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Caras y Caretas

           

Cien años del barrio más poético de Buenos Aires

Barrio de calles circulares, poblado de historias y misterio, Parque Chas festejó su centenario mientras defiende su identidad y su patrimonio del avance modernizador.

Fue un centenario con sabor a triunfo. Como en una escena de Luna de Avellaneda, años atrás los vecinos de Parque Chas se unieron para defender al barrio de “demoliciones que se aprueban entre gallos y medianoches, sin respetar las normas de construcción ni de convivencia y, sobre todo, perdiendo progresivamente la identidad barrial”. Así, el pasado 2 de noviembre, con el asesoramiento del Observatorio del Derecho a la Ciudad, lograron que la Justicia fallase a favor del amparo realizado para proteger el chalet de Ávalos 1780, uno de los primeros del barrio, dejando además asentado que el Consejo Asesor de Asuntos Patrimoniales (CAAP) de la ciudad de Buenos Aires buscó justificar la demolición del inmueble sin consideración alguna por su valor histórico.

De esta manera, los vecinos escribieron un nuevo capítulo de los muchos que se sumaron en los cien años de historia, que fueron celebrados ese mismo 2 de noviembre con paseos guiados, ferias y shows de tango en el centro de este particular barrio de Buenos Aires, cuya magia irradió creaciones de escritores, poetas y cineastas, gracias a su particular diagramación, desarrollada en Europa a comienzos del siglo XX con calles circulares que han logrado cruzar la ficción y la realidad, donde pueden encontrarse esquinas como la de Bauness y Bauness, la calle Berlín, que realiza un círculo completo, o todo tipo de historias, como el hecho de que en 1976 se elevó una ordenanza para separarlo de Agronomía como un nuevo barrio y seis meses después un decreto del intendente de facto de la dictadura Osvaldo Cacciatore dejó sin efecto su nacimiento, para en 2005 renacer definitivamente al darse de baja dicha normativa, lo que convirtió a Parque Chas en el más nuevo y último de los barrios porteños, pese a tener la mayor cantidad de narraciones por metro cuadrado.

Entre ellas, se cuentan albergar a un vecino que pese a vivir gran parte de su vida allí terminó gobernando la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, o ser el lugar de residencia de Ichika Egashira, la primera japonesa en el fútbol femenino argentino, que llegó a estas tierras sin saber castellano solo por su devoción por Lionel Messi, entre otras cientos de narraciones de transeúntes, automovilistas, taxistas o colectiveros perdidos en el tiempo y el espacio, durante horas o bien en la eternidad. No es casualidad, de hecho, que se celebre en este barrio el Festival de Poesía Internacional de Parque Chas “Luis Luchi”, cuya tercera edición fue en septiembre pasado con la concurrencia de cien poetas de 32 países. O que Alejandro Dolina lo haya mencionado en su novela Cartas marcadas y en dos relatos de sus Crónicas del Ángel Gris, en un caso como centro de la “Historia de la manzana misteriosa de Parque Chas”, donde da cuenta de calles en las que no es posible dar su vuelta sin aparecer en distintos lugares, incluso para investigadores locales y extranjeros, así como también en “Refutación de los viajes”, donde se narra que, invitado Manuel Mandeb a un baile en la calle Bucarest, este se interna junto a sus amigos en el barrio saliendo cinco veces a la misma cigarrería, cuyo kiosquero da siempre indicaciones distintas, hasta finalmente confesar que él también se había perdido allí en 1939, e instaló el quiosco para sobrevivir, sin perder su anhelo de algún día regresar a Villa Crespo.

Pero tal como lo cuenta uno de sus habitantes, el historiador y escritor Leonardo Killian, el barrio fue también musa inspiradora en fragmentos de obras de Jorge Luis Borges, que habla de los hornos para ladrillos y los potreros en Evaristo Carriego; de Adolfo Bioy Casares, que hace referencia a la Escuelita Basilio y la pérdida de una perra en ese “verdadero laberinto” dentro de su novela Dormir al sol, cuyo film de 2011 no podía dejar de rodarse en Parque Chas; de Tomás Eloy Martínez, en su última novela El cantor de tango; de Carlos Gamerro en Las islas, donde habla de “uno de los barrios más extraordinarios de la ciudad, al menos para aquellos con el ojo más afinado a los aspectos mágicos que a los prácticos”, o de Inés Fernández Moreno, nieta de Baldomero Fernández Moreno y vecina del barrio, fallecida recientemente. También, el guionista Ricardo Barreiro y el ilustrador Eduardo Risso dieron vida a la historieta “Parque Chas” publicada en la revista Fierro a partir de 1987, mientras que fue hogar de los cineastas Eduardo Mignogna y Adolfo Aristarain, quien filmó parte de su película Roma en este mágico barrio.

