León Gieco está siempre en movimiento. Insiste en que esa es una de las claves de su vida, una de las cosas que lo ayudan a sentirse “por siempre joven”, para usar las palabras de su ídolo, Bob Dylan. Pero cuando ya han transcurrido 53 años de su debut discográfico (en El Acusticazo, de 1972, primer álbum en vivo del rock argentino), la ocasión es propicia para sentarse a repasar algunos de los hitos de su carrera y su relación con la música, con la perspectiva que da el tiempo. En la charla, el pasado se une con la actualidad en un presente continuo, y van desfilando algunas de las personalidades más importantes de la música, el arte, la política y la cultura de los últimos cincuenta años.
León tiene recuerdos muy tempranos de momentos clave, todos relacionados con la música. El primero se remonta a cuando tenía dos años y estaba sentado en una sillita alta mientras su mamá le servía bagna cauda, mientras escuchaba a unos quince abuelos cantando canzonettas italianas. O cuando le regalaron una pequeña acordeoncita de juguete para las fiestas, que pasaba horas tocando. Recuerda también mientras llevaban la leche que su papá acababa de ordeñar, en un carro que iba hasta el camino central, donde pasaba el camión que recogía los tachos, con su padre silbando, a la ida y a la vuelta.
Después de esa idílica infancia en el campo llegó la mudanza de su familia a Cañada Rosquín, en ese entonces un pueblo de 3.000 habitantes, donde vivió hasta los 18 años. “Allí cambió todo, ya no fue más lo mismo, pero también tengo recuerdos musicales. El primero es que dormía al lado de una ventana, en la habitación de mis viejos, y escuchaba que había alguien enfrente que tocaba el acordeón y el bandoneón, y ya discriminaba cuál era cuál. Un día cruzo y me encuentro con un relojero, un señor grande, que me pregunta: ‘¿Ustedes son los que vinieron del campo, no? ¿Qué te trae por acá?’. Le digo: ‘Quiero saber quién toca el acordeón y el bandoneón’. ‘Yo soy’, me dice, ‘¿querés tocar?’. ‘¡Por supuesto!’ Me hace pasar y me trae el acordeón, y luego el bandoneón, y toqué un poquito. Entonces me dice: ‘Te gusta la música, vení que te voy a mostrar algo’. Agarra una caja de madera, que era un gramófono, pone un plato negro encima, apoya la púa y sale ‘Puentecito del río que pasa…’. ¡Antonio Tormo! Regresé a mi casa lleno de música.”
–Después vino tu primer instrumento.
–Me puse a laburar, porque en casa no había guita, tenía 7 u 8 años. Le hacía los mandados a una señora, y repartía carne en una bicicleta. De lo que ganaba, le daba algo a mi vieja y pagaba las cuentas que ella debía en los negocios que le daban crédito. En el almacén de ramos generales de mi pueblo había visto una guitarra, y pensé “tengo plata, me la puedo comprar”. Fui y hablé con el tipo que la vendía. Me dice: “Decile a tu papá que venga”. Le digo: “Mi papá tiene menos plata que yo”. Quedamos en que se la podía pagar por mes, me la envolvió en papel madera, y me vine a casa con la guitarra. Y ahí ya fue otro mundo. Me fui a estudiar con un tipo que se llamaba Ferrari para aprender unos tonos, y empecé a cantar canciones enteras. A los 8 años ya estaba cantando en la escuela y estaba actuando y bailando, porque sé bailar todos los bailes populares, el gato, la chacarera, el escondido, el pericón, la condición, el zapateo de malambo. O sea que soy músico, y tengo la música en el alma desde siempre.
–¿Hay algún momento en que dijiste “me voy a dedicar a esto”?
