Distanciadas actualmente por 500 kilómetros –una reside en Villa Carlos Paz y la otra permanece en su Catamarca natal–, hace treinta y cinco años marcharon codo a codo para pedir justicia por su compañera de clase María Soledad Morales. Todo ese tiempo después, Mónica Barrios y Rosana Medina, ambas docentes, de 52 años, continúan procesando a su manera aquella traumática experiencia adolescente que marcó sus vidas para siempre, y accedieron a compartir recuerdos en un diálogo a tres bandas.
–¿Cómo recuerdan hoy a María Soledad? ¿Qué imágenes perduran de ella en la memoria?
Mónica Barrios: –Era una muchacha muy fresca, de sonrisa aniñada. En mi memoria va a perdurar como una eterna adolescente. Recuerdo que tenía la intención de ser maestra jardinera. Le interesaba y participaba mucho de las clases de Instrucción Cívica, por ejemplo.
Rosana Medina: –Nunca tenía un mal día. Sus sueños eran estudiar y salir adelante para ayudar a su familia. Colaboraba mucho en la crianza de sus hermanos menores. A la distancia, veo que tenía una gran inocencia. También se le ocurrió que quería ser modelo “para que el mundo me conozca”, nos dijo una vez… Y el mundo la conoció de la manera más horrible.
M. B.: –Otra vez, estábamos tomando mate. La semana anterior, una había dicho que sentía un poco de hambre. Y ahí saca una manzana y le dice: “Te traje una manzana por si tenés hambre”, entre risas. Guardo ese lindo recuerdo.
–¿Dónde y de qué manera tomaron conocimiento del crimen?
M. B.: –Fue un momento tremendo aquel. Estábamos en clase en el colegio. La noche anterior, habíamos compartido la fiesta de la elección de la reina en una disco. La directora, la hermana Martha (Pelloni), nos pregunta si teníamos algún conocimiento de su paradero, porque la familia ya la estaba buscando. No tuvimos clases en toda la mañana, así que presentíamos que pasaba algo grave. Una compañera se asomaba desde la puerta y nos pasaba la información de los movimientos. La llegada del jefe de Policía, las consultas de las autoridades del establecimiento. Fue cerca del mediodía que escuchamos los gritos: “¡Está muerta!”, y aquello se transformó en un caos. Todos lloramos. Alguien pegó un puñetazo contra una puerta vidriada y se hizo un corte en la mano.
–Entonces, llega la primera de las muchas “Marchas del Silencio”, como una forma de protesta y reclamo.
M. B.: –Cuando la enterramos, nos recuperamos un poco del impacto. Entonces, se empiezan a escuchar comentarios, versiones alrededor de su muerte. Era todo tan confuso. Había un diario que estaba a su favor y otro en contra, se ensañaban con su memoria. Así que ese primer jueves, que hubiera cumplido 18 años, decidimos salir a protestar en paz. Pegamos hojas de carpeta donde escribimos “Justicia por Sole”. Hablamos con otros centros de estudiantes de colegios del casco céntrico. Todo fue de boca en boca. No avisamos nada a nuestros padres. El jefe de Policía nos hizo saber que si salíamos a la calle, no nos podía asegurar que todo fuera tranquilidad.
R. M.: –Los días pasaban como si nada y era el primer crimen de ese tipo en Catamarca. Ahora, que tengo una hija, entiendo a mis padres, su preocupación. Las lágrimas de mi madre…
–Con el transcurrir de las marchas, se transformaron en un símbolo de lucha y resistencia política.
M. B.: –Marchábamos en silencio hasta la catedral. Con el tiempo, aprendimos a perfeccionar el reclamo. Hablábamos. Yo hablé en tres oportunidades. Cerrábamos con el canto “No tenemos miedo”.
R. M.: –Éramos un puñado de chiquilinas que querían saber la verdad y nos metimos en el laberinto del poder. “Esas chicas quieren derrotar al poder de la provincia”, nos decían. Nada más alejado de nuestras intenciones.
–En alguna instancia, se habrán sentido presionadas o amenazadas.
R. M.: –Por suerte, en aquella época no había muchos teléfonos de línea en casas de familia en la ciudad. Las que tenían recibían llamadas. “Déjense de joder”, les decían. Todavía tiempo después, yo cursaba la facultad y sentía que me seguían. Marilyn, que era la cara más visible, fue la que más sufrió amenazas.
LÁGRIMAS EN EL CIELO
Hermanadas por la tragedia y el espanto, las chiquilinas de aquella división del Colegio del Carmen y San José constituyen aún hoy una cofradía, que tiene a Ada Rizzardo de Morales (78), madre de María Soledad, como referencia insoslayable. Los aniversarios son especialmente sensibles para todas, aunque algunas los afrontan mejor que otras.
“Cuando me reúno con doña Ada, la sigo viendo a Sole en sus ojos –confiesa Medina, con voz entrecortada–. ‘No me olviden, chicas’, nos pide ella cada vez que nos despedimos. Ya forma parte de nuestra familia.”
–Un juicio tardío y cuestionado, dos condenados, muchas sospechas. ¿Sienten que hubo justicia después de tanta lucha?
M. B.: –No hubo justicia. Existió un encubrimiento feroz. Se cumplieron condenas muy cortas, hoy los dos únicos condenados están en libertad.
–¿Les tocó cruzarse con ellos?
M. B.: –Se mueven con total impunidad. Una compañera nuestra se lo encontró (a Luis Luque, uno de los condenados) en un comercio y él nunca se imaginó a quién tenía delante. Ella revivió toda la situación y volvió temblando.
–¿Cómo transitaron el resto de aquel año y lo que vino después?
R. M.: –A principios de aquel año, cuando comenzamos a cursar el último curso, se nos ocurrió buscar una frase que nos identificara como egresadas. “Amigas para siempre. Amigas de verdad. Amigas que se unen, para no olvidarse más”, decía. Lo llevábamos bordado como monograma en los uniformes. Éramos 34 alumnas y en la fiesta de egresados fuimos 33… Yo lloraba abrazada a un pilar.
M. B.: –Cuando se cumplieron los 25 años de egresadas, les regalamos una medalla a los padres e hicimos un video, donde aparece su imagen.
–En perspectiva, ¿consideran que aquella lucha se continúa hoy con las condenas por femicidio y las marchas de Ni Una Menos?
M. B.: –El reclamo por Sole se transformó en un pedido de justicia por todas. En aquella época, un hombre mataba a una mujer y se hablaba de “crimen pasional”. Todavía hay muchas María Soledad, esa niña de Formosa (María Maidana), todo lo que supimos de Julieta Prandi en estos días.
R. M.: –Yo creo que ella hubiera estado primera en las marchas de Ni Una Menos, porque así como era de dulce, también era decidida en su idea de justicia… Aquí persiste el miedo porque muchos de ellos siguen “agarrados al sillón del poder”. Yo vengo de traer a mi hija del curso de catecismo, y me crucé en la calle con la exmujer del otro condenado, que se recibió de abogado y tiene muchos amigos influyentes. Así de chico es Catamarca.