Lo cierto es que los influjos narrativos y literarios de este barrio acompañan también su vida cotidiana. Por caso, en marzo de 2017, los vecinos empezaron a escuchar el ruido de motosierras en la Plaza Domingo Fidel Sarmiento, en las calles Gándara y Gamarra, para descubrir que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires estaba talando sus añejos y queridos árboles. El colectivo de Chas se movilizó en protesta, y la resolución fue la plantación por parte de ellos mismos, con el apoyo de la ONG “Un árbol para mi barrio”, de otros ocho nuevos, a cada uno de los cuales se los nombró como los vecinos del barrio desaparecidos o asesinados durante la última dictadura cívico-militar, y también agregaron placas con sus nombres y rebautizaron coloquialmente la plaza como “de la Memoria”. Desde entonces, se conmemora, todos los 24 de marzo, el festival Memoria Viva, con grupos musicales, teatrales y de danza, para homenajear a aquellos y a todos los desaparecidos entre 1976 y 1983.

Pero también puede mencionarse el hecho de que al barrio hayan llegado a jugar los planteles de Boca, River, Independiente y Racing, que en solo una década debieron ser visitantes en tres sedes distintas. Esto fue así porque en 1927 el Sportivo Almagro, actual Club Almagro, alquiló para su cancha los terrenos de las calles Berna y Gándara, pero debido a la necesidad del barrio de abrir calles y seguir urbanizándose, el club debió mudarse a Avenida de los Incas y Andonaegui y luego a Fraga y Estomba. 

O el hecho de que, pensado como un espacio residencial, no se contemplara la presencia de negocios, lo que promovía que muchas de las casas contaran con gallineros, plantas de frutas y a veces una pequeña huerta, así como la visita por sus calles de todo tipo de vendedores ambulantes, que entre sus ofrecimientos incluían liebres, pajaritos para la polenta o leche al pie de cabra o de la “vaca de Miguelito”. Si nada de esto era aprovechado por los habitantes, no tenían otra posibilidad que dirigirse a la avenida Triunvirato para abastecerse allí o para tomar la única salida al centro, el tranvía de Lacroze.

El laberinto Chas

Entre tantos misterios, el de su fundación es contado en un perdido cuadernillo municipal de noviembre de 1990, el número 15, dedicado a Parque Chas. Allí se narra que las tierras pertenecían a la orden de los Jesuitas, por lo que era llamado “Chacra de los Jesuitas”, hasta la expulsión de esta congregación en 1767, cuando sus terrenos fueron expropiados por el Estado para entregárselos al Real Colegio de San Carlos, luego trasladado y modificado a su nombre actual, Nacional de Buenos Aires.

Así los terrenos liberados fueron subastados y ganados por la familia Chas, que comenzó a rellenar los terrenos inundables y el arroyo Ballivián para comenzar a lotearlos en un futuro cuando adquirieran mayor valor. Para la década del 20, el sobrino nieto de Manuel Belgrano, Vicente Chas, contrató a los ingenieros Armando Frehner y Adolfo Guerrico para diseñar un barrio con esquema radiocéntrico inspirado en el movimiento de la ciudad jardín inglesa, es decir, espacios residenciales europeos que buscaban alejar a los trabajadores de la contaminación de los centros fabriles. Para potenciar este estilo europeo, Chas nombró también cada calle como una ciudad de ese continente, con excepción de la diagonal que, magnánimo, decidió bautizar con su propio nombre, que permaneció hasta 1942, cuando fue reemplazado por La Internacional, debido a que cortaba calles con nombres de ciudades de todo el mundo. Como no podría ser de otra forma, la diagonal también sumó su narración, pues el gobierno de Marcelino Ortiz creyó que el nombre hacía referencia al himno oficial del movimiento obrero y decidió modificarlo al actual Benjamín Victorica.