–No, porque ya me dedicaba. Hubo un momento, cuando terminé de estudiar el primario, que le dije a mi viejo: “Me voy a Buenos Aires, yo quiero hacer la de Palito Ortega”. Porque había escuchado que Palito una vez se plantó en la puerta de Canal 13, vendiendo café, y lo escuchó un tipo y se hizo famoso. Entonces pensé que me iba a pasar lo mismo. Mi viejo me dice: “Me parece que sos muy chico para ir a Buenos Aires”. Era alcohólico, pero decía unas cosas brillantes. “Te quedan dos caminos: uno es ir a estudiar, y el otro es ir a laburar a la fábrica de jabón. En la fábrica son todos chabones con olor a jabón, en cambio en el colegio hay chicas, con guardapolvo, ¿qué preferís?”. Entonces dije: “Me parece que voy a estudiar”.
–¿Ya estabas cantando?
–En el colegio ya había cantado en el coro y como solista. Mi viejo me llevó a tocar tres o cuatro veces en los pueblos vecinos, El Trébol, Casas, Carlos Pellegrini, porque había un tipo que estaba interesado en que yo cantara. Tenía un repertorio con temas de folklore, cosas de Salvatore Adamo, Bobby Solo, canciones italianas, y a la gente le gustaba. Yo estaba trabajando en el club Juventud Unida, porque mi viejo tenía la concesión del bar y lo ayudaba, servía las mesas, y también hacía comidas con mi vieja, y a la vez estudiaba. Y a las doce de la noche me iba a ensayar. Teníamos dos grupos, con los mismos integrantes. Uno era Los Moscos, que era un grupo de rock, con temas de Julie Driscoll, del Spencer Davis Group, y otro era Los Nocheros, grupo de folklore. Y hacíamos un montón de shows, estábamos ocupados todo el tiempo haciendo música. Yo estaba esperando que llegaran mis 18 años y terminar el bachillerato para irme a Buenos Aires de una vez por todas.
–Hiciste todo el secundario con esa idea.
–Exactamente. El último show con Los Moscos lo hicimos como soportes de Juan y Juan, que eran refamosos. Estábamos con Horacio Fumero, el bajista de Los Moscos, que fue con el que me vine a Buenos Aires. Ya habíamos tocado, estábamos mirando el show, y le digo: “¿El batero no es el que enseña?”. Porque había visto en una revista, creo que era la Pelo, que Horacio “Droopy” Gianello daba clases. Vamos a saludarlo con Horacio, él estaba desarmando la batería, no tenía plomo, y le dijimos que lo veíamos siempre en la revista, y que nos estábamos por ir a Buenos Aires. Y él nos dice: “Bárbaro, te doy la dirección de mi estudio”. Y me da la dirección de Pepe Netto, que vendía equipos. Llegamos allí un día y nos dice: “Estoy por entrar a Arco Iris”.
–Ahí se produce tu encuentro con Arco Iris.
–Un día, estoy en Entel laburando de telexista, escucho una radio y le estaban haciendo un reportaje a los Arco Iris, que por entonces tenían otro batero, y escucho que dicen que daban clases de música. Ara (Tokatlian) enseñaba saxo, Guillermo (Bordarampé) el bajo y Gustavo (Santaolalla) canto y guitarra, en Venezuela al 1400. Yo pensé: “¡La misma dirección que me dio Droopy Gianello!”. Esas coincidencias son increíbles. Ahí terminé grabando mis primeros dos discos, el primero en una máquina de dos canales y el segundo en una TEAC de cuatro, que era la que usaban los Beatles.
–El encuentro con Gustavo sería muy determinante para tu carrera.
–Absolutamente. Voy a tomar clases, estaba esperando en el hall, se abre la puerta del cuarto donde él enseñaba y sale un tipo con una onda total, y me dice riéndose: “¿Raúl Gieco?”. La primera sensación que tuve fue “¡a este chabón lo conozco de otras épocas!”. Entré, empezamos a escuchar Joan Baez, Crosby, Stills & Nash, Dylan, a tocar algunas de esas canciones. Y lo importante de Gustavo Santaolalla es que además de mostrarme eso me hacía escuchar folklore argentino, por ejemplo Jaime Torres, Tarateño Rojas. Y yo pensé que tenía mucho que ver conmigo, porque yo no solo tocaba los Rolling Stones con Los Moscos, sino que tocaba folklore con Los Nocheros, y como solista tocaba Bobby Solo y Jorge Cafrune.
