La biografía de Modesto “Tito” Vázquez parece la de varias personas. Nació en Galicia el primer día de 1949. Cumplió tres años a bordo del buque Salta, que trajo miles de inmigrantes de Vigo a Buenos Aires. Gracias a que su padre consiguió trabajo de canchero en un club de Palermo conoció el tenis. Integró el equipo argentino de Copa Davis en 1966, 1968 y 1970. Ganó dos títulos del Grand Prix en dobles, uno junto a Guillermo Vilas. Vivió siete años en California, con una beca para estudiar Economía en UCLA, donde se impuso su veta artística sobre la deportiva, aunque compartía equipo con Jimmy Connors. Su mejor ranking ATP fue 85°, el 3 de mayo de 1975. Se retiró joven y se hizo entrenador. En 1979, gracias a Vilas, conoció en Nueva York a Luis Alberto Spinetta y se hicieron amigos. Participó de la producción de Madre en años luz y Privé. En Spinetta y los Socios del Desierto (1997), el Flaco grabó un tema suyo titulado “2 de enero”. Fue capitán argentino de Copa Davis en dos períodos: entre 1986 y 1988, y entre 2009 y 2011. Tuvo cargos directivos en la Asociación Argentina de Tenis. Le apasiona la literatura: publicó una novela y un libro de poemas. Hoy, alejado del tenis, esa es su actividad principal. Su referente poético siempre fue Bob Dylan.
“Con Guillermo nos conocemos desde muy jóvenes, porque estábamos en el mismo ambiente competitivo. Era tres años más chico que yo. Fui número uno de Argentina en todas las categorías juveniles y él también: desde chico ya estaba entre los mejores. El torneo más importante de juveniles era el Orange Bowl, en Miami. Cuando lo jugué a los 16 perdí la final; cuando lo jugó Guillermo, tres años después, le ganó la final a Emilio Montaño. Yo lo coucheaba como amigo, porque era argentino. Después, mientras yo estudiaba en California, él construyó sus primeros años como profesional. Nos enfrentamos poco. Jugamos una vez en el Buenos Aires Lawn Tennis Club, íbamos dos sets iguales y se acalambró. Recuerdo que le dijo a su preparador físico, el profe Juan Carlos Belfonte, que no se quería acalambrar nunca más, y cumplió: fue la última vez que le pasó”, dice Tito, entre la risa y la nostalgia.
FINAL MARATÓNICA
En 1974, Vilas ganó el Masters en Melbourne, venciendo al rumano Ilie Nastase en una final maratónica a cinco sets. Para Vázquez, “ese fue su mejor momento como jugador, sobre césped. Ese año compartimos el circuito mundial. Al ser los únicos argentinos, compartíamos habitación”. La popularidad de Vilas era tal
que los chicos querían tener su vincha y su pelo largo. Pero Tito ya usaba ese look: “Venía de California en los 60, con pelo largo y vincha. En el encordado de la raqueta llevaba obras de la artista plástica Mercedes Lasarte. Escribía, sacaba fotos, estaba muy metido en el rock and roll. Compartíamos todo eso con Guillermo. Le pasé mucha información que no le llegaba a Mar del Plata. Era curioso, escuchaba y aprendía. Le pasé a The Beatles, Jefferson Airplane, Lou Reed, León Russell, Miles Davis. En esos años pasaba de todo en California. Fue un nuevo renacimiento musical y filosófico, con Ángela Davis, Jiddu Krishnamurti, todos los que experimentaban con ácidos. Era como Florencia en 1500. Y más en la universidad: el movimiento cultural estaba en los campus. Los que proponían otro estado mental eran Timothy Leary o Alan Watts, escritores y profesores de Harvard. Eso me cambió, e indudablemente Guillermo sintió afinidad con esa manera de ver las cosas. Su imagen lo reflejó”.
Tito toma un sorbo de café y confirma: “Guillermo tenía una obsesión con el tenis y eso lo llevó a ser lo que fue. De chico no creí que podía llegar, porque no le veía talento natural. Pero ahí entendés que el talento también puede estar en la cabeza, el carácter, el corazón. No conocí a nadie que entrenara tanto como él. Pasaba horas perfeccionando un golpe. Eso no lo hace nadie. Es muy aburrido. Por eso hay que sacarse el sombrero ante quienes lo entrenaron: era un laburo tedioso. Te pasaba entre 300 y 400 mil pelotas por entrenamiento. Así logró el mejor passing shot del mundo. Era su especialidad. También su revés fue excepcional. Además, sabía cómo usar todo eso para ganar. Y lo logró”. Habla de Vilas como si hablara de sí mismo, como de un reflejo alternativo. “El desarrollo físico de Guillermo tuvo un límite. No era alto, ni elástico, ni flexible, ni tenía virtudes naturales ideales para el tenis. Pero su carácter y su personalidad vinieron en el mismo envase.”
EL BOOM Y DESPUÉS
En su rol de Salieri de Vilas, fue testigo de la llama inicial y del boom que vino después. “Fue como Manuel Santana en España en los 60 o Althea Gibson para la población afrodescendiente en EE.UU. en los 40. Que una sociedad se identifique con un número uno cambia el panorama del deporte desde la base. Vilas hizo popular el tenis en Argentina. Siempre se jugó mucho: a la vera del Río de la Plata hay una densidad de canchas que no se ve en muchas partes del mundo. Pero con Vilas el tenis llegó al conurbano, al sur de la ciudad, al interior. Era social y se volvió popular.”
Ya pasaron 33 años del retiro de Vilas. ¿Qué queda de aquella fiebre? ¿Qué se transformó y qué se diluyó? “A todos los que vinieron después les quedó su figura como ejemplo. Pero no todo se respeta. Este año, por ejemplo, en Wimbledon perdieron casi todos en primera ronda sin haberse preparado para jugar sobre pasto, mientras que Guillermo iba cinco semanas antes. Así que el legado es relativo. Pero fue una influencia enorme como obrero del tenis: demostró que con trabajo podés lograr mucho más allá del talento natural.” Para Tito, la generación conocida como la Legión, con Gaudio, Nalbandian, Coria y Del Potro, “fue fruto de una continuidad: Vilas, Batata Clerc, después Gaby Sabatini, Luli Mancini, Martín Jaite, De la Peña. Tuvieron tecnología, y también coherencia institucional. Esos éxitos ayudaron a que el tenis siga siendo popular en la Argentina”.