Pero nada de eso había sucedido aun cuando Chas fraccionó los parcelamientos y contrató a un eximió vendedor, Gerónimo Grosso, quien cada tres meses anunciaba los loteos con magnánimos, y algo fantasiosos, avisos en los diarios y en la revista Caras y Caretas, como también mediante fanfarrias por las calles de Buenos Aires, montando en el día del evento una carpa en los terrenos que se ofertaban, que se iba trasladando a medida que se concretaban las ventas hacia el lado de Constituyentes. Siempre ataviado con sombrero y bastón blanco, Grosso conducía diversas atracciones circenses que congregaban a todo tipo de público, algunos de los cuales partían con la escritura de su lote y la financiación para la construcción del chalet, previa aceptación de dejar un espacio de tres metros para dotar de verde la entrada de la casa y recibir a cambio, de regalo, cerámicos para decorar los frentes.

La pericia de Grosso y los buenos precios de los lotes junto a la financiación irían dejando atrás los pastizales de más de un metro y las zonas inundables. Su crecimiento, sin embargo, reduciría también los potreros, con lo que los chicos del barrio comenzaron a acercarse a los remates para correr la voz de que seguían siendo terrenos inundables, por lo que frente a la caída de las ventas, Grosso resolvió el problema de una forma práctica, regalando un equipo de camisetas y una pelota bajo la condición de que los chicos se alejaran.

El esquema funcionó, pero tal vez ayudado por otras alternativas como los barriletes, la bilardita, el trompo, las bolitas, la escondida, el rango y mida, el dinenti, el balero, el yo-yo y las colecciones de figuritas que venían en los chocolatines. O bien acudir con la familia a ver el cine que se proyectaba desde el camión municipal en las pantallas que montaban en Gándara y Benjamín Victorica, para quienes no tenían sus 20 centavos para comprar la entrada del Cine Familiar Parque Chas, inaugurado en 1929.
Con todo, el folleto municipal de tres décadas atrás narra que la mayor atracción para estos pibes fue la montaña de arena de cuatro metros que sirvió de insumo al horno de ladrillos Luchetti Fontana y Mazzola, estratégicamente ubicado para vender su producción al boom inmobiliario de la zona, pero al que el rechazo por el mal olor que desprendía, junto a las pérdidas sufridas por las carretillas de vecinos que por las noches traqueteaban tomando prestados sus ladrillos para ampliar sus casas, hicieron migrar.

Lo cierto es que como en el sentido circular y sin salida de sus calles, las historias de Parque Chas no dejan de aparecer. También su escuela municipal Petronila Rodríguez, fundada en 1934 en uno de los seis terrenos que donó Vicente Chas para construir un establecimiento educativo y cinco plazas, fue protagonista de una obra literaria, la del escritor y egresado de la institución, Diego Paszkowski, en su libro infantil Te espero en Sofía, título que hace referencia al pasaje trasero y sin salida con nombre de capital búlgara en la que se citaban los chicos para pelear. O aquella narrada por el escritor Hernán Torrado en “Línea 187”, sobre aquel colectivo que iba desde Chacarita hasta José León Suarez, que llamativamente se denominó también 9 y 107, y a cuya terminal, en la noche del 6 de marzo de 1983, entraron ladrones para robar cinco millones de pesos argentinos y sacaron por diversión los mapas que lo conductores usaban para cruzar el barrio. Así, cuenta Torrado, los colectivos fueron perdiéndose poco a poco con pasajeros que, una vez acabado el gasoil y tras largos peregrinajes, lograban muy a duras penas llegar a una salida por Avenida de los Incas, incluso cuando quedó un solo coche fantasma, que sigue conduciendo a los desprevenidos que lo toman hacia los peores lugares.

Si en los últimos años las historias mermaron, mucho se debe a los GPS. Sin embargo, durante la celebración del centenario el pasado noviembre, algunos vecinos comentaban por lo bajo que, en más de una oportunidad, su señal se interrumpe misteriosamente al ingresar al barrio…

Escrito por
Julián Blejmar
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