–En un momento te propone grabar.
–Yo ya tenía tres temas compuestos, que eran “Hombres de hierro”, “El país de la libertad” y “Todos los caballos blancos”. Un día le dije a Gustavo que componía. “¿De veras? Cantame uno”, me dice. Le canté “El país de la libertad” y le encantó. Luego “Todos los caballos blancos”, y también le encantó. Entonces le dije: “Te voy a tocar un tema que acabo de componer”. Era “María del campo” (canta “no se necesita tener las manos blandas para ser mujer…”), y me dice: “¡Genial! Hagamos un disco, porque yo tengo la idea de producir”. Y su primera experiencia como productor fue con mi primer disco. Ahí se armó una dupla que sumó muchísimo, tal es así que seguimos hasta el día de hoy.
–Además incorpora a los Arco Iris a la grabación.
–¡Grabé con los Arco Iris, no la podía creer! Ese momento, cuando ya estaba laburando en la tapa con Pepe Netto y me llevó a la calle Florida para comprarme ropa, porque me dijo “vos no sabés vestirte”, yo dije “acá hay algo”. Hacer el primer disco fue alucinante. Suena bien todavía ahora, porque hay una especie de dignidad sonora, y un trabajo de arreglos buenísimo. Gustavo tocaba slide con un vaso, fue mágico. Cuando se gana el Oscar por Babel, que tiene slide, me dice: “¡Es el mismo vaso que usé siempre!”.
–El disco tuvo bastante repercusión, teniendo en cuenta que era tu primer trabajo.
–Un día estaba llegando tarde al trabajo, me tomo un taxi, y al llegar a Corrientes y Callao, escucho “El país de la libertad” en la radio del taxista. Me agarró una emoción tan grande que le dije “¡pare acá!”, y empecé a caminar por Corrientes para ver si ya había salido el disco, pero todavía no estaba. Cuando paso por La Paz lo veo sentado a Charly en una mesa, solo. Todavía no lo conocía nadie. Entro y lo saludo, le cuento lo que me acababa de pasar, que escuché mi tema en la radio pero el disco todavía no estaba. Él tenía un morral, lo agarra y saca su primer disco (Vida, de Sui Generis) y me dice: “El mío ya salió” (risas). La cuestión es que no fui nunca más a trabajar.
Entre 1974 y 1975 (aunque el disco se edita recién en 1976) se produce la reunión de esa especie de “supergrupo” que fue Porsuigieco, algo muy especial dentro de su carrera. El único álbum de la banda ha sido reeditado recientemente por el Inamu, cuando se cumplieron cincuenta años de su grabación. “Me da mucha gracia porque ahora dicen ‘se cumplen cincuenta años’ y parece algo muy serio”, dice Gieco, “pero en ese momento lo tomamos en joda. En realidad queríamos hacer una editorial, porque una de las cosas que nos enseñó Gustavo Santaolalla fue: ‘Guarda con las editoriales, que se quedan con el 33 por ciento de tu autoría durante toda la vida’. Se lo comenté a Charly, Nito y Raúl y dijimos ‘hagamos una editorial’. Hicimos una reunión incluso con un par de abogados y era un quilombo, entonces Charly dice: ‘¿Y si hacemos un recital en vez de una editorial?’. Y ahí nos pusimos a tocar y a cantar canciones juntos, y enseguida empezamos a planear el recital, y Charly hizo ese dibujo con el avestruz en cinco minutos. Dice ‘Porsuigieco y la Banda de Avestruces Domadas’, porque mi banda se llamaba Banda de Caballos Cansados. Salimos nosotros mismos a pegar los carteles por Corrientes, de un lado Nito y yo y del otro lado Charly con Raúl, con un balde de engrudo y una brocha. Decían ‘Porsuigieco en trasnoche en el Auditorio Kraft’. Y lo que nos llamó la atención es que se llenó completamente. Pero creo que era por Sui Generis, que ya tenían éxito”.
