“Actores condenados abandonan el país.” El título catástrofe de la quinta edición de Última Hora del domingo 27 de abril de 1975 conmovía a una sociedad que se había acostumbrado a vivir con la violencia: una bomba lanzapanfletos había estallado el viernes por la tarde, al finalizar la jornada laboral, frente al edificio de la editorial Abril, en Paraguay y Leandro N. Alem, a diez cuadras de la Casa Rosada. Los volantes, firmados por la Triple A, condenaban a muerte a un grupo de reconocidos artistas, dramaturgos y periodistas. Figuraban el director Sergio Renán, que días antes había participado de la ceremonia de los Oscar como realizador de La tregua, competidora en el rubro Película Extranjera; el escritor uruguayo Mario Benedetti, autor de la novela en que se basó el film, y el actor Carlos Carella. Otras dos figuras del elenco, Héctor Alterio y Luis Brandoni, ya se habían radicado en España y México, respectivamente, luego de ser amenazados en septiembre de 1974 por la misma organización de ultraderecha. Y China Zorilla, que interpretaba un papel secundario en la película nominada, denunció que había sido intimidada en su domicilio.
La agrupación parapolicial –en esa oportunidad firmó los volantes como Alianza Antiimperialista Argentina– sumó en la nómina a Alfredo Alcón, María Rosa Gallo, Luisina Brando, Leonor Manso, Roberto Cossa, Carlos Somigliana, Ricardo Halac, David Stivel y Juan Carlos Gené. Además, agregó a tres integrantes de la familia Civita, dueña de Abril –editaba Panorama, Siete Días, Claudia y TV Guía, entre otras revistas– y a los periodistas Tomás Eloy Martínez –jefe del suplemento cultural de La Opinión– y Osvaldo Granados –hasta unos días antes director de la agencia de noticias Télam–.



De inmediato, la Asociación Argentina de Actores dispuso un paro entre el sábado 26 a las 20 y el lunes 28 a las 19, que paralizó la inmensa mayoría de los espectáculos teatrales porteños, además de las actuaciones en televisión, radio y cine. La solidaridad de otros gremios se multiplicó, con excepción de la Unión Argentina de Artistas de Variedades, encabezada por el cómico José Marrone.
Los actores lograron reunirse con autoridades de distintos sectores: desde el titular de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, y el secretario general de la CGT, Casildo Herreras, hasta el jefe de la Policía Federal, Luis Margaride. Pero su objetivo mayor era plantearle la situación a la presidenta Isabel Perón.
“La Asociación Argentina de Actores respaldará a sus asociados hasta sus últimas instancias, procurando hacerles estable y segura su vida en nuestro país. Lo de salir del país puede ser una decisión personal de cada uno de ellos, pero no está en su ánimo ni en el nuestro”, aseguraba el secretario gremial de la entidad, David Llewellyn.
En un comunicado, la Asociación denunció que en esa oportunidad eran “los trabajadores de la cultura los elegidos por el nazi-fascismo para concretar sus propósitos de sembrar el pánico y el caos en nuestra Argentina”. Y completaba: “Las ‘tres A’, apelando a recursos que recuerdan el horror desatado por Hitler en nombre de la ‘grandeza del Tercer Reich’ y que costó la vida a millones de seres inocentes, denuncia esta vez una supuesta ‘conspiración judeo-marxista’ y se arroga el derecho de condenar al exilio o a la muerte a quienes ella determine”.
Solidario con sus compañeros perseguidos, Pepe Soriano participó de las acciones desplegadas por el gremio: “No hay que irse; hay que dar la cara, porque no se puede vivir amenazado”. En esos días, la prensa se encargaba de destacar que la Policía Federal abría una oficina especial para agilizar el trámite de obtención del pasaporte para los artistas.
“Nosotros hacemos oír nuestra protesta contra estas amenazas que entendemos responden a intereses políticos muy concretos. No podemos seguir trabajando con temor”, se pronunciaba Federico Luppi. Pocos después de esas declaraciones, las amenazas de la Triple A recayeron sobre él, Víctor Laplace, Inda Ledesma, Julio Márbiz y Marcelo Simón. En una carta, se los acusaba de “propiciar actividades marxistas” y se los conminaba a actuar en obras de “contenido nacional”. Además, les exigían que publicaran solicitadas en las que se definieran “ideológicamente contra la guerrilla marxista”, porque de no ser así los “comandos Rucci y Valle” los iban a “ajusticiar” y “destruir y expropiar sus bienes”.
Tijeras afiladas y armas cargadas
“Es realmente frustrante que por problemas absolutamente ajenos a la actividad artística el público argentino se vea privado de admirar a un gran intérprete que, como Luis Brandoni, ha dado sobradas muestras de idoneidad en los personajes más difíciles.” Última Hora, que había reemplazado al censurado Crónica, editorializaba sobre la persecución que sufrían los artistas argentinos, en este caso Brandoni, obligado a exiliarse en México desde septiembre de 1974 ante las amenazas lanzadas por la Triple A luego de su participación en La Patagonia rebelde y por su actividad como secretario general del sindicato de actores.
El diario reproducía un cable de la agencia ANSA que resaltaba los elogios de la crítica mexicana a Brandoni por su interpretación del emperador Maximiliano de Habsburgo en el teleteatro Mujeres en la historia. Y se quejaba de que “muchas otras figuras” habían sido “obligadas a un ‘exilio’ involuntario”, como era el caso de Héctor Alterio, Nacha Guevara, Norman Brisky y Horacio Guarany.
