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Caras y Caretas

           

Los Redondos antes de Los Redondos, el fenómeno y el mito

Ilustración: Sabrina Gil

La banda se gestó en un contexto de represión y reorganización cultural. Y desató una oleada social y artística inédita en la historia de la música popular argentina.

En los aproximadamente 25 años de existencia real de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota, entre 1977 y 2001, un halo de misterio rodeó a la banda, no solo en su etapa inicial semiclandestina y psicodélica, sino también en el período en que la popularidad la llevó a niveles multitudinarios de seguidores.

Los mascarones de proa en ese derrotero creativo, jalonado por enigmas y éxitos, fueron tres: Carlos “Indio” Solari, Eduardo “Skay” Beilinson y su pareja, Carmen “Negra Poli” Castro, quienes se conectaron entre sí en La Plata.

Frecuentaban los ámbitos culturales alternativos cuya expresión más importante había sido La Cofradía de la Flor Solar, un colectivo hippie con músicos como el guitarrista Kubero Díaz y el violinista Jorge Pinchevsky, quienes luego recalaron en la más conocida La Pesada del Rock and Roll. Transcurrían los años finales de los 60 y principios de los 70, signados por sucesos externos como el Mayo Francés y la guerra de Vietnam, y otros domésticos como el Cordobazo y el retorno del general Perón.

Aun en los ambientes contraculturales, la efervescencia política se filtraba y derivaba en un mix de anarquismo, psicodelia y gran energía creativa. El clima de ebullición fue opacándose en La Plata conforme a la derechización del proceso político: la eyección del gobernador Oscar Bidegain y el accionar criminal de la Triple A y la CNU. También comenzaron a ser más frecuentes las razzias policiales en los locales donde se desarrollaban espectáculos vanguardistas que mezclaban música, teatro, poesía y danza, que frecuentaban Solari, Skay y la Poli –futura manager de Los Redondos– y su grupo de amigos, que incluía al hermano de Skay, Guillermo, y al artista plástico Ricardo Cohen (Rocambole, a cargo del arte de los discos de la banda).

Naturalmente, la situación se agravó con el golpe de Estado de 1976. Los citados Kubero Díaz y Pinchevsky optaron por irse a Europa, y la troupe de Solari y Skay se refugió en algunos espacios puntuales de La Plata. Uno de ellos, que es donde se gestó la banda –aún sin nombre–, fue el sótano de Pasaje Rodrigo, una galería del centro platense, testigo de los ensayos y primeras grabaciones.

Hasta que llegó el momento, a fines de 1977, de realizar una presentación pública que ellos denominaron “Lozanazo”, en el Teatro Lozano, propiedad del Sindicato de Empleados por Reunión del Hipódromo de La Plata. Allí tocaron por primera vez el 26 de noviembre de 1977. Además de la música, desfilaban por el escenario recitadores de poemas, bailarinas que se desnudaban y otros personajes del under platense, entre ellos uno disfrazado de sultán que repartía entre los asistentes buñuelos de ricota redondos que él mismo preparaba, lo cual terminaría proporcionando el nombre definitivo a la banda.

A esas representaciones les siguió la aventura en el tórrido verano salteño de 1978, con dos recitales en la capital provincial, para los cuales por primera vez se anunciaron en volantes como “Patricio Rey y los Redonditos de Ricota”, prometiendo un “divertidísimo espectáculo de jazz, música negra y rock”. El 6 y 7 de enero la banda tocó en el bar Polaco, un boliche que oficiaba como refugio del ambiente bohemio salteño.

Ahora bien, ¿qué hacía tocando en Salta para no más de treinta personas esta desconocida embajada del under platense? La respuesta tiene varias puntas: primero, Skay y la Poli, producto del endurecimiento represivo que vivían La Plata y el país, resolvieron pasar un tiempo en unas tierras que el padre de aquel había comprado en la zona de Metán (Salta). Segundo, en la provincia norteña se reencontraron con Pancho Silva, un artista hippie platense que había integrado La Cofradía de la Flor Solar y se había radicado en Cafayate, y que culminó siendo la personificación de Patricio Rey.

De esta concurrencia salieron los recitales en el bar Polaco. El traslado a Salta del grupo se hizo en un micro pagado por Rocambole para saldar así una vieja deuda comercial con el Indio.

La formación de aquel primer recital en Salta, según consigna el histórico diario del norte argentino El Tribuno, fue la siguiente: Skay, dirección y guitarra; Indio Solari, voz y composición; Ricardo Meyer, guitarra; Bernardo Rubaja, teclados; Omar Farías, batería; Fenton, bajo; Rocky, violín; Guillermo Beilinson, percusión, y Tito Martínez, actor.

