Tuvieron que pasar varias semanas para que el alejamiento de José López Rega del gobierno de Isabel Perón pudiera ser tomado humor. Atrás había quedado aquel julio de 1975 cuando el Brujo salió eyectado de la residencia presidencial de Olivos, donde se había atrincherado al lado de la mandataria, rodeado de medio centenar de matones. Después de renunciar el viernes 11 al Ministerio de Bienestar Social –rebautizado “Ministerio del Pueblo” durante su gestión–, intentó resistir como secretario privado de Isabel, pero solo duró ocho días. A las 20.03 del sábado 19 levantó vuelo el Tango 02 presidencial, con el Brujo como único pasajero, desde el aeroparque Jorge Newbery. Un escueto comunicado oficial revelaba que el funcionario caído en desgracia viajaba a Europa, previa escala en Brasil, designado “embajador extraordinario y ministro plenipotenciario”, enviado por la Presidenta “para cumplir una misión oficial” en el Viejo Continente.

La huida depositó al expolicía en Río de Janeiro y luego en Madrid –se dio una vuelta por Puerta de Hierro por última vez–. El destino definitivo fue una pequeña ciudad cerca de Ginebra, en Suiza. Allí vivió en la clandestinidad hasta 1982, cuando fue descubierto por un periodista del diario Clarín. Cuatro años más tarde, después de esconderse en Estados Unidos y Bahamas, fue deportado a la Argentina, donde murió en prisión en 1989.
El escape repentino aflojó la mordaza que los medios de comunicación padecían desde la muerte del general Juan Domingo Perón, aunque un puñado de representantes de la prensa había empezado a atreverse a desnudar el descontrol de López Rega y compañía.
Un tiempo después de aquellos acontecimientos, la revista Chaupinela se aventuraba a bromear con en el drama argentino. Primero, en el número de agosto (17), editorializaba sobre si la culpa de la crisis política había que echársela solo a “chivos expiatorios” que ya no estaban en el gabinete, como López Rega y su protegido, Celestino Rodrigo (“La culpa es del que se fue”). Al mes siguiente, el grupo de humoristas e ilustradores liderados por Andrés Cascioli, Jorge Guinzburg y Carlos Abrevaya desplegó la imaginación para retratar esos hechos.
“Isabel, por favor te lo pido, / esta vida no puede seguir.” Los versos de un famoso tango interpretado por la orquesta de Francisco Canaro más de cuatro décadas atrás acompañaban una caricatura de la jefa de Estado en la tapa del número 18. Allí también se anticipaba la publicación de “El Juego del Poder”: “Diviértase con el Brujo, el Empresario Multinacional, las Fuerzas Armadas, el Sindicalista, etcétera”.
El sumario, armado en forma de diálogo, aportaba más información:
–Lo que quedó muy periodístico fue “La Sociedad Rural se hizo cargo del Bienestar Social” de Pipo Casinotti.
–Escribe bien ese tipo. Yo no sé cómo no lo llaman de Cuestionario… o de La Opinión.
–A propósito. ¿Para vos quién es más valiente de los dos? ¿Quién lo criticó primero a Lopecito?
–Y, a mí me parece que fue Chaupinela desde los números 7, 8, 9, 10, en adelante… Pero sería entrar en una discusión estúpida, ¿no te parece?
Y en el editorial rememoraba: “No hace mucho tiempo, cuando se descubrió en voz alta la vinculación de un ministro con un comando extremista, un diputado de su partido pidió que se le siguiera juicio político; a los pocos días el exministro partía rumbo a España haciendo escala en Brasil”. Chaupinela se refería al integrante del bloque del Frejuli Jesús Porto, que había presentado un proyecto para investigar al creador de la Triple A.
El ministro del Pueblo
En la nota “(¡)La Sociedad Rural se hizo cargo del Bienestar Social!”, el anónimo redactor que se escondía detrás de un seudónimo mezclaba datos y humor para recorrer la historia de esa cartera, creada por el dictador Juan Carlos Onganía en septiembre de 1966, poco después de su irrupción en la Casa de Gobierno. La propaganda oficial lo había caracterizado como “el Ministerio de la Revolución”.

