Me acuerdo la primera vez que escuché El tesoro de los inocentes, con esa multitud enardecida que suena al principio: ¿un disco de estudio que arranca como un disco en vivo? Enseguida el Indio empezó a cantar “Nike es la cultura” y entendí todo: el quía extrañaba los escenarios, el calor de su gente. Hacía tres años que se había borrado del mapa, al mejor estilo Salinger, y con este disco tanteaba su regreso. Skay pasó de llenar River con él a tocar en teatros solo, y pensó: ¿A mí me pasará lo mismo? ¿Todavía habrá gente que me quiera ver?
El sonido de El tesoro de los inocentes (2004) todavía nos remitía a Momo Sampler, esas texturas electrónicas que tejen ambientes lúgubres para sus letras crípticas. Ahora la piba con remera de Greenpeace atendía un Blockbuster y una legión de argentinos había abandonado el país tras la crisis de 2001, en busca de mejor suerte, y el dilema era “To beef or not to beef”. El Indio tenía el radar para captar eso y traducirlo en una canción de cuatro minutos directo al pecho. Y siempre, pero siempre, dejarnos alguna enseñanza, como la de “Si no hay amor, que no haya nada entonces”, que inmortalizó en “El tesoro de los inocentes”, el tema que bautizaba este ansiado debut solista. Estrenó el material en La Plata, en noviembre de 2005, lo paseó por Montevideo, y volvió a escabullirse en su casa-estudio de Parque Leloir. Suficiente: el primer paso ya estaba hecho. Había vida después de Patricio Rey.
Con Porco Rex (2007) nos dio el primer feat de su carrera, el tema “Veneno paciente”, con Andrés Calamaro, después de haber reversionado “El salmón” para el disco Escuchame entre el ruido: 40 años de rock argentino. Lo producía Lito Vitale, aquel tecladista que les dio una mano con Gulp!, cuando recién empezaban Los Redondos, en 1985. Con su familia tocaban jazz rock en el grupo MIA (Músicos Independientes Asociados) durante los 70 y fueron los que les marcaron el camino de la autogestión.
Con este segundo CD volvió a copar la ciudad de los diagonales y también llevó su ritual a Jesús María, San Luis, Tandil y Salta. Las misas se expandían por todo el país. En los shows se impuso “Flight 956” como la más festejada del nuevo disco y pasó a ser tema de cierre, midiéndose con “Jijiji”. La contracara era “Bebamos de las copas más lindas”, la balada con la frase “donde hay dolor habrá canciones”, que terminaría estampada en infinidad de remeras y banderas.
Estos años 2008-2010 fueron vertiginosos, con mucho más rodaje en vivo. Fue la consolidación de su nueva etapa, que tuvo su propia película, estrenada en el Luna Park y editada posteriormente en DVD; un metejón audiovisual que nunca había podido hacer con Los Redondos. Ahora con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado no podía tocar en Buenos Aires, dada la cantidad desbordante de público, pero se daba el lujo de proyectar en el Templo del Box una performance en vivo y que la gente fuera a poguear ahí, frente a la pantalla.
El perfume de la tempestad (2010) lo llevó nuevamente a Salta y Tandil, más algunas ciudades nuevas, como Junín y Mendoza. Tocara donde tocara, la convocatoria no bajaba de las cien mil personas. El tercer álbum ofrecía un repertorio luminoso, más volcado al audio de U2 que al de Nine Inch Nails, y abría un nuevo portal de canciones, épicas y poderosas, como “Todos a los botes”, “Ceremonia durante la tormenta” y “Black Russian”. Y sin renunciar a su exquisita poesía, desplegada a sus anchas, por ejemplo, en “Una rata muerta entre los geranios”.
En Pajaritos, bravos muchachitos (2013) convocó a sus ex compañeros Semilla Bucciarelli, Sergio Dawi y Walter Sidotti para “La pajarita pechiblanca” y nos ilusionó con una vuelta de Los Redondos. No sucedió, claro, pero los cuatro tocaron juntos en Gualeguaychú y fue una fiesta. La contracara de la euforia era “Había una vez…”, otra canción que se volvería un clásico de su repertorio solista.
Durante la presentación en Tandil (2016) el Míster confesó que sufría Parkinson y que se le estaba haciendo cada vez más difícil ponerse al hombro los conciertos. Al año siguiente cantó ante 500 mil personas en Olavarría, aquella ciudad maldita que había prohibido a Los Redondos en 1997, y el show terminó con dos muertos por asfixia. Uno portaba el apellido de Bulacio, como aquel mártir de los primeros Obras Sanitarias, que se cargó la Policía Federal. Algo olía feo, los buitres acechaban y Solari se guardó. Esa sería su última aparición sobre un escenario: 11 de marzo de 2017.
LA RETIRADA
A partir de ahí empezó su retirada; primero con el disco El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), que nunca presentó en vivo, y después refugiándose en las redes sociales, compartiendo poesía, recomendaciones y manifestaciones políticas, cada vez que el país crujía y la sociedad necesitaba alguien en quien creer.
El ruiseñor… fue una despedida prematura. Su disco más íntimo y personal, desde la tapa misma, donde eligió una foto de sus padres posando de gala. Después siguió sacando canciones sueltas, como marcaba la época, y nos emocionó con “Encuentro con un ángel amateur”, donde entona aquello de “Yo ya no puedo cumplir / hazañas que prometí / Solo seguir cantando” y nos dejó una sonrisa amarga. En el 2021, apenas la publicó, y en el 2026, cuando finalmente partió de este mundo.
Entremedio tuvimos su versión digital desde las pantallas, en cada presentación de Los Fundamentalistas haciéndole el aguante, y hasta un show por streaming, filmado en la apocalíptica ciudad de Epecuén, en tiempos de pandemia y multitudes vedadas. De carne y hueso, virtual o ahora que se volvió etéreo, el Indio nos dejó un legado enorme que nunca se olvidará. Un audaz que cavó su propia trinchera cultural y batalló contra los poderosos –sean políticos, medios de comunicación o jerarcas de la industria musical– en pos de su arte. Por eso, ahora que nos quedamos más solos, con un hueco gigante en el pecho: ¿cómo no sentirse así?
