La calle Junín es un mar de paraguas. Debajo de ellos peregrinan una gran cantidad de personas. Se calcula que hay 15 mil asistentes en la 15a Marcha del Silencio por el crimen de María Soledad Morales. Una cantidad significativa dado el volumen de habitantes de la ciudad de Catamarca, de alrededor de 120 mil. Adelante, caminan tres personas tomadas del brazo: de un lado, su madre, Ada Rizzardo. Tiene una pollera negra, por debajo de las rodillas, y una camisa rayada. Del otro extremo su padre, Elías Morales. Usa unos pantalones de vestir gris claro y una camisa manga corta, también clara. En el medio, Martha Pelloni. Tiene puesto un hábito color crema, hasta las rodillas, y una cofia. La mujer que sostiene a sus padres es la rectora del Colegio del Carmen y San José, una pieza clave en la construcción de justicia. Todos caminan en silencio.
María Soledad Morales desapareció la noche del 8 de septiembre. Fue vista por última vez la madrugada de ese sábado, cuando su “novio” Luis Tula la pasó a buscar por el boliche donde su curso hacía una fiesta. La familia hizo la denuncia inmediatamente. Su madre, Ada, recordó en el libro Muertes que importan de Sandra Gayol y Gabriel Kessler: “Ni cuando hicimos la denuncia me la querían aceptar. Me decían que se había ido a pasar una noche y que ya iba a volver… cuando apareció el cuerpo me decían de una secta diabólica”. El cuerpo de María Soledad apareció dos días después, a las 9 y media de la mañana del 10 de septiembre, a 7 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca, al costado de la ruta 38.
La noticia de la aparición sin vida de María Soledad fue un shock importante para la sociedad. Sacudió a su círculo íntimo pero también a la opinión pública. En Muertes que importan, la periodista Fanny Mandelbaum recuerda que cuando se conoció la noticia su jefe la envió a Catamarca advirtiéndole que el caso podía ser importante y que tenía vía libre para realizar su trabajo. Los rumores no tardaron en recorrer a la sociedad catamarqueña: los medios locales tenían el caso en agenda y una posición privilegiada para poder hacer un seguimiento profundo del caso; en San Fernando no se hablaba de otra cosa.
AMIGAS Y COMPAÑERAS
La indignación por el crimen de María Soledad Morales (hoy lo llamaríamos femicidio) fue en aumento, cuando luego de que apareciera el cuerpo en condiciones de vejación y se conocieran a través de las pericias cómo fueron sus últimas horas, soltaron en libertad al principal acusado, su entonces “novio”, Luis Tula. Los detalles que involucraban al poder provincial en el caso se apilaron con fuerza y la reacción no tardó en aparecer: el jueves 14 de septiembre de 1990, alrededor de la plaza principal, se realizó la primera Marcha del Silencio. La estrategia fue similar a la que usaron las Madres de Plaza de Mayo para pedir por la aparición de sus hijos, de manera pacífica y sin involucrar a partidos políticos o sindicatos. La autogestión salió de las entrañas del colegio al que asistía la víctima. Las piezas claves fueron sus amigas y compañeras de colegio y Martha Pelloni, rectora del establecimiento al que asistía María Soledad: “Enseguida nos dimos cuenta todos que algo serio había pasado. Fue comenzar con un reclamo por María Soledad y terminar con muchísimos reclamos de otras chicas también –señaló a Télam, 31 años después del caso–. Esas marchas, que pedían justicia, creo que cambiaron la historia de Catamarca. Fueron la expresión del reclamo de justicia de todo un pueblo. Una sociedad cansada de los abusos que realizaban los hijos del poder, de la noche y del dinero”.
Las amigas de María Soledad recibieron la noticia del asesinato y reaccionaron como pudieron, ¿cómo era posible pensar en estudiar ante una situación así? La indignación y tristeza de ellas fue el germen de las Marchas, comandadas por Martha. “Siempre, hasta el último día de mi vida, les voy agradecer a las excompañeras de María Soledad, que no tuvieron miedo, que enfrentaron al poder, salieron a marchar a la calle. La hermana Martha no se los permitía en ese momento, porque tenía miedo de que les pasara algo, y les dijo que marchen pero en silencio. Ellas le dijeron ‘sí hermana, todo va a ser en silencio’ y con apenas 17 años salieron, pidieron justicia en silencio, sin violencia”, dijo Ada en una nota de Aire de Santa Fé.
A las primeras tres asistieron alrededor de 7 mil personas, y fueron impulsadas por el círculo más cercano a María Soledad, mientras que para la quinta o sexta marcha la adhesión había crecido bastante, representando a más de un quinto de la capital catamarqueña. A medida que el encubrimiento se hacía evidente, crecía la valentía para poner el cuerpo en la calle. Uno de los motivos que frenaba la acción pública es que una gran parte de los habitantes de la ciudad dependían laboralmente del Estado, y había una cuota de miedo por perder la fuente de ingresos. Sin embargo, el involucramiento del poder con la causa fue difícil de ignorar. Nunca antes en Catamarca se había visto a tanta gente reclamándole al gobierno. Durante el primer año luego del asesinato, se realizaron más de cincuenta marchas, que llegaron a reunir más de 30 mil manifestantes. Más allá de la relevancia que tomó el caso de manera inmediata por su brutalidad, las Marchas del Silencio ayudaron a sostenerlo en la agenda pública y tuvieron una gran cobertura de los medios nacionales. Rápidamente, las marchas se extendieron a varios puntos del país pidiendo justicia.
“El silencio, coinciden nuestros entrevistados, caracterizaba a Catamarca, pasiva e indolente ante las injusticias. En 1990 la convocatoria apeló a este parámetro conocido, el silencio, que se convirtió enseguida en una modalidad muy eficaz de protesta y cambio. Lejos de asociarse con la sumisión social, se reconvirtió en una herramienta de poder inclusiva al despojarse de eslóganes y símbolos partidarios para albergar a ‘ciudadanos comunes’”, analizan en el libro Muertes que importan.