“No me puedo sacar a mi ciudad de la cabeza”, confesaba Alterio a una radio de Buenos Aires en una entrevista desde España, donde protagonizaba Las cítaras colgadas de los árboles, una obra teatral de Antonio Gala. “Necesito volver –se sinceraba–, pero hay circunstancias que me obligan a quedarme, por lo tanto voy a quemar los últimos cartuchos aquí, esperando nuevas oportunidades de trabajo.”
Desde Estados Unidos, tras la entrega de los Oscar, Sergio Renán aportaba su visión sobre la crítica situación que atravesaba el cine nacional: “El camino que abrió La tregua en Hollywood podría ser obstaculizado por los problemas económicos –la falta de difusión– y el fantasma de la autocensura que rodean a un cine argentino poblado de talentos”. Y admitía que la película no había sufrido cortes por parte del Ente de Calificación Cinematográfica, encabezado por Miguel Paulino Tato.
La prensa seguía de cerca las actividades del censor. “Tato llegó a las 80 prohibidas”, titulaba Última Hora una de sus notas. El diario de Héctor Ricardo García dejaba en claro su postura en todo suelto sobre el tema: “La censura argentina sigue trabajando sin desmayos y con las tijeras bien afiladas”. En la víspera del estreno de El Pibe Cabeza, protagonizada por Alfredo Alcón, recordaba que el film había sufrido “levísimos cortes” y anunciaba la exhibición, “salvo que contingencias de último momento aún pudiesen introducir desagradables novedades”.
Además, observaba las políticas persecutorias de los regímenes autoritarios que comenzaban a extenderse por la región: “Resulta mucho más extraña esta lucha de algunos gobiernos sudamericanos contra la violencia y el sexo en el cine, cuando en Italia se ha resuelto una apertura sin límites para la exhibición comercial de películas, en Francia ni existe prácticamente censura y en Estados Unidos tienen cada vez más éxito las salas dedicadas al cine pornográfico”.
La violencia desatada por el terrorismo de Estado recrudecía –detención de Ana Guzzetti, Dardo Cabo y Emiliano Costa, asesinato de Jorge Money–. Por esos días, fue secuestrada y asesinada Luisa Marta Córica, actriz –participó en Boquitas pintadas–, trabajadora de la imprenta de la Cámara de Diputados bonaerense y del Hipódromo platense, estudiante de Filosofía y Letras y militante política y sindical. Y la SADE denunciaba el secuestro de Juan Carlos Higa, Berta Solana Macías y Jorge Reboredo, de la revista Grumete.
El show del Brujo
Los trabajadores de la cultura amenazados a fines de abril de 1975 habían pedido una audiencia con Isabel Perón en busca de protección y garantías ante el avance de la Triple A. Un mes más tarde de la solicitud, llegó la respuesta oficial. La Presidenta no los recibió, ocupada –entre otros temas– con las negociaciones paritarias, y delegó la tarea en su ministro de Bienestar Social, José López Rega. Es decir, un delirio: las víctimas de la persecución fueron recibidas por el impulsor de aquella fuerza represiva, quien les prometió que se iba a investigar a la organización.
El encuentro se celebró el miércoles 28 de mayo en el Ministerio de Bienestar Social. López Rega recibió a Sergio Renán, Alfredo Alcón, David Stivel, Bárbara Mujica, Luisina Brando, María Rosa Gallo, Leonardo Favio, Carola Leyton, Juan Carlos Gené, Leonor Manso y Eva Dongé.
Satisfecho por la reunión, el Brujo teorizó: “Nosotros no aceptamos ninguna clase de violencia; permanentemente yo en mis discursos la ataco. No me gusta ni la de extrema derecha ni la de la extrema izquierda, ni la violencia en sí. La única violencia que acepto es la violencia del nacimiento”.

Todos creyeron las palabras del ministro: “Yo quisiera que los muchachos que están afuera, los artistas que están afuera, puedan volver y encontrar las puertas abiertas en su país, porque en este país nadie debe exiliarse por una amenaza”.
Pero poco tiempo después, López Rega era expulsado del gobierno peronista y Alfredo Alcón se lamentaba de haberlo calificado como “un amigo”.
En septiembre, cuando hacía varias semanas que López Rega se había refugiado en Madrid, Alcón le confesaba a la revista Gente: “Recién tuve una cabal noción de lo que pasó ese día, de mis declaraciones, cuando dos señoras con las que me crucé al entrar en Edelweis, noches después, dijeron: ‘Ahí va Alcón, el lopezreguista’… Les contesté una grosería, pero justo en ese momento tomé conciencia de que había actuado como un imbécil. ¿Por qué dije lo que dije? Te juro que porque creí todo lo que López Rega declaró en la reunión. Imaginate que con lágrimas nos preguntaba: ‘¿Adónde tengo que llamar a Alterio para que vuelva?’, mientras nos pedía que le dijéramos ‘simplemente José’ y nos prometía que, a pesar de no ser de su incumbencia, se ocuparía de todos nuestros problemas. Sí, fui un imbécil, y a mi edad eso es bastante triste y lamentable”.
Ese mismo desencanto que conmocionó a Alcón empezaba a apoderarse de millones de argentinos.
