El crimen de María Soledad Morales, ocurrido en septiembre de 1990 en Catamarca, marcó un antes y un después en la historia argentina. Tenía apenas 17 años cuando fue asesinada y su cuerpo apareció en un descampado con signos de abuso. El caso no solo expuso la brutalidad de un femicidio –palabra que entonces aún no se utilizaba–, sino también la rama de impunidad que durante décadas sostuvo a la elite política y judicial catamarqueña.
Netflix estrenó en 2024 el documental María Soledad: el fin del silencio, dirigido por Lorena Muñoz, realizadora de películas como Gilda, no me arrepiento de este amor y El Potro, lo mejor del amor. La directora, que este 11 de septiembre estrena Suerte de pinos, otro documental sobre un doble femicidio ocurrido en su familia, vuelve sobre un hecho que marcó a toda una generación, pero lo hace desde un ángulo inédito: el de las compañeras de colegio de María Soledad, quienes con apenas 17 años salieron a la calle a reclamar justicia en un clima de hostigamiento y miedo.
Sus voces son el eje de una reconstrucción que combina entrevistas actuales con abundante material periodístico y judicial. El documental no solo recuerda el impacto del crimen, sino que también devuelve la dimensión humana de la joven asesinada, con sus proyectos, su sonrisa y sus sueños truncos.
–¿Qué te llevó a retomar la historia de María Soledad más de 30 años después?
–Un grupo de productores me convocó y me contó que querían hacer esta historia. Para todos era algo que nos atravesaba generacionalmente, porque teníamos la misma edad que María Soledad cuando la asesinaron. En mi caso puntual, yo tenía exactamente sus años. Me preguntaron si me interesaba una ficción o un documental, y elegí documental porque la ficción ya existía y había sido importante en su momento (N. de la R.: se refiere a El caso María Soledad, de Héctor Olivera, 1993). Me interesaba revisitar el tema de la violencia contra las mujeres, pero sobre todo porque lo recordaba como algo que me marcó personalmente. También intuía que había muchas mujeres que no habían tenido espacio para hablar. La prensa se quedó con el protagonismo y María Soledad desapareció detrás del show mediático. Se había quitado la atención sobre ella y lo que se le había hecho. Nos parecía necesario volver a ella.
–El eje de tu documental son las amigas de María Soledad. ¿Cómo fue encontrarte con ellas y escucharlas después de tanto tiempo?
–Fue muy fuerte. Cuando se sentaron a hablar, lo hicieron como si todo hubiese pasado el día anterior. Eso es lo que sentí y creo que se percibe en la película. Ahí aparece la herida de las víctimas secundarias: ellas no fueron la víctima directa, pero sí sufrieron amenazas y la pérdida de su amiga. El imaginario que tenían sobre la ciudad, la provincia y sus pares se derrumbó porque les robaron la inocencia del peso de la niñez en la adultez. De golpe tuvieron que enfrentarse a eso. Fue triste escucharlas, pero también siento que tuvieron un espacio de diálogo, un lugar donde contar cómo se sentían y un reconocimiento social.
–Se suele decir que en Catamarca “todo el mundo sabía”. ¿Durante el rodaje se sintió esa tensión?
–Sí, se sintió todo el tiempo. El rodaje fue muy duro porque nos cerraban muchas puertas. Había gente que decía que iba a participar y después desaparecía. Eso pasó varias veces. En un momento lo comenta Fanny Mandelbaum en la película: “Lo que pasa es que los periodistas llegan, investigan, nosotros hablamos, contamos lo que sabemos y después se van, y los que se quedan somos nosotros”. Esa tensión seguía presente.
–¿Entonces, más de 30 años después, nada cambió?
–Yo creo que sí cambió. Pero el miedo cala muy hondo y dejó huellas en la sociedad catamarqueña. El caso de María Soledad revolucionó la provincia, hasta el punto de derrocar un gobierno. Fue muy importante lo que pasó, porque la gente arriesgó verdaderamente sus trabajos para salir a buscar justicia. Había amenazas durante las marchas. Así que sí, hubo mucho miedo a la hora del rodaje, tanto de nuestra parte como de ellos.
–Uno de los testimonios clave es el de Martha Pelloni. ¿Cómo fue hablar con ella después de tanto tiempo y en el contexto del feminismo actual?
–Ella es prácticamente una de las primeras feministas. Marcó un camino de lucha y de defensa de la mujer. Además, tiene una fundación que trabaja contra la trata en general, incluida la trata de niños. Estuvo muy implicada en el caso Loan. Es una persona increíble, la admiro muchísimo. Ahora que la conozco, más todavía. Fue fundamental. Cuando la entrevistamos estuvimos un día entero con ella, y todo lo que nos contó fue enorme. Fue muy concreta, con mucha memoria. Es una mujer que tiene más de 80 años, igual que Fanny. Es adorable verlas hoy a las dos.
–¿Sentís que la sociedad en general tomó más conciencia de lo que implica la violencia contra las mujeres?
–Si en estos 30 años nosotras, como mujeres y como sociedad, no generamos otro tipo de conciencia, es un problema. Creo que sí hubo cambios reales, aunque nos queda muchísimo por trabajar. Tengo dos hijos varones que en ese momento tenían 19 y 22 años, y a ellos el documental les gustó mucho. Se generaron instancias de diálogo, y eso me parece muy interesante.
–La película combina entrevistas actuales con archivo periodístico y de los juicios. ¿Cómo armaste la estructura narrativa?
–Fuimos combinando esos materiales según la necesidad del relato, con reglas del policial y del thriller. Las amigas nos daban una mirada cercana y humana de ella, que es lo más importante del documental. Todo lo que tenía que ver con lo periodístico ya se conocía. Queríamos reconstruir la imagen de María Soledad, darle entidad y presencia como persona, y mostrar al mundo lo que se perdió con su partida. Es muy emocionante cuando las amigas dicen: “Ella hoy quizás tendría hijos, estaría acá con nosotras. ¿Qué hubiese sido de ella? Quería estudiar, ser maestra jardinera o modelo”. Eso le fue arrebatado. También fue importante poder filmar al fiscal Gustavo Taranto, que nunca antes había aparecido así. Es una persona increíble. Cuando terminamos y nos despedimos, se me acercó y me dijo algo así como: “Confío en que la vas a cuidar”. Y me pareció hermoso porque un fiscal de un caso de hace 30 años estaba preocupado por lo importante. Le dije: “Por supuesto que sí. Quedate tranquilo”.
