Formada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en 1990 la religiosa argentina Martha Pelloni era directora del Colegio del Carmen y San José, donde la adolescente María Soledad Morales cursaba quinto año de educación secundaria. Tras enterarse de los abusos sexuales y el crimen de la joven de diecisiete años, Pelloni reaccionó con determinación: fue una de las principales impulsoras y organizadoras de las “Marchas del Silencio”. Estas manifestaciones pacíficas y multitudinarias, que exigían el esclarecimiento del crimen y la sanción de los asesinos –y que se prolongaron por más de un año en Catamarca–, se convirtieron en un símbolo de la lucha contra la impunidad en los 90.
Pelloni también denunció sin descanso en los medios de comunicación a todos los responsables del femicidio, que en su mayoría incluían a familiares vinculados al poder político provincial. Su valentía y perseverancia la transformaron en una referente social de los sectores vulnerables, una monja que contribuyó de manera decisiva a la caída del gobierno provincial corrupto liderado por Ramón Saadi.
En 2008, Pelloni creó y desde entonces coordina la Red Infancia Robada, una organización no gubernamental que lucha contra la trata de personas, la violencia de género y el abuso sexual infantil, integrada por más de treinta y cinco foros sociales en todo el país.
–¿Cómo era María Soledad y cuál es el último recuerdo que tiene de ella?
–La recuerdo como una adolescente alegre, sencilla y entusiasta, llena de vida y enamorada del amor. Tenía proyectos para su futuro: quería ser maestra jardinera y ayudar económicamente a su familia. Pude descubrirlo diez días antes de su muerte, en un retiro espiritual donde docentes realizaron orientación vocacional con ella y otras estudiantes de su curso. Ese es el último recuerdo que tengo de ella: fue la última vez que la vi con vida.
–Según su hipótesis, ¿qué ocurrió en la discoteca Clivus el día del crimen?
–Ella aceptó la invitación del chico que le gustaba y decidió ir a bailar al boliche Clivus con él. Luis Tula era ese joven, no su novio, sino alguien con quien tenía un enamoramiento propio de su edad. Fue en Clivus donde Tula la entregó a un grupo vinculado al poder político de Catamarca. Allí la marearon, la llevaron al sótano, la drogaron y la violaron en manada. Luego intentaron ocultar el hecho y tiraron su cuerpo en un baldío, dos días después del crimen.
–¿Cómo y por qué comenzaron las Marchas del Silencio? ¿A quién se le ocurrió esa estrategia política?
–Tras hacerse públicos los abusos y el asesinato de María Soledad, los padres del colegio convocaron a una reunión donde, ante más de cien personas, pidieron justicia y exigieron que se actuara. Se nombró un abogado. Las alumnas del colegio iniciaron la primera marcha casi de manera espontánea después del entierro. Luego se sumaron todos los colegios y, con el tiempo, la sociedad entera, llegando a una manifestación de 30 mil personas. Las Marchas del Silencio nacieron del dolor social.
–¿Qué cambió en Catamarca a partir de las Marchas del Silencio?
–El principal cambio fue que el gobierno de los Saadi perdió las elecciones de 1991 y se realizó un nuevo juicio con autoridades traídas de Córdoba.
–¿En qué aspectos se hizo justicia y en cuáles no en relación al crimen de María Soledad?
–Se hizo justicia con los dos principales responsables del secuestro y entrega de María Soledad: Luis Tula y Guillermo Luque. Salvo Tula, los demás miembros del grupo eran hijos de funcionarios del gobierno de Saadi.
–¿Qué encubrimientos hubo y quiénes fueron los responsables? ¿Hasta dónde llegaba lo que en su momento se llamó “los hijos del poder”?
–Hubo encubrimiento familiar por parte de los victimarios y de las instituciones del Estado: Policía Provincial y Federal, Bomberos, e incluso la clínica donde llevaron a María Soledad ya muerta. También hubo encubrimiento del gobierno nacional de Carlos Menem, que envió funcionarios “pagados con cargos” para consolidar la ocultación del crimen. Entre ellos, Luis Prol, enviado a intervenir la provincia; el juez Ventimiglia, cuya función era investigar pero no esclarecer; y la doctora Lila Zafe, abogada de la familia, cuya labor principal fue “embarrar la cancha”. Todos cumplieron con su nefasta tarea y fueron retribuidos con cargos y probablemente dinero.
–¿Qué precio tuvo que pagar usted, tanto en términos personales como religiosos, por su activa participación en la búsqueda de justicia?
–Recibí la “contra” y el repudio de muchas personas que apoyaban el encubrimiento. Como religiosa, se produjo un distanciamiento con el obispo de turno, porque en ese momento Gobierno e Iglesia de Catamarca se apoyaban mutuamente. No sufrí el traslado de Catamarca, porque ya había concluido mi etapa de lucha y defensa. Somos misioneras, por lo que es natural ser trasladadas de un lugar a otro para ayudar a los sectores más débiles y vulnerables.
–En términos personales, ¿cómo cambió su vida tras el crimen?
–Al llegar a Corrientes, comenzaron a llegarme pedidos de denuncias sobre ventas de bebés a Europa y muertes similares a la de María Soledad. Eso me llevó a organizarme con la Red Infancia Robada. Hoy trabajo con treinta foros en todo el país.
–¿Qué cambió y qué siguió igual en Catamarca tras el caso de María Soledad?
–En Catamarca cambió la mentalidad y la forma de reclamo de justicia frente a la corrupción. Hasta ese momento, la corrupción se vivía como un hecho natural. Hoy, nuestro Foro de Catamarca tiene una fuerte actuación en temas de violencia. A los veinticinco años de la muerte de María Soledad, al visitar la provincia, la gente comentaba los cambios negativos que surgieron con la llegada de la droga.
–¿Por qué relaciona el caso María Soledad con el de Loan?
–Relaciono ambos casos porque, en los dos, el encubrimiento fue responsabilidad del gobierno provincial.