El repaso de los “peroncitos de mala calidad” que habían estado al frente del MBS tratando de emular al creador de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social comenzaba con Roberto Petracca, “un vidriero que terminó muriéndose de un síncope, acaso agobiado por el trabajo de fabricar el bienestar a contrapelo de noches de bastones largos y salarios congelados”.
Luego, continuó con Julio Emilio Álvarez Villaluenga, “un playboy apolíneo, algo excéntrico, que una vez atendió al periodismo metido en una bañera de la cual desbordaba espuma”. El redactor contaba que en otra oportunidad Álvarez Villaluenga pidió disculpas por no recibir a una delegación extranjera: “El día estaba tan lindo, que no resistí la tentación de ir a cabalgar por Palermo”.
También se detuvo en el exmilitar Francisco Manrique, “el patrono de los jubilados”, creador del PAMI y del Prode. “‘El dinero del pueblo vuelve al pueblo’, decía Don Paco para que la gente arriesgase sus patacones a local, visitante o empate. Nadie le creía, porque si el dinero del pueblo volvía al pueblo, ¿para qué sacárselo?”, se mofaba en la nota.
Su gestión en el Ministerio hizo pensar a Manrique que podía llegar a la Casa Rosada a través del voto en las elecciones presidenciales de 1973 con su Alianza Popular Federalista. En los comicios de marzo rozó el 15 por ciento y en los de septiembre apenas superó el 12.
Al llegar el turno de López Rega, se destacaba, en tono de burla, que el exhombre fuerte del peronismo había demostrado que era posible manejar un ministerio que tenía a su cargo la salud pública, la vivienda, el PAMI, el Prode y la organización del Mundial 78, además de “ser secretario privado del (de la) Presidente de la Nación”; “estar en todas las audiencias presidenciales”; “aparecer en todas las fotos”; “tener despacho en la Casa Rosada”; “escribir los editoriales de Las Bases“; “hacer el horóscopo” e “ir a fiestas umbandistas en Porto Alegre”.
“Nunca tuvo más plata, nunca se metió en tantas cosas, nunca hizo tanta propaganda (…) y nunca se habló tanto del MBS como durante la gestión de Lopecito”, sintetizaba el periodista, y concluía: “Después de un vidriero, un playboy, un excapitán y un astrólogo, el ministerio de la Revolución o del Pueblo, o de lo que sea, tiene ahora, a su frente, a un hombre de la Sociedad Rural” (se refería al ingeniero agrónomo Carlos Emery).
Los cruzados anticorrupción
López Rega volvía a aparecer en “El Juego del Poder”, que Chaupinela promocionaba como “el nuevo entretenimiento de los argentinos”: “Entreténgase a partir de ahora con este juego que jamás envejece. Puede que haya que cambiar alguna ficha de vez en cuando, pero no tire las anteriores, nunca se sabe cuándo se van a volver a necesitar”.
El ganador de esta oca política era –como puede suponerse– quien llegaba a la Casa Rosada después de superar varias dificultades, beneficiarse con algunas ventajas y sobreponerse a diferentes dilemas. “Vudú”, “Cambio de gabinete”, “Huelga”, “Secuestro”, “Shock económico”, “Recesión”, “Guardaespaldas”, “Estado de sitio”, “Golpe de Estado”, “Gripe”, “Trapo rojo”, “Paritaria”, “Grupúsculo parapolicial”, “Institucionalización”.
Los personajes participantes debían salir de lugares determinados:
* Brujo: Escuela Científica Basilio
* Mujer Débil (obvio, Isabel): Puerta de Hierro
* Sindicalista: CGT
* Empresario Nacional: CGE
* Empresario Multinacional: FMI
* General: Campo de Mayo
* Almirante: Puerto Belgrano
* Brigadier: Base Aérea de Morón
* Caudillo: “Una gobernación cualquiera”
* Político Tradicional: “Un comité rasposo”
* Senador: Congreso
* Intelectual de Izquierda: Bar La Paz

Páginas adelante, el dibujante Ceo adaptaba el cuento “El muerto”, de Jorge Luis Borges, a un país de ficción, en el que López Rega interpretaba al protagonista del relato, Benjamín Otálora, “un mocetón compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje”, que era asesinado de varios balazos por Suárez –el líder de la CGT, Casildo Herreras–, vestido con una campera estampada con un 007 (ese año se había estrenado en el país la última película de la saga de James Bond, 007 y el hombre con el revólver de oro, con Roger Moore).
En la sección “La parte de atrás”, sobre el final de la revista, el artículo “El ministro podrido pudre a los demás” cuestionaba las declaraciones del vicario castrense, monseñor Adolfo Tortolo, y del jefe de la Fuerza Aérea, brigadier general Héctor Fautario, sobre la “crisis moral” que padecía el país.
Y una ráfaga de preguntas incitaba a la reflexión: “¿Qué estuvieron esperando todos los que ahora, después del escándalo, hablan seriecitos sobre la inmoralidad y el deshonor? ¿Dónde estaban esos mismos señores cuando la corrupción crecía, fértil, en el campo de acción de ciertos y determinados hombres públicos? ¿Por qué no alzaron la voz cuando los medios de información eran burdamente silenciados?”.
