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Caras y Caretas

           

Inteligencia artificial y sociedad: ¿utopías o distopías? 

Abordada desde los interrogantes básicos de la investigación social, la IA deja de ser una entelequia autónoma y todopoderosa: está integrada en nuestra vida cotidiana y participa de la misma coyuntura histórica.

En noviembre de 2022, la compañía OpenAI, en alianza comercial con la corporación Microsoft, lanzó la versión pública del chatbot ChatGPT. El evento expuso ante los ojos del mundo las nuevas capacidades técnicas de la inteligencia artificial y las puso a un click de distancia de cualquier persona en cualquier lugar del mundo en cualquier momento. El lanzamiento desató un caos en la opinión pública mundial de manera instantánea. Surgieron amplios debates públicos sobre el futuro, el ser humano, la técnica, los negocios, el trabajo, la educación, la originalidad, el arte, la justicia, entre otros. Las distopías de control total, de destrucción o sumisión de la especie humana reverdecieron, pero también lo hicieron las utopías de progreso ilimitado, de vida ociosa o de solucionismo tecnológico. La idea más fuerte en circulación es que la inteligencia artificial y la sociedad humana evolucionarán juntas en un escenario irónico: el futuro de la tecnología se ha vuelto claro y cierto y el futuro de la humanidad, confuso e incierto. Cada noticia sobre IA parece ratificarlo. 

Las universidades, los institutos de investigación y el sistema científico en general participan de la mayoría de los debates. Las distintas polémicas los alcanzan y se involucran activamente en ellas. No solo intervienen ingenieros e ingenieras en informática, sino también especialistas de otros campos, como la pedagogía, la medicina, los deportes, el derecho, etcétera, pues la irrupción de ChatGPT mostró que las capacidades técnicas emergentes asociadas con la IA generativa impactan en esos y otros ámbitos del mundo social. La investigación social también intervino en la cuestión de la IA. Sin embargo, salvo honrosas excepciones, lo ha hecho pasando por alto conocimientos acumulados con anterioridad y sumándose apresuradamente al azoramiento general. El reciente anuncio de OpenAI sobre el lanzamiento de su modelo o1 a finales de 2024 quizás ofrezca una buena oportunidad para reflexionar sobre ese tipo de intervenciones. Volver a los interrogantes básicos de la investigación social puede ser de ayuda para evitar atajos utópicos o distópicos que pueden llevarnos a conclusiones erradas. 

¿Cómo es posible el presente de la IA? La inteligencia artificial tiene ochenta años de historia y dos orígenes. En todo este tiempo, avanzó y retrocedió, fue rebautizada, se recicló y relanzó, decepcionó, volvió a reciclarse y relanzarse en más de una ocasión. Por ejemplo, la programación de perceptrones (modelos probabilísticos de almacenamiento y organización de información) data de 1958 y fue parte de todas las olas de la IA, es decir, de sus éxitos y fracasos. Otro ejemplo: hacia los años 80, los avances de la programación probabilística (programación de herramientas de inferencia activa basada en estadística bayesiana) renovaron el campo de la IA y las expectativas depositadas en ella, incluidas las expectativas de inversión, alcanzando un fervor similar al actual. Sin embargo, los productos y servicios ofrecidos decepcionaron (por costos o rendimientos), el fervor se apagó y las expectativas se derrumbaron. Ajena al estrépito de la caída, la programación probabilística se mantuvo como un pilar del desarrollo de la IA desde entonces. 

IA y vida cotidiana

Veamos un ejemplo de reciclado: los fundamentos de la programación por retropropagación (algoritmos de representación de aprendizajes corregidos por ponderaciones) de las “redes neuronales artificiales” actuales (arquitectura de los algoritmos generativos) no son nuevos. Datan de los años 80 y en aquel entonces fracasaron y fueron abandonados ¿Por qué se volvió a ellos y hoy resultan tan importantes? La respuesta se vuelve más clara, aunque también más incómoda, al atender el hecho de que el éxito no se debe solo al avance de las técnicas de programación, sino también a la cantidad y calidad de datos generados y acumulados por la comunicación digital, especialmente a partir de la integración del uso de internet como fuente de información, datificación, metadatificación y minería de datos. Este fenómeno, más conocido como big data, explica en buena medida el reciclado y el éxito presente de la programación por retropropagación: los algoritmos (de búsqueda, de optimización, generativos, etcétera) rinden mejor cuando son alimentados con bases y repositorios de datos masivos. Por esta razón, los y las especialistas suelen decir que hoy en día hablar de ciencia de datos es hablar de inteligencia artificial. Desde el punto de vista de la sociedad, el ejemplo es importante, porque la comunicación digital forma parte del mundo social. Esto pone de manifiesto que en el éxito actual de la IA hay procesos subyacentes de integración social de programación, datos y vida cotidiana. 

Además, en la misma medida en que la datificación de prácticas sociales es un recurso crucial para el suceso de la IA, también la condiciona y la limita, ya que la IA no es autónoma en materia de información. Esta dependencia implica que la inteligencia artificial de nuestros días no puede trascender la comunicación digital, porque está contenida en ella. Este elemento debe tenerse en cuenta a la hora de establecer tendencias en la relación entre IA y mundo social. 

Finalmente, al situar la inteligencia artificial en la sociedad, se observa que su participación en el mundo social no es simple, sino compleja, pues no solo se alimenta de las interacciones entre personas tanto humanas como no humanas, sino que también participa de esas interacciones. Así, el mundo “inteligente” de nuestros días está muy alejado de los relatos estilo Terminator, Matrix o 1984, ya que, lejos de atentar, optimizar y/o racionalizar la vida humana desde afuera, la inteligencia artificial está integrada en nuestras vidas y nuestro mundo social. La observamos de la misma manera en que nos observa y las “alucinaciones” (respuestas incorrectas, vagas y/o falsas de un chatbot) son un ejemplo de ello. En definitiva, la IA participa de la misma contingencia histórica de nuestra sociedad al igual que cualquiera de nosotros y nosotras. Por ello, el presente y el futuro de la IA tienen mucho más que ver con nuestras vidas cotidianas, emotivas, estresadas y conflictivas que con el fin distópico o la salvación utópica de la humanidad. 

Escrito por
Sergio Pignuoli Ocampo
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