“Estaba en el Club Náutico, de Mar del Plata, entrenando con mi compañero de dobles, Jorge Martínez (luego reconocido actor de cine y televisión), y se acerca un señor con dos chiquitos de diez años, dos jóvenes campeones. Uno era rubiecito y el otro, un peladito con gorra. Los peloteamos unos veinte minutos, jugaban bárbaro para su edad. Después, nos quedamos entrenando, mientras el rubiecito se fue a la playa y el peladito iba para el frontón –prologa, recuerda, Guillermo Salatino, sinónimo de tenis en los medios durante décadas y, por entonces, jugador rankeado–. Después de la ducha y el almuerzo, fuimos a saludar al presidente del club. Nos preguntó qué nos habían parecido los chicos y le contesté que el rubiecito era muy talentoso, pero el que iba ‘a llegar’ era el peladito, que ya llevaba tres horas de frontón, mientras el otro estaba en la playa.”
El interlocutor de Salatino era el escribano Roque Vilas, presidente de la institución anfitriona, y el peladito era su hijo, Guillermo, quien confirmaría su pronóstico y, en efecto, llegó lejos. Muy lejos y bien arriba.
–Vilas, Connors y Borg conformaron una generación, se repartieron títulos y titulares de la prensa durante una década. ¿Qué cambió en el tenis a partir de ellos, económica, deportiva y culturalmente?
–Hubo un montón de cambios en esa época, la década del 70. Económicamente no tanto, eso fue sucediendo a través de los años. Fue el comienzo del profesionalismo en el tenis. Hasta ese momento, se cobraban 15 mil dólares, era una especie de viático lo que ganaban los campeones. Vilas cobró 22 mil dólares por ganar el US Open, un disparate si pensamos que hoy el ganador se lleva más de tres millones. Deportivamente sí, hubo muchos cambios. Hasta ese momento se jugaba todo plano, cuando Vilas y Borg comenzaron a pegar con topspin y a partir de entonces, se impusieron los efectos y cómo contrarrestarlos. El tenis se volvió mucho más físico que técnico. Culturalmente, estuvo a tono con la época, en lo bueno y en lo malo, y el tenis no fue ajeno, como en el caso de Mats Wilander, que cayó en la droga y perdió su carrera.
–Lo conoció de pichón y se peleó de grande. ¿Cómo fue el enfrentamiento con Vilas que le duró años de distanciamiento?
–Mi entredicho con Guillermo fue porque no quería jugar la Copa Davis de 1980 contra Checoslovaquia y el presidente de la Asociación Argentina de Tenis, Horacio Billoch Caride, me pidió que lo convenciera, aunque él tenía mucha confianza, porque era su abogado. Era un tema económico, sí que lo hablé con su manager, Ion Tiriac, y se llegó a un arreglo en Nueva York con el 50 por ciento de los beneficios de transmisión para Vilas. Después, donó su vincha, que eran unos 60 mil dólares. A partir de entonces, la relación con la AAT nunca fue igual. Yo siempre digo que son todos buenos hasta que son buenos… Es inevitable que no cambien su manera de ser los que llegan a la élite, porque ese lugar no es para gente normal. Se hacen impenetrables, porque adoptan una especie de escudo como defensa ante el acoso.
–¿Cuál fue el partido más emotivo que le tocó ver y comentar de Vilas?
–Muy difícil elegir un partido. Pero no me voy a olvidar nunca la noche del 5 de enero de 1978 en el Madison Square Garden, contra Connors, cuando escribí en la revista Goles “Un regalo de Reyes”. Ganaba 5-2 en el tercer set y era al mejor de tres. Connors se le puso 5 iguales y terminó ganando Vilas 7-5. Fue un partido terrible, desde el punto de vista de la tensión. Después, cuando comencé a transmitir para televisión, no me concentraba tanto en la persona, eran dos jugadores y podía perder cierta dimensión. Cuando Gabriela Sabatini ganó el Abierto de Estados Unidos, recién me di cuenta de lo bien que había jugado, cuando vi el tape en Buenos Aires. En cambio, cuando transmito por radio, lo vivo de otra manera. He visto tantos partidos de Vilas. Hubo uno por la Davis en Buenos Aires, contra McEnroe, que fue impresionante, lo ganó en el quinto set. Y la mejor actuación que le vi en su vida fue también contra McEnroe: iba perdiendo 4 a 1 y le ganó 6-4, 6-0, 6-1.
CONTRA LA RED
“Me resulta difícil marcarle defectos a Vilas –reflexiona Salatino, palabra autorizada desde la tribuna, pero también, red de por medio, porque compartieron un court varias veces–. El saque no estaba en la proporción del resto. Pero no sacaba mal hasta el año 78, cuando su entrenador, Tiriac, se lo quiso modificar, y estuvo todo un febrero en la cancha 14 del Buenos Aires Lawn Tennis inventando saques. Hasta probó sacar caminando, que le fue prohibido. Virtudes fueron su perseverancia, su tenacidad, su mentalidad ganadora. Corría hasta las pelotas que se iban afuera. Cuanto más comprometido estaba, mejor jugaba. Fue mejor jugador de Copa Davis que para él mismo”, considera entre sus méritos más encomiables.
–¿Cómo le jugaba a Vilas?
–No había manera (se ríe a carcajadas). En dobles sí. Pero en singles, no había manera de jugar contra él, porque jugaba con mucho topspin, con mucho efecto, y jugaba profundo, y te arrastraba para atrás, la pelota era muy pesada y llegaba como una piedra. La fórmula la tuvo Víctor Pecci, por su coach, Tito Vázquez. En los cuartos de final de Roland Garros, año 79-80, me dijo que iba a salir a jugarle con slide, con pelotas cortas, y atacarlo. “Atacarlo al revés es suicida”, le dije. “No, hay que jugarle corto y bajo”, insistió. Esa fue la fórmula y le dio resultado. Por supuesto, que yo no la tenía.
–¿Qué lugar ocupa hoy en el olimpo del tenis? ¿Figura en el Top Ten de todos los tiempos?
–Llevo medio siglo en el periodismo, cuarenta y cinco años viajando y no puedo decir si es uno de los mejores diez de todos los tiempos. Pero que dejó una huella, no hay ninguna duda. Ganó cuatro Grand Slam, un Masters, tres veces en el Grand Prix… Lo que pasa es que el tenis es muy cruel. Van pasando las épocas y van pasando campeones, y después de la generación de Vilas, vinieron McEnroe y Lendl, y después Sampras y después Becker… Dentro de poco, nos vamos a olvidar de Federer, Djokovic y Nadal. Habría que hacer una estadística para saber quién fue el mejor y esa no es mi especialidad.
–¿Cuándo fue la última vez que lo trató personalmente?
–Hace cinco, seis años, en el Abierto de los Estados Unidos, en Flushing Meadows. Yo estaba haciendo un programa de televisión, Sin anestesia. Ahí me di cuenta de que no estaba bien, empezaba a tener problemas cognitivos. Pero quiero contar una experiencia personal y fue a raíz de la pérdida de un hijo, hace quince años. Guillermo me llamó por teléfono, hablamos media hora, y no tenía nada que ver con el personaje que uno trataba diariamente. Era un Guillermo inteligente, sensible, humano, humilde. Me quedo con esa imagen, la mejor imagen que se puede tener.
