La Academia Nacional del Folklore recopiló, en formato virtual, la obra completa de Jorge Marziali, cantautor, poeta y periodista mendocino. El libro fue declarado de interés cultural por la Cámara de Diputados de la Nación y se distribuirá en forma gratuita en escuelas y bibliotecas del país. El material se encuentra a disposición del público en el sitio web de la Academia.
Sobre la obra de Marziali, Caras y Caretas conversó con el poeta mendocino Sergio Moran, autor de Calle desconocida (Peces de ciudad), Ya no acampan gitanos en los baldíos (Ediciones en Danza), El amor es un exceso de lenguaje (Peras del Olmo).
–”Cebollita y huevo”, “Coplas para la libertad”, “Ese Manuel que yo canto” y “Los obreros de Morón” son algunos de los temas de Marziali. ¿Qué le provocan? ¿Siguen teniendo vigencia?
–Esas canciones de Marziali tienen plena vigencia. Él empieza a grabar en 1983/84, época de vuelta a la democracia. Después viene la caída del Muro y Jorge sigue componiendo en todo ese ambiente que oscila entre el escepticismo y las promesas incumplidas. Lo vuelvo a escuchar y parece que su voz canta para hoy. Para mí tiene que ver con que hace décadas vivimos en la misma etapa, una especie de final que no termina nunca de desenvolverse, y sus canciones a veces parecen proféticas.
–¿Qué ejes encuentra en la poesía de Marziali?
–Son parecidos a los de muchos verdaderos creadores populares en América, de Bob Dylan a Atahualpa Yupanqui pasando por la trova cubana: el paisaje, el amor, la realidad de la gente de estas tierras y sus esperanzas.
–¿Cómo transmitió su ideología en sus textos? ¿Qué es lo que diferencia un panfleto de un poema social?
–La ideología está presente en todos, sin distinción. En ese sentido asume la voz de los más desfavorecidos, de los desposeídos, y evoca tanto sus dolores como la dignidad para sobrellevar las desigualdades en las que se mueve el hombre común. La poesía, la canción, es social desde el momento que utiliza el lenguaje, que es social. La poesía se distingue porque maneja algún nivel de sugerencia, por ejemplo en la canción “Cómo pueden olvidarse” utiliza la analogía entre hombres, flores, río, árbol para preguntarse cómo puede ser que el hombre se olvide de su condición. Pregunta por de más actual, en la Argentina y en otros países. Combina un lenguaje cristalino (cosa nada fácil de lograr), una pregunta profundamente humana y la comparación como recurso poético. Eso diferencia un panfleto de un poema. Eso es la poesía de Marziali.
–¿Como se refleja el paisaje en los poemas?
–Para responder diría que hay que escuchar canciones como “Con el monte, no”, “Conurbanos”, “Cueca de la cosecha”, “Alero y paloma” o “Algunas mujeres solas”. Allí está el paisaje, que nunca es una entidad ajena, pero tampoco es lo pintoresco, vaciado de las luchas y esperanzas de la gente. Incluso está el paisaje íntimo que Marziali también sabe poetizar con melancolía y ternura.
–¿Qué encuentra en las canciones para niños que escribió?
–Otra vez aparece lo real: con elementos cotidianos, familiares y una ternura e imaginación admirables, consigue algo muy importante para las infancias que es no subestimarlas. Son textos preciosos que aún hoy pueden hacer encontrar a un niño con lo mejor de la poesía.

–¿Cómo le habló a la patria?
–Le habló no solo en sus letras. Fue capaz de hablar en los diversos estilos de música que florecieron en este territorio. Les habló a los que viven y muchas veces soportan los dolores de la patria: los obreros de las ciudades, los desocupados, los obreros rurales, los niños que caminan kilómetros para ir a la escuela, el paisaje y su silencio. Les habló a la historia de este país, a sus creadores, a sus desaparecidos. Y le habló a una patria que excede las fronteras, la patria grande en la que él creyó, la de su canción “Abya Yala”.
–En sus letras se vislumbra el “nosotros”, a diferencia de muchos que en la actualidad son mas yoístas.
–Sí, es cierto. Es coherente con todo lo que venimos hablando. Le habla a un “tú” que siempre, de una u otra forma, es colectivo. Y se hace parte también como testigo de un tiempo inseguro, donde la única certidumbre es el gesto cotidiano de humanidad y la esperanza de que podamos ser capaces de recordar. Creo que ese “nosotros” es una apelación a recordar que pudimos hacer otra cosa con desigualdad y que es tiempo de intentarlo.
–¿Qué representa para el pueblo de Mendoza?
–Para nuestra provincia Marziali representa uno de sus últimos juglares. Un tipo que conocía a su gente porque la veía y la escuchaba y supo hacer de eso canción. Si dentro de muchos siglos preguntan qué fuimos, ojalá quede alguna canción de Jorge.