El regreso a La Plata trajo una presentación en abril en el conocido Teatro Lozano. Luego llegó la mudanza a Capital de la banda, con recitales en la Sala Monserrat y los teatros La Cortada y Bambalinas, y algunas presentaciones en el interior. El boca en boca empezó a funcionar y Los Redondos comenzaban a hacerse algo más conocidos.

LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO EN DICTADURA

El año 1982 fue importante. Empezó el 2 de enero con la participación de la banda en el festival “Pan Caliente”, organizado en el estadio del Club Excursionistas para reunir fondos que impidieran que la revista homónima cerrara. Fue la primera vez que tocaron para un público numeroso, calculado en 4.000 personas.

La actuación en Excursionistas la hicieron con la siguiente formación: Indio; Skay; Diego Rodríguez, batería; Topo D’Aloisio, bajo; Rocky Rodrigo, teclados; Laura Hutton, coros, y dos chicas que hicieron un número de striptease, a pesar de que paulatinamente la banda había ido concentrándose en la música y omitiendo las performances multiartísticas de la primera época.

Con esa formación grabaron un demo en los estudios de RCA que fue el germen de su primer disco.

La derrota en Malvinas marcó el fin de la dictadura en 1983 y el advenimiento de un proceso democrático con un renacer de las actividades culturales. Los Redondos tocaban cada vez más frecuentemente, en particular en boliches nuevos como La Esquina del Sol, en Palermo; El Goce Pagano, en Villa Crespo, propiedad de Horacio Fontova, y el Stud Free Bar, en Belgrano, todos lugares emblemáticos de la escena musical alternativa de la apertura democrática.

El primer disco de Los Redondos, Gulp!, apareció en 1985, grabado por el Indio Solari; Skay Beilinson; Daniel “Semilla” Bucciarelli, bajo; Héctor “Tito Fargo” D’Aviero, guitarra; Juan “Piojo” Ábalos, batería, y Willy Crook, saxo, con la Negra Poli como manager y Rocambole en arte de tapa. Al año siguiente vio la luz Oktubre, luego del cual hubo dos cambios en la banda: ingresaron Walter Sidotti en batería y Sergio Dawi en saxos, la formación definitiva, con la que Los Redondos grabaron el tercer y el cuarto disco: Un baión para el ojo idiota (1988) y ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado (1989).

La repercusión de estos álbumes aumentó la cantidad de seguidores de sus presentaciones en el circuito under porteño, con más sitios icónicos donde solían tocar: Palladium, Cemento, y la extensión de sus recitales al Gran Buenos Aires y a ciudades como Córdoba, Mar del Plata, Tandil y Montevideo, aunque aún lejos de la masividad de las “misas” ricoteras que caracterizarían la década siguiente.

DEL UNDER A LA MASIVIDAD

A lo largo de la década del 90, Los Redondos consolidaron una obra discográfica que acompañó y amplificó su crecimiento como fenómeno cultural. Con La mosca y la sopa (1991) dieron un paso decisivo hacia la masividad, mientras que Lobo suelto, cordero atado (1993) profundizó la expansión del universo ricotero en estadios cada vez más grandes. Más tarde, Luzbelito (1996) reforzó una identidad estética cada vez más densa y narrativa, seguida por el giro sonoro de Último bondi a Finisterre (1998), que incorporó nuevas texturas a su propuesta. El recorrido se cerró con Momo Sampler (2000), último trabajo de estudio antes de la disolución del grupo.

Sin embargo, un caso de violencia policial signó la historia de la banda y los recitales de rock: el asesinato del joven Walter Bulacio, de 17 años, uno de los ochenta detenidos el 19 de abril de 1991 por un operativo policial en las inmediaciones del estadio Obras durante un recital de Los Redondos. El adolescente debió ser internado por un traumatismo de cráneo que sufrió en la comisaría y falleció una semana después.

La causa judicial fue muy lenta y, muchísimos años después, el comisario recibió una exigua y módica condena. Por su parte, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) recibió el caso y responsabilizó al Estado argentino por este hecho de violencia institucional.

LA SEPARACIÓN

Los años siguientes consagraron a la banda como un fenómeno cultural y social masivo que conservó la independencia artística. Grabaron siete discos más y saltaron a recitales en estadios de fútbol: cuatro en Huracán; Unión y Colón en Santa Fe; dos en Racing; dos en River; dos en el Centenario (Montevideo), hasta el último, el 4 de agosto de 2001 en el estadio mundialista de Córdoba.

En octubre de ese 2001, cuando el país estaba al borde del estallido, una reunión que mantuvieron el Indio, Skay y la Poli en un bar de Palermo evidenció diferencias profundas entre ellos. Fueron Los Redondos quienes estallaron y se separaron.

Sus miles de fans quedaron en orfandad y sin la posibilidad de un recital y misa ricotera de despedida con los que siempre soñaron, mientras se lanzaban a prolongar la mística siguiendo sus carreras solistas.

Escrito por
Edgardo Imas
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