–También la juntada llamaba la atención, no era común que se unieran artistas que ya eran conocidos como vos, los Sui, Porchetto y María Rosa Yorio, en un proyecto colectivo.
–No había antecedentes, nuestra influencia era Crosby, Stills, Nash & Young. Justamente nos volvimos a encontrar en el recital de Crosby, Stills & Nash (en el Luna Park, 2021), que fue alucinante. ¡Charly, Nito, Raúl, María Rosa y yo, todos fuimos a verlos! Pero es cierto, tenía su peso, Sui Generis ya se estaba separando, yo había grabado tres discos, y Raúl también era conocido, con Cristo Rock.
–Ese póster con el avestruz es uno de los regalos que trae la reciente reedición de Porsuigieco en vinilo realizada por el Inamu.
–Fue muy lindo juntarnos todos para escuchar el disco remasterizado para esta reedición, porque hacía cincuenta años que no lo escuchábamos. Y Charly estaba divino, cantaba las canciones, y nos acordábamos de cosas, fue muy emotivo estar los cinco juntos, escuchando las canciones que habíamos hecho.
Otro de los hitos de la carrera de León es indudablemente el 4° LP, aparecido en 1978. Allí no solo incluyó algunos temas que le habían censurado en su álbum anterior, como “La historia esta”, “Canción de amor para Francisca” y “Tema de los mosquitos”, sino que se mete más claramente dentro del folklore, incluyendo el chamamé. Y claro, es el disco que incluye “Solo le pido a Dios”, que es en sí mismo un capítulo aparte. “Ahí tiene una intervención muy importante Gustavo, que ya estaba afincado en Los Angeles”, recuerda León, “y me dijo algo que me partió el bocho: ‘Ahora estoy cantando bagualas, lo aprendí en Estados Unidos, porque a los tipos les resulta exótico, y yo me libero. En cambio, cantar una baguala en la Argentina me daba vergüenza’. Él es el que me marca con quién tengo que grabar. Me recomendó a Sergio Polizzi, Jorge Cumbo, Dino Saluzzi”.
–Fuiste pionero en incluir el chamamé dentro de un disco de un artista de rock, lo que ayudó a darle legitimidad a una música que era medio desvalorizada, aun dentro del folklore.
–Excepto por Ramona Galarza, que era muy respetada. Eso tiene un motivo. En un momento conozco a Antonio Tarragó Ros, pegamos buena onda, y tocábamos. Yo hacía el rasguido con la púa, y a él le gustó cómo tocaba el chamamé. Antonio tenía esa acordeona chiquita que es la verdulera, y me dice: “Mi acordeón tiene las mismas voces que tu armónica”. Entonces me fui un día a mi pueblo, en el patio de la casa de mi viejo, y dije: “Si Tarragó me dijo eso quiere decir que puedo tocar chamamé con la armónica”. Empecé a tocar, y ahí compuse “Cachito, campeón de Corrientes”. Y en el mismo día compuse “Solo le pido a Dios”. Se las canté a mi viejo, y de “Cachito…” me dijo: “Vas a tener problemas en el ámbito del rock”. Y cuando le canté “Solo le pido a Dios” me dijo: “Esa canción va a recorrer el mundo”. Un genio, mi viejo.
–“Cachito…” la grabaste con Dino Saluzzi, que tuvo una intervención fundamental en “Solo le pido a Dios”.
–Dino ya había grabado en el chamamé, pero “Solo le pido a Dios” yo no quería meterla en el disco, porque me parecía medio aburrida. Pero se ve que la canción venía con tanta energía que laburó sola. La hija le dijo a Dino: “Te está buscando Leon Gieco para grabar”, y en realidad era Litto Nebbia el que lo había llamado. Él se viene al estudio, y con ese acento salteño me dice: “Me pierdo la noche, hermano, tengo una familia que alimentar”. Y yo, que soy muy culposo, le digo: “Tengo una canción que no voy a poner en el disco, vamos a grabarla y le digo a (el manager) Oscar López que te la garpe”. Se la pasé, y la grabó de primera toma. Cuando armamos la cinta para que Celasco escuchara el disco, dije: “Lo voy a poner como bonus track, al final del lado 2, como un tema de regalo”. Celasco lo escucha y a los tres o cuatro días me manda llamar y me dice: “Muy bueno el disco, pero hice un cambio, el bonus track lo puse primero del lado A”. Y así salió, el tema ese laburó solo.
