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Caras y Caretas

           

“Quiero reivindicar la belleza de cada edad”

La cantante y compositora española Silvia Pérez Cruz presenta en Buenos Aires su premiado disco Toda la vida, un día. En esta entrevista habla del proyecto y de sus lazos sonoros con la Argentina.

Se contempla en silencio y luego despliega su voz: “En el escenario pasa toda la vida, un día”. La catalana Silvia Pérez Cruz es una de las cantantes más conmocionantes de este tiempo y el 26 de septiembre presentará en el Auditorio Belgrano (Virrey Loreto 2348, CABA) su disco Toda la vida, un día, con 21 canciones en cinco movimientos: Niñez, Juventud, Madurez, Vejez y Renacimiento. “Es un gran regalo que el concepto llegue al latido del espectáculo –dice–. La gente entiende que es una vida entera y eso la afecta, porque cada uno tiene la suya.” 

Y se queda pensando, en diálogo con Caras y Caretas: “En vivo, yo misma voy cambiando de edades. Puedo notar físicamente los nervios de la infancia, el vigor de la juventud, la calma de la madurez y el peso de la vejez”. Y agrega: “El concierto reúne muchos sentimientos –la alegría, el humor y la tristeza– y el público se emociona hasta el final”. En Buenos Aires se va a replicar lo que logra ella desde que en 2023 comenzó a surcar en vivo este viaje sonoro que integra flamenco, folklore, música clásica, bossa nova, bolero y ranchera: “El latido no es solo de mi voz, sino de la gente que participa”.  

Es una comunión primal “entre el canto personal, individual, y el colectivo”, sabe Pérez Cruz. Toda la vida, un día triunfó en los rubros Mejor Álbum Cantautor y Mejor Diseño de Portada en los Premios de la Academia de la Música de España. Pero los espejos de su voz además reflejan inspiraciones locales: la cantante Liliana Herrero también fue clave en el concepto “toda la vida, un día”: “Gracias a ella entendí que tenía que hablar de la última etapa de la vida –reconoce–. Fue revelador conocerla en el Festival Medio y Medio de Uruguay, hace dos años, junto a su guitarrista Pedro Rossi y a la brasileña María Gadú. Ellos me hicieron reencontrarme”.  

Silvia Pérez Cruz ya tenía mucho material creado y la idea de los movimientos fraguó a partir de aquel encuentro. Con noventa músicos en el registro, Toda la vida, un día es un faro musical alrededor de las cinco etapas de la vida. “En el primer movimiento, sobre la infancia, hice canciones para amigos: hablo de su esencia y de sus niños, con sonoridades luminosas”. Para el segundo movimiento, el de la juventud, “me permití trabajar con sintetizadores y el saxo, alrededor del flamenco. El nivel de la producción me afecta muchísimo”.  

Ya en el movimiento de la madurez buscó “cuidar el tú a tú, la intimidad de los dúos”, revela. Justo de donde ella proviene: Silvia Pérez Cruz, de 41 años, se crio cantando habaneras en las tabernas de Palafrugell, Gerona, junto a su padre, el músico Càstor Pérez Diz. Y en la madurez reconectó con la Argentina: “Una de las cosas importantes de esa etapa es la humildad de pedir ayuda. Por eso en el disco invité al tucumano Juan Quintero para que cantáramos la obra ‘Martín’, de Edgardo Cardozo, sobre el Martín Fierro. Dice: ‘Ayuda, ayuda. Adiós a la vista, la lengua ruda. Añuda, añuda a la pena. El hombre la ve aquí. Aquí a cantar'”. 

Influencias y colaboraciones

En su ambicioso plan multidisciplinario, Toda la vida, un día contiene “agradecimientos en forma de canciones a personas concretas, a corazones concretos”. ¿Qué observa allí también Pérez Cruz? “Varias geografías. Puedo ver la península ibérica con el flamenco y los cantes más ibéricos. Con Liliana Herrero intento ir a la zamba y luego me voy al contrapunto de la música clásica, la música barroca y la coral. La música de Brasil aparece al final, dedicada a María Gadú, en el renacimiento. Es todo mi aprendizaje.”  

