlos Ulanovsky conoció a Osvaldo Soriano, según recuerda, a comienzos de los 70.
“Creo que lo vi a Soriano por primera vez en la editorial Abril”, cuenta Ulanovsky a Caras y Caretas. “Él trabajaba en un semanario llamado Semana Gráfica. Era un semanario de actualidad, amarillo y medio sangriento. Entonces muchos, empezando por los propios redactores, lo llamábamos Semana Trágica”.
–¿Cuándo supiste de la existencia de Soriano?
–De Soriano lo primero que empezó a circular fue la historia de su llegada a Buenos Aires y a Primera Plana. Llegó desde su querida Tandil, casi huyendo, después de haber publicado una crónica sobre el Vía Crucis que se hace todos los años allá. Es una celebración muy tradicional y él fue muy crítico. Publicó la nota y huyó, auténticamente. El que le había encargado ese trabajo era Osiris Troiani, un periodista extraordinario. Osvaldo llegó a Buenos Aires y se sentó en la recepción de Primera Plana hasta que alguien lo recibió. Y se quedó hasta que alguien le encargó una nota. Esa historia siempre me pareció entrañable.
–¿La primera vez que trabajaron juntos fue en La Opinión?
–Sí, trabajamos juntos primero en La Opinión y más adelante en Página/12. En La Opinión los dos estábamos en el área de Cultura. Como el diario no salía los lunes, terminábamos la labor semanal los viernes, pero igual íbamos los sábados, porque se armaban tertulias memorables. ¡Había unos nenes ahí! Imaginate: Juan Gelman, Agustín Vallejo, Pompeyo Camps, Jorge Andrés, Felisa Pinto… Ahí Osvaldo nos leyó los primeros capítulos de Triste, solitario y final. Eso fue antes de que saliera su primera novela: debe haber sido en el 71 o el 72. Ya de regreso del exilio los dos –yo en Clarín– le hice una linda entrevista en la que hablaba de cuestiones muy profundas: temas generacionales, lo que era vivir en la Argentina y en Europa. Él venía de vivir en Bélgica y en Francia y, en ese momento, ya era un escritor muy celebrado, tanto por sus crónicas como por sus novelas.
–¿Fuera de esos medios no trabajaron en otros?
–No recuerdo haber trabajado juntos en otros lugares, pero sí recuerdo que, antes de irme por primera vez a México, en el 74, una vez clausurado Satiricón, el Gordo nos acompañó a Ezeiza y nos dio un contacto en Los Ángeles que nos vino extraordinariamente bien. Todavía somos amigos de esa pareja: Ivelise Padín, portorriqueña, y Andrés Markovitz, argentino. Ellos llevaban muchos años en California y la historia de cómo los conoció Soriano no tiene desperdicio. Él estaba en La Opinión y Timerman, que pensaba que el Gordo no laburaba, lo mandó –junto con Osiris Troiani y Pablo Kandel– a una gira europea. Cada uno debía ir a un país diferente. Al Gordo le tocó Turquía. No sabía una palabra de inglés y, al volver, lo único que sabía decir era “to Los Angeles”. ¿Por qué quería ir a Los Ángeles? Porque quería conocer el cementerio donde estaban enterrados Laurel y Hardy, los personajes de Triste, solitario y final. Entonces iba repitiendo “to Los Angeles”. Así, en una cola, se encontró con alguien que hablaba español. ¿Quién era? Ivelise Padín. Ella no solo lo adoptó, sino que lo ayudó a ir a todos los lugares que Soriano quería conocer, incluido el cementerio. En alguno de sus libros cuenta esa historia. Ivelise y Andrés han tenido, a lo largo de los años, sucesivas recomendaciones de argentinos que llegaban a vivir allá. A mí me dio el contacto Soriano y yo se lo pasé a otras personas. Y ellos, que son absolutamente fantásticos y solidarios, ayudaron a muchísima gente.
En este momento de la charla, Ulanovsky propone leer un texto dedicado a Soriano que incluyó en su último libro, El periodismo es lindo porque se conoce gente y otras picardías. Es parte de un capítulo titulado “No vamo’a laburar”.
“El de Osvaldo Soriano fue uno de los nombres más rutilantes en los años iniciales de La Opinión. Allí tuvo momentos de intenso trajín, y de eso da cuenta su libro Artistas, locos y criminales. Pero en el prólogo Soriano reconoce: “Pasé seis meses vagando por la redacción sin escribir una línea. Creo que todavía hoy debe ser un récord”. En ese período supo, por chismes de redacción, que la dirección pensaba que, además de no hacer nada, se la pasaba dándole charla a todo el mundo y organizando partidos de fútbol. En la estupenda biografía de Soriano que en 2023 escribió el periodista Ángel Berlanga se narra un complemento de esa historia. En pleno auge de la influencia política de López Rega, el jefe de redacción le encargó para la sección Política lo que debía ser una apología de un operativo policial de “limpieza de villas”. Como no podía ser de otra manera, Soriano entregó un artículo muy crítico del accionar policial. El jefe le pidió una reescritura y, al poco tiempo, Soriano se la devolvió exactamente igual. La respuesta de la empresa fue el envío de un escribano con el objeto de controlar su desempeño laboral. Cuenta Soriano que al principio lo tomó con humor, pero pronto comenzó a enterar al funcionario acerca de las deficiencias del ámbito laboral: máquinas de escribir deficientes e insuficientes, menos escritorios de los necesarios, pésima iluminación y hasta el mal gusto del café que servían. Ese hostigamiento fue el paso previo a que se considerara despedido.”
–¿Qué imaginás que hubiera pasado con Soriano de haber vivido este siglo?
–Lamenté muchísimo la muerte de Osvaldo Soriano, tan joven. Pienso que hoy sería una figura extraordinaria. Sería grande, como yo, pero una figura importantísima para la cultura: una voz que seguramente no se habría doblegado ante la realidad política que tenemos.