–¿Como poeta y director de la revista digital Futuros eran los de antes, dedicada a la poesía escrita en Mendoza, que siente ante la obra de Marziali?
–Siento un profundo respeto por las razones que expresé en la pregunta anterior y admiración por su sensibilidad. Al escuchar muchas de sus canciones uno anhela poder escribir alguna vez un verso con esa humanidad, con esa capacidad de nombrar la esperanza, el dolor, la nostalgia o el amor. Y no abandonar nunca el intento de la poesía. Ese es uno de sus mayores compromisos.
Otro acercamiento
“Mi primer contacto con la obra de Jorge Marziali –relata el escritor mendocino Alejandro Frías–, fue a través del disco Cantaniño 3, de 1979, en el que había dos canciones de él, ‘Refalosa de los patines’ y ‘Candombe de la maleta’. De la primera de ellas me encantaba que un paisaje tan próximo a mí, como el de las calles Las Heras y San Martín, estuviera en una canción, pero tanto o más próximo a sus canciones me hacía sentir la segunda canción, porque, como la mayoría de los niños y las niñas de la época, yo iba a la escuela con una maleta que revolcaba, lustraba con pomada marrón y tenía adentro un despelote de migas, papelitos, juguetes chiquitos, lápices gastados… Pero en ‘Candombe de la maleta’ había algo más: las últimas estrofas hablan de regalar la maleta una vez que dejara de usarla a un chico que llevaba sus cosas en una bolsa de lana. Lo recuerdo y se me eriza la piel. La voz de los chicos de Cantaniño y la letra de ese a quien en el disco citaban como ‘Jorge Luis Marziali’ hablaba de solidaridad, de comprensión, de mirar las necesidades de otra persona. Claro, no tenía por entonces tantos elementos como para analizar en profundidad qué nos estaba diciendo Marziali, pero con un mensaje tan simple, tan directo, eso no se comprende, se siente. Después, cuando ya estaba en la secundaria y comencé a reunirme con grupos amplios y a militar en las agrupaciones de los centros de estudiantes, aparecieron canciones como ‘Los obreros de Morón’, ‘Cebollita y huevo’, ‘Así hablaba don Jauretche’, ‘Yo elijo criollos’ y muchas más, además de su poesía, que acompañaron esa militancia. Por fin lo pude conocer personalmente a principios de los 90 después de un recital, y aunque nunca tuvimos una relación de las que se podrían denominar de amistad, siempre su obra estuvo presente, por eso, cuando nos cruzamos en un pasillo y me dijo que tenía un texto terminado y que tenía ganas de publicarlo, no dudé ni un segundo en que quería ser yo quien se lo publicara. Una anécdota tal vez folklórica de mi relación con Marziali y su obra es que después de uno de sus conciertos, que había sido en el Centro de Congresos y Exposiciones de Mendoza, nos llevaron presos. Éramos entre seis y ocho, no lo recuerdo bien, y en el patio de la comisaría hacíamos ronda alrededor de una fuente de agua riéndonos y cantando sus canciones.”
–¿Las nuevas generaciones en Mendoza, que no conocieron a Marziali, cómo se ubican ante su obra?
–No podría hacer especulaciones respecto de esto, pero imagino que alguien que hoy es adolescente o está en su primera adultez no tiene muchas formas de acercarse a su obra, como a la de tantos otros referentes de nuestra canción, en particular, y de nuestro arte, en general. Sus canciones ya no se pasan por radio, las plataformas de música no ofrecen sus temas, la oferta es amplísima y, fundamentalmente, hay una desmovilización importante, una apatía general y un individualismo bien marcado, que hacen que tal vez las nuevas generaciones no puedan llegar a estas obras (de Jorge, de la Negra Sosa, de Atahualpa, de Moris, de Silvio Rodríguez, de Zitarrosa, del primer Miguel Abuelo, por citar referentes solo de la música) si no es por la mediación de personas adultas.
–¿Cómo está compuesto el libro El ciempiés equivocado?
–El ciempiés equivocado está compuesto por trece relatos breves destinados a las infancias, con una estética, en cuanto a lo literario, muy lúdica, lindando muchas veces con el absurdo. Varios de los textos que componen el libro tienen un ritmo en clave de rima, a pesar de que estén escritos en prosa, lo que permite jugar con cada oración o párrafo. “Así juntó dinero y un día, de pronto, se olvidó el relincho y se puso tonto”, dice en “El potrillo que se volvió burro”, por ejemplo. Además, hay un uso del lenguaje que, sin ser del todo coloquial, es próximo al hablante de nuestro país, lo que hace más familiares esos textos. Por ejemplo, en el título del texto citado, ese “se volvió”, que es una expresión de uso social pero cuyo significado origina no es el de “tornar” o “transformar”, que es a lo que se refiere el título. Incluso, Marziali incluye en el libro expresiones como “patas pa’ arriba y revoliando” y “le grababan audios para mandarlos por guasap”, que reivindican el habla popular. Y, respecto de los temas, por supuesto que en los textos encontramos la solidaridad, la amistad, la empatía, es decir, los temas que trató su cancionero, pero nunca desde la propaganda burda, sino desde el hecho literario.