–Es increíble pensar en el recorrido que hizo esa canción a posteriori.
–Es increíble, se grabó en todos los idiomas. Ahora me lo mandó Miguel Ríos, que se está tocando en todas las plazas de España, por Palestina. En España, la versión de Ana Belén vendió dos millones de placas. Lo cantó David Byrne, lo grabó Bruce Springsteen, ¡Bruce Springsteen! Que te grabe un tema Bruce ya es como para empezar a creértela. El otro que tocó una versión muy buena, con unos tonos alucinantes, fue Ivan Lins. ¡Yo no podía creer cómo a un tema tan sencillo y pelotudo este mono le puede meter semejantes acordes! Y lo cantó él (en el disco Somos todos iguais nesta noite, Lins con Spinetta, Aznar y León).
–¡También lo tocó U2!
–Cuando vino U2 a River, yo estaba con mis hijas viendo el show, estaban tocando un tema y de repente Bono empieza a cantar (con mucho acento) “que la guerra no me sea indiferente…”. Yo ni me di cuenta, pero mi hija Liza me dice: “¡Papi, están cantando tu canción!” ¿Qué había pasado? Que Bono había estado con Cristina, con Hebe y con Estela de Carlotto, y a las tres les preguntó qué canción debería cantar por los derechos humanos, y las tres le dijeron “Solo le pido a Dios”. El tipo se aprendió una estrofa y la cantó, y ese detalle fue fundamental para que me invitara cinco años después.
–Cuando tocaste con ellos en el Estadio Único de La Plata.
–Esa vez Bono dijo: “Quiero tocar con los rockeros de la Argentina”. Estábamos en el camarín con Mollo, Fito y con el Bebe Contepomi. Ya me había tomado unos vinos, estaba tocando el grupo soporte (Noel Gallagher), y viene la manager y me dice: “Bono quiere tocar una canción con vos”. ¿Cómo? Entonces me lleva a otro camarín, entra Bono ya vestido para el show, y me dice: “¡Cantemos una canción! ¿No sabés algo en inglés?”. Le respondo que no canto en inglés, y él me dice: “Yo tampoco en castellano, estamos en problemas”. Entonces le digo: “Vos intentaste hace cinco años cantar una canción mía”. Ahí Edge me pasa una guitarra verde de doce cuerdas, empiezo a cantar “Solo le pido a Dios”, y Bono me dice, “I love this song! ¡Mercedes Sosa!”, y se va. Me deja con la manager, que me lleva en una camioneta por afuera, y cuando llegué al escenario ya me estaban esperando con un inalámbrico para la guitarra, todo muy profesional. Elijo una viola que justo era la de Bono, y me dicen: “Él te va a llamar”. En un momento me hace una seña, subí una escalera, canté el tema con toda la gente, el baterista y el bajista se prendieron, Bono no sé muy bien lo que hizo, pero la cuestión es que los U2 dejaron el tema una semana en su portal.
La historia sigue su marcha. León recuerda otros hitos, como la grabación de Pensar en nada con Wet Picnic, la banda de Gustavo Santaolalla, en Los Angeles (“los tipos tocaban de otra forma, eso me cambió”), la realización de De Ushuaia a La Quiaca y, en 1988, la edición de su álbum autoproducido, Semillas del corazón, donde grabó con Sandro y Silvio Rodríguez. “Pero empezaba a tener problemas con la composición”, se sincera Gieco. “Era como que me ponía a componer y me autoplagiaba, porque yo nunca estudié, y eso es algo que no me gusta, aun en los artistas que adoro, como Neil Young”.
