Ya transcurre la madrugada posterior a esa fecha fundacional, 17 de octubre de 1945. Miles de trabajadores llegados de la periferia industrial, “el subsuelo de la Patria sublevado”, al decir de Raúl Scalabrini Ortiz, desconcentran lentamente la Plaza de Mayo que mantuvieron ocupada durante toda la larga jornada. Llevaron pancartas con consignas y una demanda irrenunciable. La libertad de ese flamante líder, el coronel Juan Domingo Perón, encarcelado por turbias internas militares. Algunos se refrescaron en la fuente los pies fatigados por la larga marcha, fijando otra postal para la posteridad.
Los asistentes ya consiguieron su objetivo, ya escucharon la palabra del recién liberado de su prisión en la isla Martín García, renunciando al honor de lucir las palmas de general de la Nación y poniéndose al “servicio integral del pueblo argentino”.
Entonces, sobre la emblemática avenida que comunica la Casa de Gobierno desde cuyos balcones se pronunció el discurso, con el Congreso Nacional, a la altura del edificio donde funciona el influyente diario Crítica, se escuchan disparos.
Hay un cuerpo que cae, la cara ensangrentada. Sus acompañantes lo rodean, lo cargan como pueden, se dirigen a toda prisa al Hospital Durand. Pero la atención médica de urgencia, que se reparte con otros muchos heridos de bala, es vana, inútil, para la gravedad mortal del caso.
El nombre del fallecido es Darwin Passaponti, estudiante del Colegio Normal Mariano Acosta, delegado de la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios (UNES). No había cumplido aún los 17 años. También habrá otra víctima fatal: Francisco Ramos (21), integrante de la Alianza Nacionalista, su agrupación madre.
El desencadenante de lo sucedido en aquella madrugada fatídica es motivo de polémica.
Según la versión transmitida de un periodista de la redacción, Jorge Chinetti, a Alvaro Abós, para su biografía del empresario de medios Natalio Botana, concluido el acto, una columna de la Alianza se desprendió en dirección al edificio del diario.
Crítica se había manifestado crudamente en contra de la continuidad de Perón en el gobierno y en la edición vespertina había ninguneado a los manifestantes que acudían a la plaza, publicando una fotografía parcial de un reducido grupúsculo.

Siempre según Chinetti, los militantes amontonaron sillas y mesas de cafés vecinos sobre la entrada del edificio y las prendieron fuego. También dispararon con armas, lo que fue respondido desde el interior. En esas circunstancias, resultaron heridos de muerte ambos jóvenes. Da que pensar que solo se hayan registrado bajas en uno de los bandos, como en tantos posteriores “enfrentamientos” promediando la década de 1970.
Distinta es la versión testimonial de al menos dos asistentes a la jornada. Militantes históricos como Aldo Capece, entonces estudiante del Colegio Otto Krause y luego doctor en Química por la Universidad de La Plata, y el poeta Ariel Carlino, que conocía bien de cerca a Passaponti, repitieron siempre que los disparos partieron con premeditación y alevosía desde Crítica, cuando los manifestantes se desconcentraban cantando y caminando en dirección a Plaza Once, porque ya no corrían más subtes.
En cualquier caso, los agitados acontecimientos posteriores que concluyeron con el primer triunfo electoral del peronismo abortaron todo atisbo de investigación y el crimen permaneció impune.
Rebelde con causa
Ironías al margen, Darwin provenía de un hogar a prueba de “grietas”. Su padre, Trento Passaponti, era de filiación anarquista, y su madre, Cándida Quiroga, ferviente católica. Se conocieron compartiendo aulas en la Universidad de Tucumán y se establecieron familiarmente en Zenón Pereyra, al sur de Santa Fe, donde Trento instaló una farmacia. Ahí nacieron sus hijos, dos mujeres y Darwin, el menor.
De la convicción anarquista y positivista paterna provino no solo el nombre, sino su tardío bautismo, cuando el pequeño contaba dos años. Tuvieron que esperar una ausencia circunstancial para llevarlo a la iglesia y adjuntarle un segundo nombre (Daniel) para que el cura párroco accediera a impartirle el sacramento, porque el primero no figuraba en el santoral católico.
Una mala racha económica, o alguna crisis por el estilo, empujó a la familia a buscar mejor destino en Buenos Aires, donde Trento volvió a abrir una farmacia, en el barrio de Caballito, con vivienda en la parte trasera.
Mientras hacía planes para ingresar a la Marina, Darwin comenzó a interesarse tempranamente por la política, y así se acercó al ideario nacionalista de la Alianza y se integró a su brazo juvenil.
El accionar desarrollado por la agrupación de derecha ha sido cuestionado por historiadores de la violencia política en el país. El antisemitismo de cierta dirigencia y algunas prácticas patoteriles son repudiables sin ambages. Su rol formativo de cuadros a futuro es más arduo y complejo de desentrañar. Desde un ignoto Rodolfo Walsh, el controvertido Joe Baxter, ligado a los orígenes del ERP, hasta el
comandante del Operativo Cóndor en Malvinas, Dardo Cabo, pasaron en distintas circunstancias por esa y otras posteriores encarnaciones del mismo tronco en común.
Si no pudo inculcarle su credo ideológico, Trento, que fue autor de una obra teatral, La hora incierta (1938), y de una novela, La chacra del mangrullo, publicada en la década del 40, quizá haya transmitido a su hijo el amor por las letras.
De Darwin se conoció un poema escrito al calor de la militancia que dice: “Quise cruzar la vida con la luz del rayo que el espacio alumbra / seguro de no vivir más que un instante / seguro de no morir debilitado. Así como el rayo / corto, breve y soberano”.
Una lectura inmediata y apresurada hubiese atribuido aquellas intenciones a jactancias juveniles. Pero su prematura y trágica muerte infunde a esos sencillos versos el aliento de una despedida con carácter de epitafio.

Según pasan los años
Algo de la militancia de Darwin se continuó en el posterior devenir político del padre, adscripto al peronismo, que incluso se presentó como candidato a la intendencia de Moreno, donde estaba radicado con su familia, por el sello Unión Popular (dada la proscripción del PJ), en las elecciones provinciales de 1962 que llevaban la fórmula Framini-Anglada en la cabeza de lista.
Con el tiempo, un ejemplar de la novela de Trento llegó a manos de Perón, ya exiliado en Madrid, quien devolvió gentilezas con un reconocimiento especial para el hijo caído en pos de un ideal, al que consideró el “primer peronista”.
Agregaba el añoso líder en carta fechada hacia 1967: “Desde aquí, me uní al homenaje que el peronismo en su tumba rindió con motivo del aniversario de su fallecimiento y que en esta ocasión rememoro con emoción”.
Con su habitual lucidez para leer los matices del movimiento nacional, Arturo Jauretche apuntó tras la victoria de la fórmula Campora-Solano Lima en las las elecciones generales de 1973, después de 18 años de proscripción: “Recuerdo haber comentado un artículo de David Viñas. Él decía que la ‘generación del 45 se había equivocado’. Y yo preguntaba: ‘¿Desde cuando los estudiantes (universitarios de la época, mayoritariamente antiperonistas) son la generación del 45?’. También eran generación del 45 los jóvenes peones, los jóvenes empleados, los jóvenes seminaristas y los jóvenes cadetes. Y esa generación del 45 no se equivocó. Estuvo en su posición”.
Tal vez pensaba también en Darwin Passaponti, el primer mártir del naciente peronismo.