Allí nota “una madurez distinta”. Así como en su disco 11 de noviembre, de 2012, hablaba de la muerte de su padre, Pérez Cruz compuso Toda la vida, un día tras un proceso revelador: “Lo hice pensando en gente que me emociona profundamente. Ha sido algo muy orgánico por primera vez”. Y lo explica: “En el proceso creativo me encantan los momentos de vacío, de duda. Soy de cuidar los detalles y puedo trabajar la parte más emocional, la lúdica, la más intelectual y la más matemática. Me doy cuenta de lo que necesito para luego poder cantar”.  

Así, Toda la vida, un día crece en otros planos. Están las atmósferas experimentales, la canción catalana y cubana, los poemas de William Carlos Williams, Idea Vilariño y Fernando Pessoa, y hasta el efecto de autotune en un registro en vivo de la levitante canción “El poeta es un fingidor”: “Esa canción reúne lo antiguo y lo moderno y habla de una doble cara. A veces nuestro personaje nos representa al final: el poeta finge que es dolor el dolor que en verdad siente. ¿No es así?”, se pregunta.  

Y percibe las diversas facetas de su modo de cantar, en frágil y sideral conexión con los demás. “La voz va cambiando todo el rato, no solo por el paso del tiempo sino por tu estado de ánimo. Hay veces que está más tapada, otras más abierta o más luminosa. El tacto de la voz cambia. Para mí es el tacto de mi propia voz cruzando mi piel”, describe. 

Una pausa, y la española repiensa el historial de su voz: “Yo sé que cuando era pequeña y cantaba, cada vez que la voz tenía que atravesar el cuerpo todas las células se ponían nerviosas, como cuando te pones un jersey y notas el tacto. Esta voz de ahora ya ha sentido muchas cosas y el cuerpo también. Entonces empiezas a encontrar rincones nuevos”. 

¿Cómo capta los pliegues de su canto gracias a Toda la vida, un día? “Me siento muy yo, muy libre con la voz, pero soy consciente de que voy ganando graves. Sigo teniendo agudos, aunque también puedo disfrutar más de esa profundidad que tanto anhelaba.” Cuando era joven “tenía mucho vuelo de pájaro, esa cosa ligera y luminosa, pero todo el rato pensaba en el peso: esa raíz me alucinaba. Siempre anhelamos lo que no tenemos. Ahora quiero reivindicar la belleza de cada edad: la necesidad de tener voces, metafóricamente y literalmente, que abren todos los estadios de la vida”. 

Allí también reside su admiración vital por Liliana Herrero. “Llegué a su voz y vi que ahí había una reflexión sobre las demás voces. Mi voz es más aérea y la suya es la raíz más profunda. Ese peso es una virtud por la magnitud que toman las palabras y la poesía.” Gracias a ello, Pérez Cruz contempla otro enigma: “El arte nos acompaña para entender la vida. Necesitamos ver cómo alguien le canta al miedo, al amor y al desamor en cada etapa. A mí, con 41 años, no me sirve cantar al desamor, al miedo o a la humildad como a los 20. Me gustaría que disfrutemos de toda esta evolución”.  

En Toda la vida, un día la cantante y creadora desafió suavemente a sus públicos en Europa y en la Argentina. “Este disco hay sido tratado con el tiempo necesario. Es bello que la escucha también tenga ese cuidado. Además, todas estas geografías ya forman parte de uno y, sin duda, la Argentina forma parte de mí. Tengo unas ganas de volver que me muero”, abraza Pérez Cruz, a punto de llegar a Buenos Aires.  

Más adelante habrá otro lazo argentino: en noviembre va a encarar una gira europea con el guitarrista y referente Juan Falú. Tocarán el 7 de noviembre en París, el 9 en Sevilla, el 10 en Jerez, el 12 en Girona, el 16 en Barcelona y el 19 y 20 en Madrid. Ya el 1º de diciembre estarán en Montevideo y, más tarde, en la Argentina. Es un dúo de canciones argentinas que había comenzado en un encuentro en Madrid, años atrás. Luego Pérez Cruz y Falú armaron una sesión única de grabación en Buenos Aires: fueron dos horas de conversación musical.  

¿Cómo lo vive Juan Falú? “Salió algo extraordinario, hermoso –recuerda–. Silvia es una cantora exquisita. Si ella está haciendo una improvisación vocal, escucha lo que toco en la guitarra y sobre eso no le yerra una nota. Silvia Pérez Cruz es una gran música. Es un enorme placer que nos encontremos musicalmente. De ahí va a salir un disco y eso es lo que vamos a presentar.”  

Escrito por
Patricio Féminis
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