El traje de lino blanco no le sentaba bien a ese militar de encarnadura tosca, que solo había alcanzado el grado de sargento. Sin embargo, Fulgencio Batista era nada menos que el presidente cubano.
Así, con esa indumentaria, le dio la bienvenida en la escalerilla del avión a Juan Manuel Fangio, el quíntuple campeón mundial de la Fórmula 1.
El Chueco acababa de llegar a La Habana para correr el Segundo Gran Premio de Cuba, una competencia internacional de la categoría Sport.
Transcurría la calurosa tarde del 21 de febrero de 1958.
Al rato, mientras lo llevaban en un automóvil blindado al Hotel Lincoln, observaba de soslayo las calles de la ciudad.
Pero, súbitamente, su atención se vio turbada por un coro de gritos, voces de mando y sirenas; entonces, vio una jauría de uniformados arrastrando a cinco civiles hacia una camioneta policial.
El chofer no dijo nada al respecto.
Al día siguiente, Fangio probó su Maserati 300 S. La pista estaba trazada sobre el Malecón.
Allí hubo un detalle que no le gustó: en una curva, parte del pavimento estaba un poco levantado y, al pasar, su vehículo se zarandeaba.
Con esa preocupación asistió, durante el anochecer, al cocktail ofrecido por Batista a los ases del volante, en un salón del Lincoln.
Esta vez, el mandatario lucía un smoking demasiado entallado, y sonreía al pronunciar unas palabras alusivas al gran momento que –según él– vivía su país. No era para tanto.
Por esos días, la guerrilla del Movimiento 26 de julio (M-26), comandada por Fidel Castro, jaqueaba al ejército. Tanto es así que las columnas dirigidas por Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos estaban por dividir la isla en dos partes, antes de la ofensiva final.
No obstante, Batista actuaba como si gobernara un paraíso. Lo cierto es que el Gran Premio no tuvo otro propósito que instalar semejante ilusión óptica ante la prensa extranjera.
Luego de brindar con los presentes, se retiró con sus custodios.
Ya en el hall del hotel, Fangio departía con su compañero de escudería, el inglés Stirling Moss, y otras dos personas, cuando un muchacho lo abordó:
–Disculpe, Juan, me va a tener que acompañar. Una pistola, disimuladamente, subrayaba sus palabras. Fangio obedeció.
Los testigos del asunto vieron cómo se lo llevaban en un Plymouth negro.
LA OPERACIÓN DEL M-26
La noticia del secuestro había corrido como por un reguero de pólvora.
Esa misma noche, en su despacho de la 5a Unidad de El Vedado, sede de la Sección Política de la Policía Nacional, su titular, el teniente coronel Esteban Ventura Novo, apeló a su tono más persuasivo, para susurrar:
–Tu sabes, Joselito, que te tengo mucha confianza.
Y sonrió de oreja a oreja. La peligrosidad de ese sujeto esmirriado estaba depositada en la mirada.
El destinatario de su lisonja tragó saliva.
En ese instante, recordó una frase que, semanas antes, había salido de esa misma boca:
–Chico, no queremos hacerte daño. Esto está pasando porque tú quieres, y se va a terminar cuando tú quieras. ¿Entiendes?
Joselito, un militante del M-26 que había caído en sus garras, entendió, y desde ese día le oficiaba de “chivato”.
Ahora, el dueño de su voluntad lo sometía a una prueba crucial, en la que él no podía defraudarlo. De hecho, le “marcó” un posible domicilio.
Hacía solo un par de horas que Fangio estaba en poder del M-26 cuando Ventura Novo lo llamó a Batista para informar que el caso estaba por resolverse.
Finalmente, con pocas palabras, ideó con el dictador un plan secreto. Y a continuación, se abocó a ponerlo en práctica.
Dicho sea de paso, él a su vez ignoraba que su entorno estaba infiltrado por espías del M-26.
Así las cosas.
En tanto, a las 21:35, tras una hora y media de “paseo” por la ciudad, cambiando tres veces de vehículo, el corredor fue alojado en una casa de familia situada no lejos del Jardín Botánico.
De pronto, llegó Faustino Pérez, el jefe del M-26 en La Habana. Y a las apuradas lo sacaron a Fangio de allí, porque ese sitio estaba “cantado”. Ese dato de contrainteligencia provenía de un “filtro” castrista en la 5a Unidad.
No se equivocaba, dicho aguantadero fue allanado a la medianoche. Pero, claro, los mastines del régimen se fueron de allí con las manos vacías. La siguiente escala del campeón fue una aristocrática casona ubicada en el barrio de El Vedado.
Por el momento, el pobre Joselito conservaba su pellejo.
EL PLAN DE LA DICTADURA
En su lugar de cautiverio, Fangio recibía un trato respetuoso y cordial.
Aquella noche cenó con sus captores un plato de papas con huevos. Entre ellos estaban, además del autor del secuestro (Manuel Uziel), el responsable del grupo (Oscar Lucero) y su lugarteniente (Arnold Rodríguez), asistidos por una mujer (Blanca Niobi). También permanecía allí Faustino Pérez.
Fue él quien le explicó a Fangio el propósito de la operación: obligar al régimen a suspender la competencia, en vista de su repercusión mundial.
Tal propósito no se logró. A la mañana siguiente, la carrera arrancaría sin demoras, pese a la forzada ausencia de Fangio. Ahora, la idea era liberarlo ni bien concluyera el Gran Premio.
El campeón no quiso ver su transmisión por TV.
No obstante, desde su cuarto percibió un sorpresivo cambio en el tono monocorde del relator, y fue a ver lo que sucedía.
El bólido del cubano Armando García Cifuentes había despistado justo en la curva del pavimento en mal estado que Fangio detectó en la clasificación. Su saldo: seis muertos y 40 heridos.
En ese instante, solo atinó a decir:
–Tal vez lo que ustedes hicieron fue salvarme la vida.
La carrera continuó como si nada hubiera ocurrido.
Aquel día en el Malecón, sin Fangio y en medio de una tragedia, Stirling Moss obtuvo la victoria más penosa de su vida.
Aquel día en la 5a Unidad, sin Fangio y en medio de un papelón, Ventura Novo puso en marcha el plan amasado con Batista. Con esa finalidad hizo una declaración en off al corresponsal de Associated Press. Y este, atribuyéndosela a “una altísima fuente oficial”, la reprodujo: “Fangio habría sido asesinado por los castristas cuando intentaba escaparse”.
Ocurre que las fakes no estaban tan de moda como en el presente.
Sin perder ni un minuto, Faustino hizo circular la versión de que Fangio sería llevado a un edificio céntrico para quedar allí en libertad.
Joselito se tragó el anzuelo, y pudo ampliar el dato con rapidez, antes de llamar al teniente coronel. Su voz sonaba agitada:
–Tengo la dirección, jefe: Prado 20, décimo piso.
Hacia allí acudieron unos cien policías de civil, además de ser vallada la zona. Y hubo francotiradores en los edificios aledaños.
Fangio no debía salir vivo, para así culpar de eso al M-26.
Pero, al final, en ese sitio no pasó nada. La celada rebelde fue exitosa.
Porque, en el interín, mientras la actividad policial se concentraba en ese punto, Fangio fue entregado al embajador argentino en su residencia. Se trataba de Raúl Lynch, casualmente un tío segundo del Che.
Ventura Novo se sintió muy desilusionado con Joselito, cuyo cadáver, al día siguiente, fue hallado en un basural.
Fangio ya estaba en Buenos Aires.
Había ganado la carrera más peligrosa de su vida.
