Por más de tres décadas, Luis Gurevich ha sido una pieza esencial en la obra de León Gieco. Pianista, compositor y arreglador, es el socio creativo detrás de algunos de los temas más reconocibles de la música popular argentina: “Cinco siglos igual”, “El ángel de la bicicleta”, “Todos los días un poco”, “De igual a igual”, “El arrepentido” o “El desembarco”, entre otros. En total, más de setenta canciones que combinan la mirada social de Gieco con la sensibilidad melódica de Gurevich. Su colaboración abarca la composición, los arreglos y la interpretación, contribuyendo al sonido que caracteriza la obra del artista nacido en Cañada Rosquín, Santa Fe.
Gurevich nació en Buenos Aires en 1958 y se formó como profesor de piano en el Conservatorio de Música de la Capital. Se crio entre el piano clásico y las bandas de rock. Tocó con Piero, David Lebón y el grupo Músicos Populares Argentinos (MPA) del Chango Farías Gómez antes de cruzarse con Gieco a fines de los años 80. “Con León aprendí cómo se hace una canción”, dice. “Fue él quien me dio la oportunidad de mostrar lo que venía componiendo en silencio”.
Ahora sus canciones son parte de la memoria colectiva del país. La alianza musical entre Gieco y Gurevich es un ejemplo de lo que puede durar una amistad cuando se sostiene en el arte, la empatía y la libertad.
–Ustedes trabajan juntos desde fines de los 80. ¿Cómo empezó esa historia?
–Yo empecé a tocar con él en 1988. León venía de grabar Semillas del corazón, donde habían participado el Mono Fontana e Iván Lins en piano. Buscaba un pianista porque hasta entonces tenía una banda muy folklórica y quería ampliar el sonido para presentar esos temas. Yo venía de tocar con David Lebón y con MPA del Chango Farías Gómez, así que tenía los dos mundos. Cuando nos conocimos, le pareció que encajaba con su propuesta. La reunión fue en la casa de Aníbal Forcada, su bajista. Su mujer era mánager de Mercedes Sosa. Recuerdo que cuando bajamos al comedor estaba ella. León le dijo: “Te presento. Él es el chico que va a tocar conmigo”. Y ella me tomó las manos y me dijo: “¡Qué bueno!”. Fue como una bendición. Después de los conciertos de Amnesty, me llamó para presentar el disco en Obras, y desde ahí quedé en la banda.
–En algún momento él dijo que sentía que se estaba “autoplagiando” y necesitaba un socio. ¿Cómo surgió la sociedad entre ustedes?
–A mi entender, el contrabajista Horacio Fumero, que vino con él desde Cañada Rosquín, le dijo: “Buscate un par, buscate a alguien con quien trabajar”. Y fue muy casual, porque yo había entrado como pianista. Estábamos de gira por Ecuador y, durante una prueba de sonido, empecé a tocar algo mío. Cuando bajé, me dice: “¿Qué era eso que tocaste? Cuando lleguemos a Buenos Aires, grabámelo en un casete”. Más adelante, en una clínica en el Sindicato de Músicos, leyó una letra que decía “una estrella cayó, este cielo llora”, y me dijo: “Tocá eso que hiciste la otra vez”. Así nació “Todos los días un poco”. Fue la primera canción que hicimos juntos, y yo me enteré en ese momento de que había creado una canción con León.
–¿Y cómo se construyó la dinámica a partir de ahí?
–Después de eso llegó un casete a Mercedes Sosa con esa canción. Y Mercedes estaba haciendo unos conciertos en el Luna Park con Spinetta, León, Julia Zenko, Víctor Heredia y algunos más. A cada uno le pidió un par de canciones para elegir. Eligió esta y la tocamos con ella en el Luna Park antes de ser grabada. Después de eso, León me dijo: “Parece que está muy bueno lo que hacemos juntos, sigamos”. Así empezó todo. Con los años hemos trabajado de muchas maneras: desde una letra suya, desde una melodía mía o juntos desde cero. Ya es una dinámica que fluye sola.
–¿Tenés canciones favoritas entre las que compusieron?
–Cada una tiene su historia; es como un álbum de fotos. Te acordás de cómo se hizo, cómo se grabó, qué generó, cosas que le hacen tenerle cariño. “Todos los días un poco” me emociona porque fue la primera. “Cinco siglos igual”, por su importancia. “El ángel de la bicicleta”, dedicada a Pocho Lepratti, porque fue la canción del año. Hay un montón.
–León siempre tuvo una identidad artística muy ligada a lo social y a lo político. ¿Cómo se traduce eso en el trabajo conjunto?
–Cuando leo sus letras estoy totalmente de acuerdo con lo que dice y cómo lo dice. Me encanta poder poner una melodía que le dé belleza a la crudeza del mensaje, o que una melodía le dispare a él una imagen para expresar lo que quiere. Es una comunión muy especial.
–¿Cuál es el secreto de una sociedad que dura más de tres décadas?
–Es muy natural. Creo que justamente esa es la clave: no hay obligación. Si alguno tiene una idea, una letra o una melodía, la comparte, pero sin presión. El secreto es dejar que fluya.
–León es considerado uno de los músicos más solidarios del país. Más allá de lo artístico, ¿qué te dejó en lo humano?
–Muchísimo. Aprendí mucho viéndolo actuar y acompañándolo en tantos actos solidarios. Eso se te mete en la piel. No es algo que uno se proponga, sino que se vuelve parte de uno.
–¿Y cómo sigue esta historia? ¿Hay proyectos nuevos?
–No lo sé. Yo siento realmente que León es parte de mi familia. Somos familia. Hemos tenido muchas instancias distintas. Fui parte de su banda, he viajado por todo el país, he tenido la oportunidad de viajar al exterior con él, he hecho todo un trabajo en banda con él. Por otro lado, tengo la intimidad de la creación y también la de haber producido juntos muchos álbumes. Yo creo que las cosas son y se dan como se tienen que dar. Si en algún lugar está escrito que vamos a seguir haciendo canciones, está escrito. Si no está escrito, será divino todo lo que hicimos. Sin plan, sin planteamientos.
–¿Creés que León tiene el reconocimiento que merece?
–Sí, sin duda. Es un artista muy querido y admirado. De su generación, quedan pocos con esa coherencia y esa entrega. Parte de mi trabajo junto a él tiene que ver con la admiración que le tengo como artista. Para mí es un honor y un orgullo poder trabajar con alguien de esa talla. Hace muchísimos años, en 1989, cuando se hicieron los conciertos con Pete Seeger, que tenía 82 o 83 años en ese momento, León quería que en “Cristo de Palacagüina” toda la gente cantara. Se arrodilló en el escenario y escribió en una cartulina la letra y la subió. Me lo imagino a León en un camino así.
