Se retiró sin estridencias pero con premeditada resolución. Ese 28 de mayo de 1949, Ignacio Corsini cantaba por última vez. En una audición transmitida por Radio Belgrano, estaba acompañado por la Orquesta de Juan de Dios Filiberto, el concertista de guitarra Abel Fleury y el glosador Fernando Ochoa.
En tiempos contemporáneos, tendríamos el consabido registro “en vivo” de la despedida (DVD incluído), pero aquella decisión anunciada era absolutamente novedosa para la época. Por eso, solo sabemos el detalle del repertorio elegido, que concluyó con su icónica interpretación de “La pulpera de Santa Lucía”, el vals que hizo la fortuna de sus autores, Héctor Blomberg (letra) y Enrique Maciel (música) y lo consagró definitivamente como gran cantor popular hacia fines de los años 20.
¿Qué pasaba por la mente y el corazón de Corsini para dar semejante paso cuando aún mantenía vigencia, pese a los nuevos aires musicales en boga? El destino lo había golpeado en su zona más sensible, al llevarse un año atrás a su amada compañera Victoria Pacheco.
“El caballero cantor”, como se lo conocía por su atildado estilo y distinguido porte, no tenía más fuerzas para continuar. Aunque sus allegados confiaban en su fuero interno en que más adelante podría rever tan drástica decisión, lo cierto es que no volvió a presentarse sobre un escenario y ni siquiera a mostrarse en público, salvo en un par de ocasiones excepcionales. Se recluyó en su hogar, con la cercana compañía de su hijo, Ignacio (h), ya recibido de médico, sus nietos y su nuera.
Allá lejos y hace tiempo, la vida y la trayectoria de Ignacio Corsini replica semejanzas con la de su colega y contemporáneo Carlos Gardel, de quien fue amigo y admirador.
Nacido el 13 de febrero de 1891, no conoció a su padre y fue inscripto simplemente por su madre, en Troina, provincia de Catania (Sicilia) como Andrés Ignacio. Temprano inmigrante también, cruzó el charco para radicarse en Buenos Aires, en el barrio de Almagro, donde la mamma pudo abrir una fonda. Ahí transcurrieron los primeros años porteños hasta que se produjo un vuelco fundamental en su existencia. Lo enviaron a una estancia del partido de Carlos Tejedor, donde se forjó en las duras tareas del campo, pero también abrevó en la atmósfera circundante.
“Los pájaros me enseñaron la espontaneidzad de su canto, sin testigos, en el gran escenario de la naturaleza –evocó después–. Aprendí a cantar como ellos, naturalmente y sin esfuerzo. Eran pájaros gauchos, embebidos de distancia y de soledad, como las gentes que los oían.”
Era el boyerito que se enancaba en el yugo de una yunta de bueyes y compartía las mateadas ante el fogón de la cocina de campo, templando la bordona bajo la mirada atenta del Negro Domingo, un gaucho que le impartió las primeras nociones del instrumento.
Estaba crecido y era un adolescente de diecisiete años cuando pegó la vuelta a la gran ciudad, al mismo barrio, que había cambiado, como él, y si las necesidades materiales lo volcaron a la albañilería, comenzó a forjar su ilusión de artista al integrar un grupo de teatro vocacional y despuntar el hábito de cantor.
No es extraño que sus incipientes intentos en este sentido abrevaran en el repertorio campero (otro paralelismo con Gardel). Por intermedio de un amigo, aproximándose al año del Centenario, llegó a probarse ante el gran Pepe Podéstá, uno de los padres del circo criollo, quien lo invitó a sumarse de manera estable a su elenco, que brindaba funciones en el Teatro Apolo. En ese espacio conoció a Victoria, una muchacha que actuaba de trapecista, y con la que contrajo matrimonio al año siguiente. Como integrantes de una troupe itinerante, giraron interminablemente por carpas y salas de todo el país.
Recién cuando se instalaron de manera permanente en la Capital (en el barrio de Almagro, como no podía ser de otro modo), la mujer abandonó su perfomance para dedicarse de lleno al cuidado de su casa, y Corsini despegó como cantor, actor y galán.
