La dulzura obstinada de un staccato. Tan veloz y tan quietamente mantenerse abierto y merodeando. Así, el poema breve se ve obligado a una potencialidad indivisible, a un soplar y hacerse solo, y espontáneo, aunque por lo bajo reserve su esquema de misterio inacabado: ”Pondré mi oído en tu cuerpo. / Pondré mi verso en tu oído. / Pondré tu cuerpo en mi verso”. Fulminante desacato el de la enorme poeta española Aurora Luque.
No es solo una cuestión de brevedad sino de impulso, de resolución mordaz y desafiante, de lograr que pocos versos, en su continuidad filosa, alcancen el espesor y la fuerza de una tropilla de caballos impactando sobre nuestros cuerpos.

Acaso una de las más geniales exponentes sea Emily Dickinson, la poeta norteamericana del secreto, encapsulada y sola, íntima en su encuentro profundo con el mundo. Sus poemas envuelven y expanden, jamás titubean, su delicada irreverencia nos desacomoda a la vez que nos anima: “La Definición de la Belleza es / Que no hay definición / Del Cielo es más fácil el Análisis, / Desde que el Cielo y Ella son lo mismo”. O: “Yo no podría beberlo, Amor, / Hasta que tú lo hayas probado primero, / Aunque más fresca que el Agua era / La Conciencia de la Sed”.
Dickinson nunca publicó en vida, se sabe, pero dejó una obra inmensa en cantidad y en calidad. Me atrevo a ubicarla en esta categoría de autora de textos breves no solo porque gran parte de sus poemas son de una, dos, tres y cuatro estrofas siempre de versos cortos (aunque ha escrito más extensos) sino por esa capacidad de sustraer lenguaje para decir más, mejor y herméticamente. La condensación es propiedad del estilo no de la extensión.
La condensación como estilo
Hay poetas que fueron cultoras del poema breve a lo largo de toda su obra, como las argentinas Irene Gruss (“El sol está / como una mancha en el vestido de la muerta, / nadie se atreve a desnudarla, / nadie dice nada del escalofrío morado / de la casualidad absurda / sobre el mar, esta tarde”), Niní Bernardello (“Declarada insana, corrí a la ventana fría / de un ataúd obsesivo abierto en el final / de la letra impresa. Caigo en redes líricas / que de mí nada saben y sentada en hielos / de locura miro aterrada la luz de un nuevo día”) y Beatriz Vallejos (“De la distancia / entre la semilla / y el sol/ comprendo / que todo es posible”). Y de las españolas Gloria Fuertes (“El agua se abraza a los colores / se mezcla en sus tonos/ y hace arte. / …Y hace flores, casas y paisajes. / El agua hace arte. / Claro que tiene que haber una mano de artista, / el agua sola / solo hace ríos”) y Olvido García Valdés (“Las flores de algunos árboles / recién brotadas / son como caracoles / verdes, árboles invadidos / de infinitos gusanos, / levedad de materia. / Me da miedo la luz, / lo quieto de la luz, / el hueso de su sien / contra la mía”).

El poema breve debe ser virtuoso. Efectivo. Puñalada que impulsa una correntada de aire fresco y vitamínico. Una detención feroz que alcance el máximo silencio. Certero ataque al corazón: un corte en la respiración durante el instante que dura su lectura. Luego, eterno resplandor, se destemporaliza.
“Ha nevado madre.
No, no es nieve. Han esquilado a las ovejas, eso es lana.
Se han llevado la nieve. Ha muerto la oveja celestial.
¿Lloro?”
En la obra de Miguel Ángel Bustos abundan los poemas breves. A menudo punzantes. Y dolorosos.
Luego del primer impacto, la lectura exige lentitud, circularidad, repaso. Respiración, sosiego e interferencia de electricidad en el ánimo. Suele creerse que, como el poema, en general, responde al género de corto aliento –en relación con la narrativa, que exige otra modalidad de lectura– es más fácil y rápido de leer. Sí, es cierto que no obliga a una continuidad en el tiempo. Pero requiere de otra clase de medición que responde a parámetros desconocidos. No hay tiempo para la poesía. El tiempo reside en lo inmanente (la experiencia de lectura) hasta traspasar los límites de lo posible.
“Esta lila se deshoja.
Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así.”
Alejandra Pizarnik, gran cultora de la brevedad y el relámpago, no deja lugar al tiempo. El poema se extiende en la desobediencia de su fragilidad para hacerse rezo y erigirse dios pagano. Aplastada toda hermenéutica, este diamante oculta en su decir (de antigua sombra) un tiempo que se mueve hacia dentro de sí involucrándonos en las resonancias vagas de un sentido incalculable de tan nítido y excitante.