–A comienzos de los 90 firmás contrato con EMI, empezás tu relación compositiva con Luis Gurevich y editás Mensajes del alma, lo que marca un antes y un después en tu carrera.
–Me voy a España con Alicia, y me encuentro a mi viejo amigo Horacio Fumero, que estaba tocando con Paco Ibáñez. Le cuento que sentía que me estaba repitiendo en las melodías, y me dice: “Buscate un par, alguien que te haga las melodías para que no te repitas”. Cuando vuelvo, estaba tocando en ese momento con Tancredo, Lidio Reyes, Aníbal Forcada y Marcelo García, y de pronto vi que necesitaba un tecladista. Le cuento a Vikingo (Basaldella), que era mi manager de ruta, y me dice: “Conozco un tecladista”. Le pregunto qué tocaba, y me dice: “Tocó en MPA con Peteco Carabajal, y tocó con David Lebón”. “¡Perfecto, llamalo!” Y ahí aparece Luis Gurevich. Al poco tiempo hicimos Obras, y un día, sin que yo le dijera nada, me comenta: “Tengo unas melodías, ¿te gustaría escucharlas?”. La primera melodía que me toca es la que sería “Cinco siglos igual”. Segunda melodía, “Todos los días un poco”. Muy diferente a lo que yo estaba componiendo, una cosa mucho más compleja. Ahí fue que le puse letras, y empezamos a trabajar. Y también se combinó con que el disco fue producido por Daniel Goldberg, que lo cuidó mucho. Las canciones eran casi todas de Luis Gurevich y mías, como “Mensajes del alma”, si bien el éxito fue “Los Salieris de Charly”, que es mía. Está “Río y mar”, con David Lindley, más el bajo de Guillermo Vadalá y mi armónica y voz. Eso es todo lo que tiene esa canción, y no me canso de escucharla.
–A partir de entonces empieza la modalidad de grabar en Estados Unidos con grandes sesionistas de ese país.
–En Desenchufado (1994), donde trabajé nuevamente con Goldberg, y ahí llamamos a Leland Sklar en bajo, Carlos Vega, el baterista de James Taylor, Michael Landau en guitarra, Chuck Loeb en armónica, todos artistas americanos. Tocó David Lindley en “Tema de los mosquitos” y “Pensar en nada”, está muy bueno ese disco. Y a partir de ahí no me bajé más, dije: “Vamos a grabar todo allá”. Excepto los músicos argentinos, por supuesto, que los grabamos acá.
–En el disco siguiente, Orozco, colabora Mercedes Sosa, que es alguien muy presente en tu vida hasta el día de hoy.
–“Solo le pido a Dios” la hizo conocer Mercedes Sosa. Me llama un día a mi pueblo, por teléfono de línea, a la casa de mi vieja: “Nene, mañana vení a Frankfurt” (risas). ¿Cómo? “Hablá con Olguita (su secretaria, Olga Gatti) que te consiga todo, quiero que veas cómo los alemanes se paran a cantar y aplaudir ‘Solo le pido a Dios’.”
Por qué pasaba eso no lo sé, y ella tampoco, nunca me lo supo explicar. Pero cuando fui, había 20.000 personas, arrancaba la canción y todo el mundo empezaba a aplaudir, y ella me miraba como diciendo: “¿Viste, Leoncito? ¡Yo te decía!”.
El presente de León es una vorágine, como siempre. Entre otras cosas, está la gestión del Espacio León Gieco en su pueblo, Cañada Rosquín, donde reúne objetos, recuerdos, regalos, premios, afiches, fotografías y un sinnúmero de cosas que testimonian su recorrido artístico y personal. Además, se ha convertido en sala de conciertos con una variada programación, biblioteca popular, y el plan es que continúe expandiendo sus actividades.
