Comienza la entrevista pidiendo disculpas. “No sé qué decirte. Porque ya hablé y escribí tanto sobre el Gordo que tengo miedo de repetirme. Si querés agarrar viejas notas y hacer un recorte y pegar, estoy totalmente convencido de que es mejor”. Y podríamos hacerlo. Por ejemplo, el artículo que Guillermo Saccomanno escribió en Radar en 2007 donde dijo que Soriano “sigue representando, además de una manera de mirar, una causa. Muchas de sus ideas no provenían tanto de una elaboración ‘teórica’ como de una intuición siempre alerta”. O un encuentro en el Centro Cultural de la Cooperación con Osvaldo Bayer, cuando Saccomanno citó el comienzo de Una sombra ya pronto serás, publicada apenas irrumpía el menemismo, sosteniendo que se trata de un relato visionario del país arrasado de fin y comienzo del siglo y lo comparó con Roberto Arlt: “Los dos captan la angustia, la desesperación y los estremecimientos de ‘un edificio social que se derrumba’, como diría Arlt”.
Pero hay otra barrera emocional que lo frena a Saccomanno –que transita su vida alternando 20 días en Gesell y 10 en CABA–, cuando lo instan a hablar de Soriano: no es el temor a repetirse, es la ausencia. La del Gordo y la de toda una generación: “Me cuesta hablar, porque si yo lo pienso, últimamente me he quedado sin muchos amigos, es decir, Juan Forn, Dal Masetto, Briante, Soriano, Carlos Trillo, Rivera, José Pablo Feinmann, la cantidad de… Si miro los costados no queda nadie de quienes fueron maestros y amigos…. Muchos eran autodidactas pero leían, y mucho. Interpretaban, decodificaban, semantizaban. Para mí este momento es un páramo, no queda ninguno con esa lucidez para analizar este momento histórico que estamos viviendo. Se los extraña”. Y acota, yendo al corazón del concepto: “Esta entrevista que me estás haciendo me retrotrae a una época perdida. No la idealizo, es bastante reaccionario pensar que todo tiempo pasado fue mejor, no es así. Pero sí orfandades, porque es inevitable: son personajes únicos”.
–¿Te acordás cuándo fue que lo conociste?
–A Osvaldo lo conocí en los 70, antes de la dictadura. Cuando él colaboraba en La Opinión y en Mengano, una revista humorística que salía entonces. Era la competencia de Satiricón. Ahí el Gordo había empezado a practicar las conversaciones a larga distancia entre un director de diario extranjero y un periodista con las situaciones de la realidad argentina. Creo que lo conocí justo cuando había sacado Triste, solitario y final. Era un poco mayor que yo, pero funcionó durante un tiempo como modelo, maestro y amigo. Teníamos conversaciones telefónicas nocturnas interminables. Hablábamos de la realidad, de literatura, y mucho de cine. Alguna vez, cuando él estaba en el exilio, lo vi en París y tuvimos una larga charla, esos encuentros emocionantes que se producían en el exilio. Teníamos una amistad bastante honda. Comenzamos a frecuentarnos más a partir de que en mi primera novela yo lo había involucrado a él. Para mí operaba como un modelo de narrador en aquel momento. Creo que fue el gran escritor de la post dictadura.
–Una vez lo definiste como “un fenómeno maldito para la intelectualidad”…
–Sí, hubo un malentendido de la crítica con Osvaldo. Decían que escribía “fácil”, que había un facilismo en su escritura. Y yo nunca entendí qué es eso de “facilismo” cuando vos tenés un escritor que en todo caso tiene marcas de una literatura por entonces vilipendiada, como era la narrativa negra o la narrativa policial estadounidense. Osvaldo era un discípulo de (Raymond) Chandler y de (Dashiell) Hammett. Por eso él trabaja en su primera novela la visita que le hace a Philip Marlowe, el detective de Chandler. Lo que se le reprochaba básicamente, y no estaba dicho, era la actitud que tenía el Gordo de creer en una literatura no elitista. El Gordo nunca pretendió ser Joyce, sus modelos estaban en la literatura estadounidense y eso no se le perdonó. Y lo que no se le perdonó tampoco es la inmensa llegada que tenía Osvaldo. Yo me acuerdo cuando fue su velorio, ese recuerdo lo tengo como imborrable. Se lo veló en el sindicato de prensa. La cantidad de gente que acudió… lectores, Madres de Plaza de Mayo, Charly García… Era un ídolo popular Osvaldo. Entonces adquirió una figuración pública que era muy envidiada. Y me acuerdo que muchas veces se decía que el Gordo ganaba mucha guita. Un día vino con una campera de cuero… Por fin se había comprado una campera de cuero, que había sido su sueño durante mucho tiempo. Imaginate.
–Cuando decías lo de las críticas a Soriano por lo de la “escritura fácil” es imposible no pensar en las críticas que recibió Arlt por lo mismo.
–Bueno, el Gordo, de alguna manera, fue un segundo Arlt. Trabajaba muy bien también la parodia. Yo creo que su estilo tan claro era también muy contundente, un estilo sin efectos. Había logrado una manera de contar que hasta entonces no había en la literatura argentina. Franca, directa. Si uno toma en cuenta su inserción en el periodismo, ahí te das cuenta de que hay una herencia arltiana. Son muy importantes sus crónicas, como la de Robledo Puch. Esa es una crónica modélica.
–Hay una crónica muy paradigmática suya que es la de Semana Santa de 1987. ¿Cómo vivió él esos años del alfonsinismo?
–Para muchos, el Gordo era un equívoco político: porque no era gorila, era de izquierda. Pero, por otro lado, por esa cosa popular que tenía su prosa y sus novelas, se lo pensaba peronista. Y esta era la dificultad. ¿Cómo explicar si no sos gorila que no sos peronista? Era muy complicado de entender para muchos. Y no era que el Gordo no tuviera una mentalidad progresista. Simplemente no era gorila. El alfonsinismo fue bastante crítico con Osvaldo y creo que fue en esa época cuando se libró una polémica sobre derechos de autor en Página/12, a partir de una nota suya. Osvaldo decía que los contratos eran “fantásticos”, pero fantásticos en el término de fantasía. Creo que con el correr del tiempo Osvaldo se convirtió en un lector clásico y en un escritor clásico. Si vos querés entender la dictadura tenés que ir a la obra de Osvaldo. Tenés que ir a Triste, solitario y final; a No habrá más penas ni olvido; Cuarteles de invierno. Esas tres novelas se detienen y contemplan la historia argentina.
–Y casi siempre con personajes perdedores.
–Porque los perdedores siempre resultan más interesantes que los ganadores, esta es la cuestión. Y perdedores que luchan, que a pesar de que por ahí saben que la batalla es altamente probable que la pierdan, luchan igual. Luchan al frente y pelean aun cuando puede esperar la derrota, cuando el enemigo es mayor.
–Sobre Una sombra ya pronto serás alguna vez escribiste que es la novela de la depresión nacional.
–Lo que ocurre es que si nosotros pensamos nuestra realidad… para muchos el modelo sigue siendo Miami. Es terrible. El modelo de la clase media es un pensamiento rubio, que se sueña primer mundo. La dictadura militar dejó una marca muy fuerte que llega hasta el presente. Un devenir social que Osvaldo vio muy bien.