Es virtud de todo poema (largo, corto, expansivo, disperso, críptico, descriptivo) la disipación del tiempo por el camino. No hay tiempo para maquinar la voluntad. El poema se rehace apenas lo dejamos ingresar hasta desintegrarse en partículas que apremian nuestra sensibilidad, tal cual sucede con este poema de Alejandra. El tiempo cronológico no cuenta, desaparece.
No obstante, quienes han sabido desmantelar la retórica expansiva han brillado en este formato. Y pienso en Giuseppe Ungaretti, de quien tantos poetas del siglo XX se nutrieron: “Entre la flor que tomo y la que doy / la inexpresable nada”. O: “Quisiera parecerme / a este lugar / echado / en su camisa / de nieve”. O: “Llegada ya la noche, / descansaba sobre la monótona hierba, / y tomé gusto / a esa ansiedad sin fin, / grito turbio y alado / que la luz al morir prolonga”.
En otra lengua, en otro punto del mapa, aunque en la misma época que el autor italiano, Anna Ajmátova apuñala con exquisito temblor:
“Pagué un precio caro a cambio de saber
que pensás en mí y me esperás.
Tal vez encuentres el lugar
de mi tumba sin nombre.”
La poeta rusa ha sabido valerse de este formato para llevarnos al filo de la intemperie. Y no es la única. Y en este punto las épocas, los idiomas, las corrientes estéticas y la historia se funden en una totalidad imperceptible que acompaña pero no apuntala. Que va por lo bajo sin ser vista. Aquí cuentan la experiencia y el diálogo: ese encuentro subjetivo entre el lector y el poema que, como dije antes, destemporaliza con suma ambición.
El santafesino Juan Manuel Inchauspe nos ha legado un puñado de brevedades para cultivar en las sombras de nuestro devenir, delicias que apañan la incertidumbre: “Las palabras que no dije / las que no pronuncié y devolví / al fondo oscuro de mí mismo / me esperan en el camino. // Un día / o una noche cualquiera / no importa el lugar / me golpearán en pleno rostro”.
Los poemas de los últimos libros de Alberto Szpunberg han desembarcado en la brevedad sin imposición: “Me confunde tu presencia, / lo repentino bajo la piel, / como si todo lo ocurrido fuese mañana. // Despiadada es la memoria: / siempre, siempre hay un olvido que nos persigue”.
Este artículo no propone una antología ni intenta jerarquizar a algunos poetas sobre otros, ni abarcar lo imposible por inacabable, sino sacar a la luz un formato (o más bien un rasgo propio, intrínseco a la poesía) que es predominante del género, aunque no todos/as los/as autores/as hayan recalado en la brevedad.
Aunque me he inclinado por poetas que ya no están (con excepción de Luque y García Valdés), aquí importa menos el o la poeta que la proeza de este impulso terco y combativo. Si bien la menos difundida Irma Cuña, oriunda de Neuquén, no cultivó especialmente este formato preciso, nos ha dejado una pequeña luz en el viento que vale la pena rozar: “Partimos / a olvidar / nuestro dedo de sombra en el desierto. // ¡Tanto andar por el aire / para tocar la interminable arena!”. En cambio, en la obra breve del también poco difundido autor salteño Jacobo Regen abunda la brevedad: “Dos caminos tiene el mundo; / dos caminos, nada más: / uno que va y que no vuelve, / otro que vuelve y no va”.
No son aforismos (sentencias filosóficas). No son epigramas (frases ingeniosas a veces satíricas). Son resultado de haber trabajado la síntesis en el poema. Este artículo es una excusa para mostrar incandescencias que entran de golpe, pierden la temporalidad de su real y adquieren una eternidad con efecto retroactivo.
Sé que al finalizar se pensará en las ausencias, en quienes no están aquí. Pero en verdad, la melancolía erudita lastima la celebración. Sí, la cosa va por otro lado. Sabemos que lo que decimos sobre el poema siempre resulta escaso y torpe. Funciona bosquejo abierto, disparador de búsqueda. Lanza aperturas para ir por más y fortalecer el alma. El poema es un don que se macera con lo mejor y más propio que tenemos: el lenguaje, la palabra.
Cerremos con cuatro poemas extraordinarios:
“Conozco mi retórica.
Es un aullido
delicado.”
(Irene Gruss)
“Una gramática falsa
distribuye sus errores
en el mismo lugar
donde esparce su aroma
el verso conjugado
por la diosa
en el intercambio
con sus muertos.”
(Nini Bernardello)
“Entre la ciudad de Abajo y la de Arriba
hay solo un salto, y este es el momento:
el poema cree cerrarse sobre sí mismo
pero es solo un puente precario, deshilachado,
jirones que el viento agita sobre el abismo.”
(Alberto Szpunberg)
“Somos como la voz del viento vago
Que en balde gime por la paz que no halla:
¡Así es la vida, como el viento, –estrago,
Sollozo, queja, tempestad, batalla!”
(José Martí)