Arriba el telón
Cuando la radio era todavía un medio incipiente, a comienzos de la década del 20, las obras de teatro y los sainetes se convirtieron en escenario de estreno de tangos y milongas, en general interpretados por los propios actores.

Hasta que a César Ratti, que encabezaba una compañía volcada el género humorístico, se le ocurrió convocar a Corsini para que se hiciera cargo del rubro y el impacto fue mayúsculo. A partir de su interpretación de “Patotero sentimental”, de Jovés y Romero, en la obra El bailarín del cabaret, la ceremonia se repitió con otras piezas de instantáneo suceso, como “La canción del cabaret”, “Sombras”, “La garconniere”.
La repercusión animó al artista a formar su propia compañía, junto a Gregorio Cicarelli y bajo la dirección de Alberto Vacarezza. Entonces llegron los estrenos de “Adiós para siempre” (incluido en el sainete Conventillo nacional); “Macho y hembra” (en El caballero negro); “Medias de seda” (en Un cansado de la vida); “Destellos” (en Un escándalo social) y muchos otros.
Sin embargo, hacia 1928, el cantor decidió retirar al actor y galán de circulación y dedicarse de pleno a la música, con un repertorio amplio, donde el tango canción, que era el género de éxito, siempre alternaba con los estilos camperos que había mamado en su etapa formativa.
El debut solista del ya experimentado cancionista se produjo en el Cine Astral, en la previa de la proyección de una película. El empresario de la sala, Clemente Lococo –luego creador del Teatro Ópera–, no estaba muy seguro de la apuesta, pero el público familiar que atiborró la sala el primer domingo y por los tres meses siguientes confirmó el acierto.
También por esas fechas, Corsini completó su perfil musical con la incorporación de un trío de guitarras formado por Armando Pagés, Rosendo Pesoa y Enrique Maciel –mientras Gardel hacía lo propio con los suyos–, y su estampa señorial se replicaba en los tramways y paredes de toda la ciudad, que lo consagró como el artista de moda.
Luz, cámara…
Con semejante entrenamiento actoral, resultó natural que el “biógrafo” reclamase su presencia tan temprano como en 1917, cuando participó de una tríada de films mudos: Federación o muerte, de ese año, Santos Vega (1918) y Milonguita (1922), de los que solo se conservan fotogramas.

En cambio, fue en Ídolos de la radio (1934) donde pudo plasmar su personalidad de galán y cantor, bien acompañado por la diva de legendarios ojos verdes Ada Falcón, Tita Merello, Olinda Bozán, Francisco Canaro y Tito Lusiardo.
La película, que permaneció inhallable durante décadas, hoy está disponible en la web, y salvando las lógicas deficiencias técnicas, resulta un valioso testimonio de su impronta escénica.
Su filmografía se completó tardíamente con Fortín alto (1941), con dirección de Luis Moglia Barth y guion de Ulises Petit de Murat y Homero Manzi, quien además compuso la música en colaboración con su habitual socio Sebastián Piana.
Los temas históricos, y en especial el período rosista, le proporcionaron a Corsini una veta muy celebrada de su vasta discografía (registró más de setecientas piezas): “el cancionero federal”, del que “La pulpera de Santa Lucía” es el más reconocible ejemplo. En ese capítulo se inscriben “La mazorquera de Monserrat”, “La canción de Amalia”, “Los jazmines de San Ignacio”, “La guitarrera de San Nicolás” y tantos más que llevan la firma del binomio Blomberg-Maciel.
También supo rescatar del olvido, incluso del rechazo inicial, una composición emblemática como “Caminito”. Grabada por Gardel, pasó sin pena ni gloria, en tanto la versión del “caballero cantor” fue un éxito rotoundo.
Con el Morocho del Abasto lo unió una relación de mutuo respeto y admiración, que se prodigó en múltiples ocasiones, desde un lejano encuentro en una fonda de Bahía Blanca hacia 1913, que brilla en una significativa anécdota.
Promediando sus respectivas carreras, se encontraron en plena calle y el “francés” notó que el “tano” (como se llamaban cariñosamente) padecía una grave disfonía. Sin demora, lo metió en un taxi, lo llevó a su casa y le recomendó unas sales recién traídas de Europa, que debían suministrarse diluidas en agua. El efecto curativo restableció las castigada cuerdas vocales y Corsini volvió a lucir su voz dulce y melodiosa, sin raspaduras.
