Su estreno, a cargo de la actriz y ocasional cantante Mecha Delgado, sucedió en Montevideo, una noche de 1926. Entre el silencio condenatorio y algún que otro abucheo insolente, la reacción del auditorio ante “Qué vachaché” no pudo ser más adversa. “El público no entendía aquello”, explicaría su autor y compositor, Enrique Santos Discépolo. “Y como siempre, cuando algo no se entiende, se rechaza. Para el público aquello no era un tango.” Dos años más tarde, tras el triunfo de “Esta noche me emborracho”, Discépolo ya era un autor incuestionable, y entonces “Qué vachaché” fue escuchado de otro modo: era un tango, sin duda.
Antes de aquella apoteosis de autoría, una joven bailarina y cantante de 23 años llamada Tita Merello se animó a entonar los compases del tango rechazado. Desafiante, lo hizo en el teatro Apolo, en el marco de la pieza revisteril Así da gusto vivir. La noticia pasó inadvertida, salvo para Discépolo, que siempre le agradecería a Tita su audacia para cantar lo que nadie quería escuchar. En 1928, solo conocían a la Merello quienes solían asistir a los espectáculos con bataclanas, esas herederas plebeyas de la escena revisteril francesa impuesta en Buenos Aires unos años antes por la compañía de Madame Rasimi. Danzando y cantando, las bataclanas intentaban salir de la pobreza del arrabal a fuerza de belleza o picardía. Y entre ellas estaba Tita. Muchos años más tarde, ya siendo una estrella del espectáculo nacional, ella cantaría aquello de “Se dice que soy fea / que camino a lo malevo / que soy chueca y que me muevo / con un aire compadrón”. Solo una bataclana con esos defectos devenidos atributos había sido capaz de interpretar “Qué vachaché” con el honesto desenfado que requería la letra.
Tita Merello ocupa un lugar singular en la constelación de las grandes cancionistas que, especialmente en la década de 1930, supieron descollar en un mundo musical dominado por varones. Su estilo fue el del tango arrabalero, en la línea genealógica inaugurada por Rosita Quiroga y continuada por Sofía Bozán. Tangos reos, proletarios. Un poco cachadores, de un apostrofar socialmente revanchista que ocultaba el dolor tras la máscara de una comicidad amarga. En “Arrabalera”, con música de Sebastián Piana y letra de Cátulo Castillo, Tita canta: “Mi casa fue un corralón, / de arrabal, bien proletario. / Papel de diario, el pañal / del cajón en que me crie”. Lejos de la veta sentimental que dominaba el tango canción, aquel repertorio funcionó como un recordatorio del origen humilde del género.
EN DISCOS Y EN EL CINE
Tita grabó una cantidad moderada de tangos, con algunos intervalos extensos. Entre 1929 y 1930, registró para el sello Victor “Sos una fiera”, “Qué careta” y “Che bacana”, entre otros títulos cáusticos. Desde su participación en ¡Tango!, el primer filme sonoro argentino, hubo más chance de toparse con su voz en las películas que en los discos: “Yo soy así pa’l amor” (¡Tango!), “Niebla del Riachuelo” (La fuga), “El choclo” (La historia del tango), “Muchachos a mí no me cambia nadie” (Viva la vida), “Se dice de mí” (Mercado de Abasto), “Arrabalera” (Arrabalera), “Sobre el pucho” (Vivir un instante) y “La milonga y yo” (Viva la vida). Como cancionista “pura”, si acaso eso era concebible, en 1954 grabó una tanda con la orquesta de Carlos Figari, y en 1956, otra con Francisco Canaro. En los años siguientes se volcó casi exclusivamente al cine y a algunas intervenciones en TV. Volvió a grabar tangos en 1979, por última vez, junto a Héctor Varela. La milonga “Permiso” pudo entonces ser escuchada como un regreso y, al mismo tiempo, una despedida: “Volví con todas las ganas / de ser la milonga, la musa del pueblo. / Que el nombre que llevo, / del pueblo nació…”
Si al mentar las voces del tango su nombre no es citado con la frecuencia que distingue a los de Mercedes Simone, Azucena Maizani o Ada Falcón, esto es, sencillamente, porque la actriz Merello terminó ensombreciendo o relegando a un segundo plano a la Merello cantante. Las objeciones tantas veces esgrimidas de que no tenía una gran voz, o de que en algunas de sus interpretaciones la entonación la traicionaba, no parecen ser del todo relevantes. Al fin y al cabo, cantar “bien” un tango o cualquier especie de canción popular supone un conjunto de cualidades no exclusivamente fónicas ni musicales en un sentido convencional. Quizá un tema como “Milonga triste” no hubiera sonado tan conmovedoramente en la voz de Tita como en la de Mercedes Simone, pero ¿quién puede dudar de que la versión de “Cambalache” por la Merello se equipara en expresividad y elocuencia a la de Julio Sosa, o que la ranchera “¿Dónde hay un mango?”, feroz y al mismo tiempo cómico testimonio de la crisis de los 30, suena más convincente en la voz de Tita que en la de cualquier otro intérprete de aquella época? Incluso en melodías más elaboradas, como la de “Niebla del Riachuelo” (Cobián-Cadícamo), incluida en el filme La fuga de Luis Saslvasky, la cantante/actriz revela un notable caudal de dramaticidad. En ese filme, Tita es nuestra Marlene Dietrich.
CANTO Y RECITADO
Su talento interpretativo se basaba tanto en el canto como en el recitado, o en ese medio canto que refuerza la intención teatral. Tita “actuaba” las letras que elegía interpretar, y al hacerlo generaba un efecto de identificación inmediato, como si en verdad lo que cantaba fueran situaciones de su propia vida. Más que apropiarse de los temas, daba la impresión de estar cantando un material especialmente escrito para ella. Desde luego, la letra tenía siempre un valor definitorio, pero no por ello su expresión dejaba de ser musical, aun las veces en las que, frente a un pasaje melódicamente difícil, resolvía alguna limitación técnica disolviendo la melodía en una exclamación, o simplemente optando por “decir” la letra.
La nostalgia no estaba totalmente ausente de su repertorio, pero la vitalidad que Tita le imprimía a cada una de sus interpretaciones la alejaba de cualquier atisbo de sentimentalismo, como si en su estilo de canto sonaran los ecos del tango primigenio, aquel zumbón y atrevido que alguna vez había escandalizado a los hogares de la emergente clase media. Hoy, en un momento de fuerte pregnancia de las políticas de género, la figura de Tita brilla acaso más que nunca. Lo hace desde las películas que interpretó, y también en ese puñado de tangos que eligió cantar de un modo avasallante, sin pedirle permiso a nadie. Por otra parte, ¿quién se hubiera atrevido a decirle a una mujer nacida en un “corralón, de arrabal, bien proletario” cómo debía cantarse el tango?
