Tenía unos ojos fulgurantes, una nariz en puntita para tirarse en trampolín y una boca dibujada. Sin embargo, tuvo que lidiar desde chica con el mote desdeñoso de piba rea, fea, pobre… Un tendal de violencias machistas naturalizadas que una criatura de arrabales como ella, que caminaba sacando chispas, logró transformar en valor.
Morocha y petacona, pícara, malhablada, supersticiosa, generosa, desafiante. Unas piernas preciosas. Su impronta no recordaba a las finuras de Katharine Hepburn sino a los vaivenes criollos de una Edith Piaf. Infancia de hambre, y adultez con clamor de masas, amor y dolores entreverados. Decían algunos que su voz era chiquita, que desafinaba, pero fue expresiva y querida como pocas. Supo de la calle y sus abusos, no fue madre ni se casó. Aprendió a leer y escribir a los veinte años, cuando hacía rato que pisaba los escenarios.
La milonga más hermosa del mundo, “Se dice de mí”, lleva su sello inmortal aunque Ivo Pellay y Canaro la habían imaginado al principio para un varón. Tita la cantó por primera vez en 1943 y la llevó al cine para consagrarla en 1955, en la célebre película Mercado de Abasto, de Lucas Demare. Desde nuestro presente, la gran cantora Julieta Laso reconoce que esa milonga, escuchada por primera vez en su infancia, encendió para siempre su sensibilidad: “Tita fue la primera artista que me pegó emocionalmente y me capturó para siempre –admite la exintegrante de la Fernández Fierro–. Tenía unos doce años, y fue importante porque pasó siendo muy chica y sin saber que me iba a dedicar al tango diez años después”.
Sobre la chimenea de su departamento en Palermo, una gran foto de Tita acapara el salón diario: es un retrato insinuante que le tomó en 1952 la fotógrafa Annemarie Heinrich, con la melena agitada a la luz y algo dramático en la mi- rada. “Esta foto es espectacular –reafirma Julieta como saludándola–. La gente que me viene a ver y que me acompaña, siempre me regala estas cosas hermosas de ella”.
–¿Cómo es que a una nena de mediados de los 90 le pega el fanatismo por una artista de tango de la época de su abuela?
–Fue rarísimo. Escuché en la tele “Se dice de mí” y quedé fascinada. Fue algo aparentemente irracional, a lo que pude ponerle palabras de grande. Estudiaba teatro desde los nueve años, era una nena de Villa Luro y mis compañeras no escuchaban tango. Mi mamá me llevó al Parque Rivadavia a comprarme todo lo que hubiera de ella. Tengo cajas con esos cassettes. Lo que vino después fue un fanatismo tremendo hasta saberme todas sus canciones, con puntos y comas. Las cantaba exactamente igual. Fue mi primer acercamiento al tango.
–¿Por qué creés que le criticaban tanto su manera de cantar?
–Hay gente que valora solamente la técnica. Tita era una artista de las que se hacen a sí mismas, no en una academia legitimada. Decía lo que pensaba y encima era muy famosa, ¡por supuesto que la iban a criticar! Evidentemente fue una artista popular y disruptiva. Es cierto que había un montón de figuras increíbles que tenían más técnica o caudal de voz, como Ada Falcón. Pero lo que pasó con Tita no le pasó a nadie más: creó algo muy de ella, único, más importante que cualquier virtuosismo. Además, se volvió un mito por todo ese amor que tenía por lo popular: amor por la calle Corrientes, por las doñas, los laburantes, las personas reales.
–¿De sus tangos hay alguno que disfrutás más escuchar o interpretar?
–Me gusta todo lo que cantó, pero “Llamarada pasional” me vuelve loca porque está escrito por ella: es el único tango que compuso. Tita le agradece a Stamponi, que lo musicalizó, porque decía que gracias a él pudo “llorar con música”. Y yo coincido, el tango es exactamente eso: una música con la que se puede llorar. Últimamente estoy escuchando y cantando mucho “Hotel Victoria”, que era su favorito. Yo no lo sabía, me lo contó Camila Sosa Villada, que también se los sabe todos de memoria. Me hace muy bien también escuchar a Tita hablar: cuando estoy medio floja de fuerza o dudo antes de subirme al escenario, me pongo una entrevista increíble que le hizo Antonio Carrizo en 1984 y repunto. La fuerza de esta mujer es impresionante y sobre todo lo que es como artista, alguien tan real. Toda la gente con la que trabajo, en la música, el cine o el teatro, tiene un respeto superior por Tita.
–¿Tenés algo de ella en tu repertorio?
–No, en un concierto nunca me animé a interpretarla… por ahora. Pero puedo cantarla algo en un cumpleaños, con amigas o en alguna noche tarde cuando pierdo un poco la vergüenza. ¡Porque me pasa que la canto tan imitándola! Cuando aprendés algo de chica se da un poco así. Tita es una de mis mayores influencias, junto con Violeta Parra y Mercedes Sosa.
–¿Por qué canta una artista popular?
–Estaba viendo esta semana un documental maravilloso de Mon Laferte, Soy lo prohibido. Ella cita una frase famosa de aquella entrevista de Carrizo, donde Tita dice: “A mí me enseñaron la vida y el hambre: yo entré al teatro y cantaba por hambre”. A veces yo también me pregunto por qué cantamos, para qué cantamos, y un día Lucrecia (Martel, su pareja) me dijo esto, hablando esa vez de Chavela Vargas, pero aplica a las cantoras en general: “Una persona que canta es un animal muy primitivo que sabe hacer unos ruidos, unos graznidos, unos chirridos. Todo ese sonido que sale del cuerpo. Pero lo que convierte a una persona que canta en cantora es la pretensión mediante esos sonidos de unirse a otros. Unirse en el dolor, unirse en la felicidad. No dar consuelos, sino compartir el dolor, compartir el dolor”.
