“Te mando a Catamarca con un cheque en blanco”, le dijo el productor Carlos Montero a la periodista Fanny Mandelbaum. Era octubre de 1990. Había pasado un mes desde el crimen de María Soledad Morales y aún era poco lo que se decía en la prensa nacional. Como movilera del noticiero de Telefe, llegó a esa provincia para la inauguración de un monolito en el sitio donde había sido hallado el cuerpo por una cuadrilla de trabajadores de Vialidad Nacional, a la vera de la Ruta 38, en una zona conocida como Parque Daza. Desde entonces, y por los siguientes ocho años, Mandelbaum cubrió el caso y el juicio a los responsables para la pantalla chica. “Hubo amenazas, me declararon persona no grata, me hicieron escraches. Pero lo cubrí todo –remarca–. Traté de hacerlo de la forma más auténtica posible. Debe haber salido bien, porque todo el mundo que tiene 40 o 50 años se acuerda del caso y de mi cobertura”.
A poco de cumplir 88 años, Mandelbaum mantiene el vínculo con la familia Morales: Ada, mamá de María Soledad, la llama cada 7 de junio, Día del Periodista. También conserva el lazo con Martha Pelloni, la religiosa y docente que impulsó las Marchas del Silencio, convertidas en un símbolo de la búsqueda de justicia frente a un femicidio y una violación que involucraban de lleno al poder catamarqueño.
Mandelbaum volvió a Catamarca cuando se cumplieron 25 años del femicidio. Planeaba hacerlo también para el 30o aniversario, aunque la pandemia de Covid-19 se lo impidió. En la previa de los 35 años, el canal para el que realizó aquella cobertura le propuso volver a viajar para un homenaje, pero ya no se siente en condiciones. Su nexo con la historia de María Soledad, de todos modos, permanece vigente. Considera que el caso marcó un quiebre en las luchas por los derechos de las mujeres, aunque cuestiona que no se lo recuerde lo suficiente.
–¿Cuánto se sabía sobre el femicidio de María Soledad cuando comenzó a cubrir el caso?
–No se sabía nada cuando me mandaron a Catamarca. Lo único que había era todos los días un pequeño recorte en el diario del corresponsal provincial. Todos los días hacía una breve crónica desde la desaparición de la chica. Cuando mi jefe, Carlos Montero, me dijo “te mando a Catamarca con un cheque en blanco”, casi me muero. Era una responsabilidad muy grande. Llegué a Catamarca cuando se cumplía un mes y se inauguraba el monolito.
–¿Marcó un punto de inflexión en su carrera periodística?
–Indudablemente. Hasta ese momento era una mano sosteniendo un micrófono que decía “Telefe”. No había nombre ni rostro. Era una movilera: salíamos a la calle y transmitíamos todo al conductor del programa, y el mérito quedaba en él. Eso cambió, porque transmití en vivo desde Catamarca durante casi ocho años, hasta que terminó el juicio. Salía todos los días en vivo. En ese tiempo hubo cambios de jueces, de fiscales, una investigación a fondo. Hubo que trabajar mucho entre todos los periodistas para tratar de encontrar la verdad.
–¿Por qué cree que su cobertura se convirtió en un emblema del crimen de María Soledad?
–Tuve dos ventajas. Por un lado, fui la única mujer que cubría para la televisión. Y además, la única que lo hizo durante todo ese tiempo. Mis colegas trabajaban tanto como yo, pero los iban cambiando: no era siempre el mismo por cada canal. El hecho de estar siempre me permitió que la gente me tuviera confianza y me conociera. Y por ser mujer podía ponerme en los zapatos de Ada Morales. Yo ya tenía una hija y un hijo: no podía experimentar el dolor de esa madre, pero sí comprenderla. Sin acosarla.
–¿Cómo se logró que el caso se visibilizara?
–Las primeras que salieron a marchar fueron las compañeras de María Soledad. Ellas solitas. Protegidas y cuidadas por los padres, las familias de la escuela. Y con Martha Pelloni a la cabeza. Esas Marchas del Silencio fueron creciendo. Eran verdaderas marchas de silencio. No se agredía a ningún partido. No tenía nada que ver con la política partidaria. Se pedía justicia. Creo que lo importante fue eso: salían a pedir por lo que consideraban justo, sin agredir a nadie. Desde la primera marcha hasta la última, fueron creciendo, y hasta empezó a venir gente de otros países a cubrir.
–¿Se hablaba por entonces de “femicidio”?
–Fue una de las primeras veces que se usó el término. Gracias a la movilización que hubo alrededor del caso, la Justicia lo incorporó. Creo que fue la única vez que se investigó al poder de esa manera. La complicidad de la gobernación de Catamarca estaba de por medio: entre los responsables, uno (Guillermo Luque) era hijo de un diputado nacional, otro (Miguel Ferreyra) era hijo de un jefe policial, los medios locales tenían que trabajar para la gobernación. Para nosotros, que veníamos de Buenos Aires, era más fácil poder investigar: nosotros nos íbamos, ellos se quedaban.
–¿Hubo amenazas durante la cobertura?
–Sí. Me declararon persona no grata las mujeres que fortalecían a la madre de Luque, me hicieron escraches. Después de la intervención de la provincia, cuando el exgobernador Ramón Saadi volvió, me amenazaron. Pero lo cubrí todo.
–Más de tres décadas después y tras las luchas que dieron desde entonces los movimientos feministas, ¿cambió la cobertura de los femicidios?
–El caso de Cecilia Strzyzowski en Chaco demuestra que no. Nunca se investigó a fondo. También había parte del poder involucrada y no se trató como se debía. Sigue habiendo casos de femicidios que llevan mucho tiempo, o de violencia familiar como en el caso de Julieta Prandi. Se supo porque es una figura pública, ¿cuántas mujeres hay que sufren lo mismo, y de nada les sirve la restricción perimetral ni el botón antipánico? Pero sí marcó una diferencia: hoy podemos denunciar si, cuando estamos trabajando, alguien viene y nos toca. Antes eras una idiota. Ahora una puede hacerse respetar. Ese es el cambio que se marcó. Creo que es parte de lo que hicimos las mujeres.
–Teniendo en cuenta que fue un caso emblema en la búsqueda de justicia contra los femicidios, ¿se recuerda lo suficiente?
–No. Los que nacieron después de 1995 no saben quién fue María Soledad. Me pasa que tomo un taxi y el tachero me reconoce y me dice: “Ay, yo la veía en el noticiero cuando volvía del colegio”. Los de 40 o 50 años recuerdan el caso, esa chica que mataron en Catamarca. Pero creo que el caso María Soledad no es suficientemente recordado. Por eso el documental de Netflix fue muy importante. Tengo nietos en el exterior y los dos lo vieron porque se transmitió en el mundo.
