• Buscar

Caras y Caretas

           

Un pueblo, un crimen, dos condenas

Ilustración: Ricardo Ajler

El caso María Soledad Morales tocó a los hijos del poder y su investigación estuvo repleta de irregularidades. Tantas, que fue necesario hacer dos juicios para condenar a solo dos de los responsables.

Hay que imaginarse una era sin celulares, sin plataformas con series para ver en cualquier momento, sin streaming alguno, sin redes sociales. Con la única posibilidad de ver programas de televisión a una hora prefijada. Ese cuadro difícil de imaginar hoy para muchas generaciones rompió en los años 90 la televisación del juicio por el crimen de María Soledad Morales. Se lo nombraba así, el “crimen”, porque también faltaba mucho para que se instalara la noción de la palabra “femicidio”.

El “crimen” había ocurrido seis años antes: fue en septiembre de 1990 y el caso había conmocionado a Catamarca y el país. Una adolescente de escuela religiosa había salido de su casa un viernes como cualquier otro y fue encontrada muerta y desfigurada al lunes siguiente. La policía, todo un clásico, actuó con torpeza y sin rigor alguno. Se perdieron pruebas clave y la investigación no tuvo avances. El reclamo por el esclarecimiento del hecho derivó en las multitudinarias Marchas del Silencio cuando comenzó a sospecharse que detrás del asesinato estaban involucrados los “hijos del poder”, encarnado entonces en la familia Saadi. Ese silencio atronador llegó a todo el país.

El reclamo por el esclarecimiento del hecho derivó en las multitudinarias Marchas del Silencio cuando comenzó a sospecharse que detrás del asesinato estaban involucrados los “hijos del poder”, encarnado entonces en la familia Saadi. Ese silencio atronador llegó a todo el país. El reclamo por el esclarecimiento del hecho derivó en las multitudinarias Marchas del Silencio cuando comenzó a sospecharse que detrás del asesinato estaban involucrados los “hijos del poder”, encarnado entonces en la familia Saadi. Ese silencio atronador llegó a todo el país. El reclamo por el esclarecimiento del hecho derivó en las multitudinarias Marchas del Silencio cuando comenzó a sospecharse que detrás del asesinato estaban involucrados los “hijos del poder”, encarnado entonces en la familia Saadi. Ese silencio atronador llegó a todo el país. Y María Soledad pasó a ser una causa nacional.

A la par de las movilizaciones crecieron los rumores populares y las presiones políticas. El sistema judicial de la provincia entró en crisis. Cuatro jueces se sucedieron en la causa que ardía y se empantanaba cada vez más. Ninguno pudo determinar las circunstancias de los hechos.

En el camino quedó el gobierno de Ramón Saadi: forzado por la crisis política, su aliado Carlos Menem le soltó la mano y ordenó intervenir la provincia. A la par, el entonces presidente decidió un golpe de efecto: envió a la provincia al exsubcomisario bonaerense Luis Patti a encabezar la investigación. El expolicía tampoco lo logró. Años después terminó condenado por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.

El último de los jueces de la causa elevó el caso a juicio oral con dos acusados: Luis Tula, un joven de quien María Soledad estaba enamorada, y Guillermo Luque, hijo de Ángel Luque, un hombre muy cercano a Saadi y diputado nacional hasta que fue expulsado de la Cámara: había dicho en una entrevista que si el culpable hubiera sido verdaderamente su hijo, el cuerpo de María Soledad nunca habría aparecido.

