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Caras y Caretas

           

Hombres e ideas en pugna

Ilustración: Ricardo Ajler

Facundo Quiroga, federal de ley, fue asesinado por los unitarios cordobeses en medio de una guerra civil que, según algunos, fue el inicio de una grieta nacional que nunca se cerró.

Los vieron llegar a caballo por la Calle de las Torres (Avenida Rivadavia). Iban camino a la Plaza de la Victoria, al tranco lento y ceremonioso de los triunfadores. Lucían divisas rojo punzó al tope de las tacuaras, con bien justificado orgullo. Ellos, los gauchos de las provincias del litoral, comandados por los caudillos Estanislao López y Pancho Ramírez, habían corrido a las tropas regulares de Buenos Aires, en las cañadas de Cepeda, al límite con Santa Fe.

Se acortaba febrero de 1820, y cuando el general José de San Martín embarcaba sus tropas rumbo a Perú para consolidar su proyecto libertador, en el Río de la Plata ya se escribía el primer capítulo de las guerras civiles, que iban a enfrentar durante décadas a unitarios y federales.

La “anarquía del año 20”, como la bautizó la pedagogía liberal, no solo significó, en la práctica, la disolución de la autoridad nacional rígidamente controlada desde y por la ciudad-puerto, sino también la reivindicación de autonomía de los estados provinciales, que reclamaban un orden distinto al imperante desde las jornadas fundacionales de mayo de 1810.

Mientras sus jefes negociaban las condiciones de paz, la temida montonera federal permaneció cinco días acampando, sin que se produjese un solo incidente. Factor decisivo para que el tratado se cumpliese según lo acordado fue la intervención del rico hacendado y hombre fuerte de la campaña bonaerense don Juan Manuel de Rosas, quien adelanta de su peculio la indemnización exigida por los vencedores en ganado en pie.

Con el tiempo, Rosas se convertirá en gobernador y cabeza de la Confederación, y por ende, líder del Partido Federal, pero aún falta.

Hacia marzo de 1835, cuando Facundo Quiroga marcha hacia su fatal destino en Barranca Yaco, muchos otros capítulos se habían escrito de esta guerra sin tregua, tantos como sangre vertida en ásperos campos de batalla.

La altiva Buenos Aires nunca renunció a sus propósitos de imponer su autoridad a las demás provincias. En 1826, el Congreso reunido a instancias del gobernador Martín Rodríguez sanciona con fuerza de Ley Fundamental, una Constitución de neto corte republicano unitario que capitaliza a la ciudad a la par que entroniza a Bernardino Rivadavia como presidente. No es ese el mandato que traen los diputados provinciales, pero sobran recursos económicos en el Banco Nacional para convencerlos de lo contrario.

La mayoría de las provincias rechazan de plano tal Carta Magna que no contempla sus intereses y se desata nuevamente el conflicto. En La Rioja, Quiroga se alza y aplasta al ejército presidencial, comandado por el coronel Gregorio Aráoz de Lamadrid. Una primera versión incluso lo da por caído en combate, pero el antiguo oficial de Belgrano tiene más vida que un gato y solo morirá de viejo.

Prontamente restablecido, Lamadrid vuelve a las andadas, sumando en sus filas a los mercenarios colombianos del comandante Domingo López Matute. Estos soldados de la Independencia latinoamericana (mano de obra desocupada) vienen cometiendo todo tipo de desmanes sin respetar siquiera mujeres y niños: sus “salvajadas” servirán luego para defenestrar a los unitarios, por norma general.

Quiroga se promete exterminarlos y cumple, al pie de la letra y de la espada. Lamadrid busca refugio en el norte y pasa a Bolivia. Fin del capítulo.

Sin tregua tampoco en el frente externo, el país estaba en guerra con el Imperio del Brasil por la invasión de la Banda Oriental.

DAR EL GOLPE

Vencidos en las provincias, los unitarios no presentaron candidato en las elecciones bonaerenses de 1827, que consagraron al coronel Manuel Dorrego como gobernador. El federalismo cabal de Dorrego tenía cierta pátina doctrinaria y exótica, fruto de su estancia en Baltimore, donde había estado exiliado década atrás. Quizás por eso, se propuso gobernar con todas las garantías de la ley, sin medir los riesgos ni las acechanzas.

Obligado a una paz ingrata con Brasil, por la calamitosa herencia económica recibida, la conspiración latente encontró conductor con el regreso del general Juan Galo Lavalle, al mando de un ejército profesional, quien acepta el encargo de los complotados, que han preparado el terreno con una campaña de desprestigio, abonada por la prensa adicta.

Legalista hasta la ingenuidad, Dorrego aun lo invita al Fuerte y sede de gobierno, intenta parlamentar con Lavalle, no cree en su traición, pero la respuesta es lapidaria.

El fusilamiento del gobernador, en los campos de Navarro, apenas un par de horas después de ser capturado por las tropas insurrectas, es uno de los episodios más significativos de nuestra historia.

Está ahí, como testigo, nuevamente Lamadrid, quien en sus autoindulgentes Memorias, se presenta como infructuoso mediador y solo atina a prestarle una chaqueta militar para morir con honor.

Todos los ingredientes de los clásicos golpes de Estado confluyen en el derrocamiento de un gobierno legítimamente electo. No es caprichoso que historiadores modernos lo consideren la primera ruptura del régimen institucional.

HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

Pragmático y astuto, Rosas asume la conducción de la guerra total contra el unitarismo porteño, en sus propios términos. Sitiada por tierra por sus gauchos, la ciudad es un caos y tras algunas escaramuzas fallidas, Lavalle se ve obligado a negociar una retirada.

Pero en el interior, la situación es terrible.

El golpe unitario había provocado la unificación federal. Se suceden las matanzas y las humillaciones del enemigo (el ex fraile Félix Aldao, de la cruzada sanmartiniana, enrolado en el federalismo, es paseado semidesnudo en burro por Córdoba).

Ninguno de los comandantes en armas se priva de cometer atrocidades.

“Mata aquí, mata allá, mata acullá, mata en todas partes… no había que dejar vivo a ninguno”, refiere en sus recuerdos de guerra, Domingo Arrieta, un oficial del general José María Paz, jefe militar unitario.

Considerado el más brillante estratega de su generación, el “manco Paz” va a protagonizar un episodio de vaudeville. En los alrededores de El Tío, en su Córdoba natal, vigilaba a las fuerzas del santafesino López, que venía a enfrentársele, coordinado con Quiroga y el porteño Balcarce, cuando cometió la imprudencia de salir al descubierto, para encontrarse en medio de una partida federal.

Zumbaron en el aire las boleadoras de un atento soldado para enredar las patas del caballo, que cayó pesadamente, inmovilizando a su jinete.

Remitido a Buenos Aires como prisionero, Paz se convertirá en huésped forzado pero de lujo, en la sociedad de la época, contrayendo matrimonio con su sobrina Margarita Weild, una bella historia de amor entre tanto horror.

El Pacto Federal suscripto a principios de 1831 por las provincias, que delegaba en la omnímoda Buenos Aires, ahora con Rosas en el gobierno, la representación de las Relaciones Exteriores, pondrá un bienvenido manto de calma, pero será apenas una pausa en el fragor de una guerra interminable.

Escrito por
Oscar Muñoz
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