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Las grandes melodías

Ilustración: Hugo Horita
Ilustración: Hugo Horita

La poética discepoliana no sólo dio cuenta de una época sino que captó la universalidad de la condición humana en unos tangos que no tienen fecha de vencimiento.

“No soy un filósofo. Quien filosofa es el artista que hay en mí.” Las palabras de Albert Camus bien podrían haber sido de Discépolo, a quien le impusieron muy pronto el rótulo de “filósofo del tango”. No había cumplido treinta años ni había escrito sus versos más emblemáticos cuando la revista La Canción Moderna publicó: “‘Esta noche me emborracho’ es la tragedia del hombre que siente, ‘Qué vachaché’, la del hombre que piensa, y ‘Chorra’, la del hombre que cree. El tango tiene ya su salvador y su filósofo. Welcome”. La hondura existencial de “Yira… yira” y “Desencanto” o su faceta teológica en “Tormenta” vendrían después. Y aun entonces, como una metafísica del “hombre simple” que Enrique se complacía en ser.

Su primera obra como autor y compositor, “Qué vachaché” (“Lo que hace falta es empacar mucha moneda…”), inauguró en 1926 una línea de crítica social que seguiría con “Qué sapa, señor” y culminaría con “Cambalache”. Pero fue “Esta noche me emborracho” (“Sola, fané, descangallada, la vi esta madrugada salir del cabaret…”) el éxito que cambió su vida en 1928, entre otras cosas, porque lo unió a Tania, la diva que lo cantaba en el Folies Bergère. Tragicómico relato del reencuentro con un antiguo amor, ese tango estaría destinado a dividir aguas: Nicolás Olivari celebró “esa frase inaudita que Lope de Vega escuchó verde de envidia en su inmortalidad: ‘Fiera venganza la del tiempo…’”; María Elena Walsh lo repudió como una “síntesis de misoginia tanguera que hemos repetido, admirado y festejado”.

Carlos Gardel grabó “Chorra”, “Qué vachaché”, “Esta noche me emborracho” y, en los albores del cine sonoro, cuando filmó la serie de cortometrajes musicales que prefiguraron MTV, volvió a incluir un tango de Discépolo en el repertorio. En esa ocasión, el cantor compartió pantalla con el autor como estrella invitada, en un breve paso de comedia que prologa la versión de “Yira… yira”. Profeta del desamparo (“Cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer secándose al sol…”), Discépolo no dejaría dudas sobre la carga autobiográfica de “Yira… yira”: “El más mío de todos los tangos”, dijo en sus charlas en Radio Belgrano. Aunque al mismo tiempo, afirmó: “Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos” (es el Discépolo compasivo que retratará más tarde Homero Manzi en su homenaje al amigo: “Te duele como propia la cicatriz ajena…”).

LA CANCIÓN DEL SIGLO

Leónidas Lamborghini postuló “Cambalache” como “el verdadero himno nacional argentino”, y el Comfer de la última dictadura admitió implícitamente su vigencia inoxidable al suprimirlo de las programaciones radiofónicas. Fresco social anclado en el siglo XX, “problemático y febril”, e inmerso en la atmósfera de la década del 30, “Cambalache” atravesó la frontera del milenio sin perder actualidad. Los nombres del estafador Alexandre Stavisky, el boxeador Primo Carnera o el capo mafia Juan “Don Chicho” Galiffi, que menciona la letra, podrán significar poco para las nuevas audiencias. Pero la síntesis de la imagen de la Biblia contra el calefón no pierde efecto, de las versiones tradicionales de las orquestas de Canaro y Lomuto y los éxitos posteriores de D’Arienzo-Echagüe o Julio Sosa a los crossovers de Caetano Veloso, Sumo o Raphael.

Norberto Galasso trae a Pirandello y la definición del grotesco, “Hermes bicéfalo que con una cara ríe y con la otra llora”, para hablar del estilo de Discépolo. En la efervescente escena del tango-canción de su tiempo, el talento de Enrique desplegó una voz poética única, en la que el sentido trágico podía, también, resonar con el eco de un humor cruel. “Discépolo llenó toda una época, no sólo de canciones sino de reflexiones –escribió Edmundo Rivero, otro de sus grandes intérpretes–. Uno encendía la radio y aparecía ‘Esta noche me emborracho’; oía cantar a un ama de casa detrás de unas celosías y la historia era ‘Confesión’; descifraba el silbido de cualquier repartidor y era ‘Yira… yira’.” El encuentro con el pianista Mariano Mores –joven prodigio de la orquesta de Canaro– abrió nuevos horizontes melódicos para Enrique, que había creado intuitivamente la música de sus canciones. Sobre el inicio de su colaboración, Mores solía contar que, en 1940, le había entregado a Discépolo un tango romanza, provisoriamente titulado “Cigarrillos en la oscuridad”, y el poeta se había comprometido a ponerle versos. Pasaron tres años, se afianzó una amistad y el asunto pasó al olvido, hasta que un día Enrique apareció con la letra. “Cigarrillos en la oscuridad” se convirtió en el monumental “Uno”, sellando un binomio autoral de los más notables, aunque no prolífico, del género. Volvieron a colaborar en “Sin palabras” y en “Cafetín de Buenos Aires”, del que Mores reveló que un hallazgo, la figura de “la ñata contra el vidrio”, fue ocurrencia del actor Arturo de Córdova, testigo circunstancial del proceso creativo. “Cafetín de Buenos Aires” fue escrito en una semana –celeridad inédita en el autor–. Cuando lo censuraron en radio, Discépolo observó: “Se ha dicho (…) que es un tango pesimista. Pero yo no inventé la realidad que refleja”.

EL LEGADO

La mítica Tania, que compartió con él más de dos décadas, fue intérprete de sus tangos y lo sobrevivió casi medio siglo, le confió a Antonio Rodríguez Villar, en una larga entrevista, que Enrique había redactado cuatro testamentos, y que insistía: “Quiero que te quedés tranquila y por eso te dejo cuarenta y dos departamentos. Sí, cuarenta y dos tangos, valses…todo lo que he escrito. Cuarenta y dos departamentos que se tocan solos. Y las escaleras no se rompen, los ascensores no se descomponen, los inquilinos te pagan, nadie te va a deber, ninguno se va a ir sin pagar”.

De ese legado, además de las canciones mencionadas, forman parte “Malevaje” (con música de Filiberto), “Canción desesperada”, “Victoria”, “Justo el 31”, “Soy un arlequín”, el vals “Sueño de juventud” y la letra que a mediados de los 40 recreó “El choclo” de Villoldo, por intentar una enumeración parcial y arbitraria. Aunque no estrenó canciones después de “Cafetín de Buenos Aires”, durante los tres últimos años de su vida, al morir dejó algunos papeles inconclusos. Con la contribución de otros poetas indispensables, de allí surgieron tangos póstumos. Uno es “Fangal”, que completó Homero Expósito con su hermano Virgilio. Otro es “Mensaje”, la melodía inédita que Tania le entregó a Cátulo Castillo. “Mis palabras hubieran querido ser las tuyas”, dijo su amigo en el trance improbable de remedarlo, sabiendo que Discépolo era un artista único. Uno.

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Irene Amuchastegui
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