Su actividad artística no para. Solo por hablar de los eventos más recientes en los días en que fue realizada esta entrevista, está su gira por España con la murga uruguaya Agarrate Catalina, que piensa continuar en 2026 en el interior de nuestro país y nuevamente en Europa, e invitaciones a cantar con Metrópoli, Los Caballeros de la Quema, Inti-Illimani, Andrés Calamaro, Divididos. A eso suma algunos proyectos de los que no quiere hablar mucho, pero que van desde la música punk hasta el folklore santiagueño de raíz, con un homenaje a Elpidio Herrera, el creador de la sacha guitarra.
También compuso dos temas con Silvina Moreno, y se mantiene al tanto de todo lo que pasa. “Escucho de todo, lo mismo que cuando tenía 15 años, folklore, rock, lo que haya. Ahora empecé a escuchar un poco de chamamé patagónico, que es muy diferente al de Corrientes, es música de inmigrantes correntinos que se iban a esquilar al sur.
Una de las ídolas de ese estilo se llama Sele Vera, vive en El Bolsón. Maggie Cullen dice ‘A’ y ya me emociona, es como Mercedes Sosa, tiene una voz privilegiada y transmite muchísimo. Sigo constantemente en movimiento, reviso cosas en YouTube, me intereso por las músicas nuevas, veo qué está pasando con el rap y con el trap en la Argentina. Es una nueva clase de música, que quizás no la siento en el alma como siento a Paul McCartney, pero está buena. Catriel y Paco Amoroso tienen una banda muy buena, me gusta Milo J, un chico que se mete a grabar cosas en Santiago, en el patio del Indio Froilán, el mismo que yo usé en De Ushuaia a La Quiaca, me hace acordar a mí cuando era pendejo”.
–También estás tocando con tu hija Joana.
–El show “León Gieco presenta a León Gieco”, que es el dúo de Joana Gieco y Alejo León, entonces el dúo se llama León Gieco (risas), que ahora no lo estamos haciendo porque Joana se lastimó un brazo. Toco una parte yo, después tocan ellos, y luego salgo nuevamente y cantamos juntos unos cuantos temas. Es un show hermoso para unas quinientas personas, porque yo cuento historias, improviso mucho, de repente me piden un tema y lo canto, es algo muy distinto que presentarse en lugares grandes. Durante treinta o cuarenta años siempre canté en lugares grandes, festivales, que te llevan en una combi, bajás con dos tipos que te cuidan, terminás de tocar, subís, y de vuelta al hotel. Acá no es así, es algo más tranqui.
–¿Cómo vivís la situación que está atravesando el país?
–No le doy bola. Me baso en una frase que le dijo Fito Páez a Lali: “Hacele frente con tu trabajo”. Porque hay que ser filósofo para analizar la situación actual, yo no lo puedo creer realmente, tener un gobierno como el que tenemos. Como no lo puedo creer, y no lo sé explicar, antes de perder el tiempo y brotarme, prefiero ir a tocar a beneficio de esto y lo otro, hacer acciones concretas para determinadas causas.
–Es algo que venís haciendo desde siempre, apoyando las causas que considerás justas.
–Totalmente. Ahora me voy a ir a Uruguay, porque van a fundar Abuelas, que no existía en ese país. Estoy relacionado con Macarena, la nieta de Juan Gelman, y vamos a iniciar Abuelas en el Teatro Solís, con una conferencia de prensa, vamos a estar cantando con Tabaré y Yamandú (Cardozo, de Agarrate Catalina), va a ir Estela de Carlotto, alguien por H.I.J.O.S. Estoy metido en esas cosas, no puedo perder tiempo en el chiquitaje. Total, por más que yo opine no va a cambiar nada, aunque me da mucha impresión todo lo que pasa. Es como cuando vinieron los militares, había que bancarla, ¿y vos qué ibas a hacer? Menos mal que me fui, porque me habían amenazado y dije “antes de que me maten me voy”. Estoy alucinando con los cinco tomos de las Obras completas de Borges, que me regaló Néstor Kirchner, leyendo las cartas de Atahualpa Yupanqui, que te enseña un montón de cosas, y tengo tiempo para eso y para mí, no para analizar nada. Pero es así, enfrentá todo con tu trabajo.