–¿Cómo fue la experiencia de editar el libro?
–En lo personal, tener la posibilidad de editar a Jorge Marziali ya era como alcanzar un logro. Ahora bien, el trabajo con el libro se dio como con cualquier otro: él era un profesional y yo me jacto de, al menos, intentar serlo, así que después de que él me pasó los textos comenzamos con la labor de edición y corrección. Al principio eran catorce textos y le sugerí que dejáramos afuera uno que no se condecía con el tono del resto del libro. Él lo pensó y por fin accedió a quitarlo, así que quedaron trece, así como también quedaron los chistes respecto del número y mala fama. Contratamos a Jerusalén Armayor para que hiciera las ilustraciones, y cada avance, tanto en el armado del libro como en la incorporación de las imágenes, era supervisado por él, y no seguíamos adelante hasta que diera el visto bueno. Sé, porque él lo manifestaba, que el seguimiento del avance del libro lo hacía en conjunto con Marita Londra. Como sucede a veces con los libros de cuentos, estábamos cerca del final y aún nos faltaba el nombre del libro. En un mensaje, Jorge me dijo que había pensado ponerle El miedo me da terror, que es el título de uno de los cuentos. No le respondí de inmediato porque quería hablarlo personalmente, así que esperé a encontrarme con él. Unos días después, nos encontramos en la oficina que yo ocupaba y le dije que ese título no me parecía adecuado, porque daba la sensación de que se trataba de un libro de cuentos de terror, de suspenso, y eso no se condecía con el contenido real, entonces le sugerí El ciempiés equivocado, y estuvo de acuerdo en que así fuera. Después de eso, quedaban algunos detalles por resolver, que tenían que ver especialmente con las ilustraciones interiores. Un par de días después, viajó a Cuba.
–¿Cómo definirías la obra de Marziali?
–Lo primero que se me viene al momento de pensar en Marziali es el compromiso social de cada una de sus palabras. Como buen cantautor y artista popular, su obra se centra en el amor, el amor al prójimo, el amor a la tierra, el amor a su cultura. Su obra refleja el sentir de la gente común, de a pie, de la que sale temprano a tomar un colectivo o un tren para ir a trabajar y que, a pesar de los golpes cotidianos, no deja que nada le quite la alegría. Hay también en la obra de Marziali un rescate de las formas de relacionamiento de la gente, además de un rescate de los ritmos populares, tan simples y tan complejos a la vez, como la polca, la refalosa, el candombe y demás. Jorge Marziali nació en San José, un distrito de Guaymallén, el departamento más poblado de Mendoza, un lugar de gente laburante, muy próximo a la Media Luna en la que creció Tejada Gómez, es decir, un escenario en el que las cosas sencillas y a la vez tan ricas de la convivencia seguramente fueron parte en la construcción de su pensamiento y su sentir.
Alejandro Frías es periodista cultural, editor y escritor. Autor de los libros Serie B (cuentos, 2003), Todos los chicos (cuentos, 2007), Los mataperros (novela, 2015), Habitación 945 (cuentos, 2019), Barro de domingo (novela en coautoría con Daniel Fermani, 2021) y El gol con la mano del Chueco Martino (2023). Participó en revistas de difusión cultural y literaria como Gogol, Diógenes, Ran Sin Tolueno, La Quinta Pata y Res, además de haber codirigido junto a Lorena Puebla las revistas Serendipia y Poslodocosmo. Trabajó en los diarios El Sol y MDZ Online, además en radio con columnas y programas literarios. En la actualidad conduce los programas Canas al aire y La Isla Encendida, en Radio Noticias Mendoza. Como editor, dirigió el sello oficial Ediciones Culturales Mendoza, fue responsable editorial de Ediciones del Retortuño y actualmente dirige el sello LEO Libros. Entre otras actividades, también publicó en 2020 el disco El instante original, con letras propias y música de Víctor Hugo Cortez, y en la actualidad participa en dos espectáculos junto al músico Gustavo Maturano: Hasta el colinche y Todavía cantamos las canciones de Víctor Heredia.
Discografía de Jorge Marziali
Como un gran viento que sopla (1983), Marziali cerca nuestro (1986), Marziali de diario (1989), Miradas (1999), ¿Y por qué? (canciones para niños) (2000), Padentrano (2004), Entre mar y cordillera (junto a Omar Moreno Palacios) (2004), San Lagente (2006), En la brasa del presente (2013).
Compuso la banda sonora del film El general y la fiebre, dirigido por Jorge Coscia, donde también fue actor. En 2010, publicó su libro de poemas El amor en otro sitio. Y Las dos orejas sirven, su segundo disco para chicos.