Cuando Gardel sufrió el fatal accidente de Medellín (1935) que lo inmortalizó en el Olimpo, su colega suspendió actuaciones previstas en radio y se mantuvo alejado de los micrófonos durante un tiempo, hondamente afectado por la pérdida.

En el aire
La radio fue justamente el medio ideal para entronizar al “caballero cantor” como artista de masas. Habiendo debutado en L. O. Y. (luego Nacional) en 1928 con la zamba “Por el camino”, otras emisoras no tardaron en disputarse su atractivo. Así pasó por Prieto, París, Excelsior, América, Splendid, Argentina, Stentor y Rivadavia, dando la vuelta completa al dial.
Fue en 1938 cuando la pujante Radio Belgrano, que se disputaba con El Mundo una creciente audiencia en la medida que la venta de aparatos receptores se multiplicaba de manera exponencial, lo contrató en exclusividad por todo el año, renovando contrato 1939 por otros ocho meses más.
Las claúsulas del acuerdo establecían que el artista debía presentarse en tres emisiones semanales de una hora de duración con cuatro interpretaciones por vez, y se comprometía a estrenar ocho canciones mensuales como mínimo.
Las cifras fueron las más altas pagadas por la radio hasta entonces (6.500 pesos por mes, cuando el famoso pase récord de Bernabé Ferreyra a River había costado 35.000 pesos, pocos años atrás).
El compromiso de Corsini no se limitaba a cantar delante de los micrófonos porteños, sino que además se integraba a las delegaciones artísticas que Belgrano, la radio de Jaime Yankelevich, despachaba al interior en plan promocional.
Esas obligaciones contractuales se correspondían con sus permanentes incursiones por ciudades y pueblos en los que actuaba secundado por sus fieles laderos, tanto en salas principales como en modestos salones. Corsini nunca olvidó el país profundo que le suministró la inspiración de su canto.
Su gran asignatura pendiente fue la exportación de su figura al extranjero, acaso demasiado atado a sus afectos inmediatos como para faltar largo tiempo del hogar.

Herencia pa’ hijos gauchos
“Por qué escuchamos a Ignacio Corsini”, enuncia como declaración de principios el músico Pablo Dacal en su biografía y ensayo homónimo, invirtiendo los términos para tejer hipótesis por el olvido contemporáneo de aquella obra portentosa.
“Con ese aire pueblerino y sencillo, evoca algo que los habitantes de Buenos Aires preferimos callar en nuestra historia y ocultar de la ciudad: esa nostalgia por una vida andante, contemplativa y silenciosa –apunta– la reivindicación de tradiciones demasiado antiguas; su propia fragilidad, expuesta sin pudores, está en las antípodas de eso que los porteños preferimos ver de nosotros mismos y hemos instalado, en el mundo, como características esenciales del ser argentino”, reflexiona.
Bajo la premisa de rescatar su legado, Dacal lleva registrados sendos discos con repertorio rescatado de grababaciones originales y composiciones propias que se amoldan al estilo.
No está solo en la patriada.
“Toda la vida escuché a Corsini –se asocia el director de cine Mariano Llinás–. Sin embargo, en la adolescencia, un casete de Blomberg y Maciel se convirtió en una especie de novela que leía una y otra vez todas las semanas. Todas las canciones contenidas en esa compilación construían para mí una especie de relato que presentaba la época de Rosas bajo una mirada extremadamente cinematográfica, casi como si fuera el género Western que este país nunca se decidió a tener”, reseña.
Con ese bagaje previo, Dacal y Llinás coincidieron en un proyecto artístico cultural.
“En este caso, tratándose él mismo de un cantor, ofrecía una oportunidad única a un grupo de cineastas: la posibilidad de hacer películas en base a canciones –reseña Llinás, coguionista de la premiada película Argentina, 1985–. De modo que formamos el Comando Corsini, dedicado a generar aventuras y experimentos en torno al entusiasmo que sus canciones nos genera. Ya vamos dos películas, y la tercera está en proceso”, anticipa.
A décadas de su retiro de los escenarios, el Caballero Cantor vuelve a salir al camino.