EL PRIMER DEBATE

El juicio llegó finalmente en 1996. Menem había sorteado la crisis catamarqueña –y algunas otras– y había sido reelegido en la presidencia el año anterior. En la provincia gobernaba el Frente Cívico y Social, una alianza liderada por el radicalismo que llegó al poder tras la caída de los Saadi. El tribunal, compuesto por Alejandro Ortiz Iramaín, Juan Carlos Sampayo y María Alejandra Azar, buscó mostrar una imagen de transparencia y permitió que las audiencias se transmitieran en directo por televisión. Eran decenas y decenas de testigos, cada uno con su versión. Lo que había visto, lo que no; lo que había oído, lo que le dijeron, lo que había supuesto. Se sucedían confesiones, llantos, contradicciones, careos, hasta peleas conyugales. Todo con televisación directa, en un hecho inédito para la historia judicial. Una serie en continuado que atrapó a los argentinos. En la ciudad de Catamarca, los vecinos de los Tribunales se transformaron en televidentes privilegiados: cuando terminaba de declarar un testigo, salían corriendo para esperarlo a la salida: si lo apoyaban era para vivarlo; si estaban en contra, para abuchearlo. A su condición político-judicial, el caso Morales sumaba la del espectáculo.

Y así terminó: de manera espectacular. La televisación selló su fracaso. Una imagen grabada mostró a dos de los jueces cuando intercambiaban un gesto: Sampayo le hizo una seña a su colega Azar supuestamente para direccionar el voto de lo que debían decidir en un momento determinado. Ambos jueces fueron apartados bajo el cargo de parcialidad. Ortiz Iramaín renunció poco después con denuncias de presiones desde el gobierno y tras 21 audiencias el juicio quedó anulado.

Había que arrancar todo de cero, empezando por conformar un nuevo tribunal. Ningún juez del fuero local quería inmolarse con ese caso que seguía ardiendo. Finalmente, el santiagueño Santiago Olmedo de Arzuaga fue designado presidente del tribunal que conformaban además Jorge Álvarez Morales y Rubén Álvarez. El fiscal, Gustavo Taranto, apareció desde Córdoba.

SEGUNDA TEMPORADA

El nuevo juicio, esta vez sin televisación, se inició en 1997 y al año siguiente llegó la sentencia. Luque fue condenado a 21 años de prisión y Tula a nueve. La sentencia suscribió los rumores populares: que Tula entregó a María Soledad a Luque para ser llevada a una fiesta donde fue drogada y violada, que allí se descompensó y terminó llevada de manera clandestina a una clínica donde finalmente murió.

Un fallo voluminoso que tampoco llegó a despejar con contundencia los hechos: sin pruebas concretas, la sentencia se basó en indicios. Tampoco pudo aclarar las otras responsabilidades y encubrimientos: el fallo señaló como presuntos coautores a dos amigos de Luque, pero la investigación posterior sobre ellos se cerró sin ninguna acusación.

También quedaron en la nada las otras disposiciones del tribunal, entre ellas la que ordenaba investigar la trama de encubrimientos. Los principales imputados eran el propio Saadi y su entonces jefe policial, Miguel Ángel Ferreya. Fueron 21 los acusados en total. Las investigaciones se fueron cerrando con el paso del tiempo. Saadi murió en febrero de 2023.

Patti resultó a su vez acusado por los “aprietes” a la familia Morales y sus “métodos” para encarar la investigación. Nunca fue enjuiciado.

La sentencia ordenaba además iniciar causas por falso testimonio a 33 de los 370 testigos del juicio, entre ellos tres exdiputados nacionales. Tampoco eso prosperó.

Años después, al juez Olmedo de Arzuaga se le encontraron vínculos con la represión ilegal y, como Patti, fue condenado por delitos de lesa humanidad. Tula y Luque fueron liberados tras cumplir sus penas: Tula estudió derecho en la cárcel y ahora ejerce como abogado.

Luque lleva una vida de perfil bajo. Elías Morales, el papá de María Soledad, murió en 2016 sin ver cumplido su sueño de justicia. Ada Rizzardo, la mamá, sigue viviendo en la misma casa humilde de Valle Viejo, en las afueras de la ciudad de Catamarca. Una y otra vez repite que más allá de las condenas, la impunidad quedó instalada en la provincia.

En Catamarca sigue vigente la pregunta. ¿Se hizo justicia con María Soledad Morales?

Escrito por
Andres Osojnik
Ver todos los artículos
Escrito por Andres Osojnik

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo