Conocí a Jorge Luis Borges en un sueño. Una noche de junio de 1986. Yo tenía 20 años recién cumplidos y leía los poemas y los cuentos de dos de sus libros más complejos, Los conjurados (el último que publicó en vida) y Ficciones (1944), con devoción autodidacta. Me imponía un ritmo y no me dejaba amedrentar por las dificultades. Esa noche, poco antes de acostarme, me enteré, a través de un noticiero, que Borges estaba enfermo y se había establecido, junto a María Kodama, en Ginebra, donde (supuestamente) había elegido morir y ser enterrado.
Aunque han pasado casi cuatro décadas, asisto a la escena del sueño con una claridad resonante. Recorríamos Borges y yo un sendero pedregoso y fértil, atravesado por angostos ríos de agua cristalina, mientras caía sobre nosotros un sol de otoño. Yo lo tomaba del brazo (vestía su traje gris habitual) y lo conducía despacio. Conversábamos como en una película muda. Eso es todo. Y es demasiado. Porque a los pocos días de aquel encuentro (o de aquel sueño) murió.
Esta breve e insólita historia personal encierra cierta mística que, sin duda, y de manera inconsciente, me había cooptado entonces y se mantiene hasta hoy. El sueño, de hecho, no es solo uno de los temas que inquietaban a Borges, sino que es el nervio que activa las obsesiones que habitan su obra: la eternidad, la repetición y los espejos, la oscuridad y los laberintos. El sueño recibe algunas veces, refracta otras, pero es la región indolente que aloja lo incomprensible de todos los destinos. “Las ruinas circulares” (si no tuviera trama tan elaborada me animaría a revisitarlo como un poema, por el ritmo y la música del lenguaje) es acaso el cuento que expone flagrante esta cuestión (el hombre que sueña a otro hombre y que al final se descubre soñado por otro) y que genera onda expansiva en muchos de sus otros poemas, narraciones, conferencias, entrevistas. “Cuando los relojes de la medianoche prodiguen / Un tiempo generoso, / Iré más lejos que los bogavantes de Ulises / A la región del sueño, inaccesible / A la memoria humana. / De esa región inmersa rescato restos / Que no acabo de comprender” (La rosa profunda, 1975). O: “El hidalgo fue un sueño de Cervantes / Y Don Quijote un sueño del hidalgo. / El doble sueño los confunde y algo / Está pasando que pasó mucho antes” (La rosa profunda). O: “La noche nos impone su tarea / mágica. Destejer el universo, / las ramificaciones infinitas / de efectos y de causas que se pierden / en ese vértigo sin fondo, el tiempo” (La cifra, 1981). O: “Todo hombre tiene esa capacidad estética, y específicamente dramática, que es la de soñar” (de Siete noches, 1980). O: “En mi último libro, La moneda de hierro, hay un poema que yo compuse en sueños, no es muy valioso, pero ofrece o tiene esa curiosidad” (entrevista de Joaquín Soler Serrano en su programa A fondo, de 1976, transmitido en la Radiotelevisión Española).
MUERTE EN GINEBRA
La noticia seguramente funcionó como resto diurno para el sueño. A mis 20 años, desencajada por una sensibilidad en apuros y una inestabilidad intelectual que me acomplejaba, estaba más concentrada en comprender la irreductible obra de Borges que en sumirme en los cotilleos de su intimidad familiar que entonces desparramaban los medios de comunicación. Aunque esto último poco me interesaba, admito que Borges era popularmente conocido por algunos datos que le dieron auge a su figura: su notable memoria y su ceguera, sus controvertidas opiniones políticas, el Premio Nobel que nunca recibió, su reciente y sorpresivo casamiento con su joven exalumna María Kodama y su decisión de morir en Ginebra, como correspondía a un intelectual de su alcurnia y, además, mal patriota. El común de la gente que veía los noticieros asimilaba como definitivas esas ideas sostenidas en el prejuicio y algunos datos de escaso valor, porque Borges había habilitado, de alguna manera, esos pequeños gestos de su vida: recibía en su casa a todo el mundo. Literalmente. Y “todo el mundo”, por lo general, no le inquiría acerca de su pasión por Shakespeare y Dante, por Las mil y una noches y La Odisea, o sobre su debilidad filosófica hacia Spinoza y Schopenhauer, o sobre Macedonio Fernández y Evaristo Carriego, sino que le preguntaban por los acontecimientos de la coyuntura que, digámoslo en su estilo, durante unos cuantos años fueron fatalmente desdichados. Y Borges, también admitámoslo, no reflexionaba a la altura de los acontecimientos. Pero lo cierto es que su escritura le debe todo al castellano que supo reinventar su pluma excelsa, a su genuino interés por la argentinidad y cierta historia heroica proveniente de sus ancestros patricios, algunos de los cuales habían participado en las guerras de la independencia americana y, sin duda, a su fervoroso culto a Cervantes.
Cuando leí dos de las cerca de diez biografías que se escribieron alrededor de su figura, la de María Esther Vázquez y la de Horacio Salas, me despaché con algunos detalles inquietantes que hasta hoy generan escozor. “Sorpresivamente –cuenta Vázquez en Borges. Esplendor y derrota–, el 26 de abril de 1986 se anunció que Borges, de 86 años, y María Kodama, de 49, se habían casado por poder en Colonia Rojas Silva, un poblado del Chaco Paraguayo de apenas dos o tres casas, un destacamento militar, un mínimo de habitantes y a donde llegaba un avión una vez por mes.
“Hacía diez años y siete meses, desde septiembre de 1975, que Kodama lo acompañaba en su internacional destino de hoteles, de viajes y de premios y que administraba sus entradas.”
Según desarrolla Vázquez, el casamiento nunca tuvo validez legal porque está plagado de irregularidades que ahora sería muy extenso de explicar. Lo más evidente es que Borges nunca se había divorciado legalmente de Elsa Astete Millán, la única mujer con la que había contraído matrimonio legal, en 1967, y de quien se separó en 1970 sin jamás tramitar el divorcio. Sin embargo, refugiada detrás de unas cuantas falsedades, Kodama tomó decisiones que dejaron a los familiares y amistades de Borges en ascuas.
“El mismo día del sepelio en Ginebra –continúa Vázquez–, apareció en el diario La Nación de Buenos Aires una carta de Norah: ‘Me he enterado por los diarios que mi hermano ha muerto en Ginebra, lejos de nosotros y de muchos amigos, de una enfermedad terrible que no sabíamos que tuviera. Me extraña mucho que su última voluntad fuera ser enterrado ahí, ya que siempre quiso estar con sus antepasados y con nuestra madre en la Recoleta (no en el cementerio británico como dice el apoderado).’”
La presencia de Kodama en la vida de Borges ha dado que hablar. En 1975, Fani (Epifanía Uveda de Robledo), la fiel empleada doméstica de la familia que vivía en el hogar desde hacía alrededor de cuarenta años, le sugirió a Borges que eligiera, de entre sus alumnas de anglosajón, a María Kodama
para acompañarlo en sus viajes, ya que sus sobrinos no podían asumir esa dinámica que iba in crescendo. Los 70 fueron acaso los años más activos de Borges en cuanto a viajes y reconocimientos internacionales. Fue la década del Premio Cervantes (1979), por nombrar el más destacado, y de seis doctorados honoris causa por parte de las universidades más importantes del mundo (Oxford, Columbia, Yale, La Sorbona, Michigan), además de ser convocado para impartir sus brillantes conferencias. Borges, limitado por una ceguera heredada de su padre, necesitaba ayuda. Así que Kodama se entrelazó en su vida de un modo asfixiante y sospechoso. Vázquez denuncia, eludiendo cierta subjetividad a partir de una rigurosa investigación sobre el entorno de Borges, que Kodama le arrancó su mundo afectivo: lo alejó de sus amistades, lo instigó a modificar el testamento (en el de 1979 le dejaba a Fani una parte de su dinero y luego, en el de 1985, la desheredó totalmente y la hizo echar de su casa de Maipú 994 a través de un oficial de Justicia, cuando Borges estaba ya moribundo en Ginebra), cambió sin consultar su histórico médico de cabecera y también su abogado. Se apropió de la vida de Borges como si de un objeto costoso se tratara. Ni siquiera declaró públicamente –ni a la familia ni a la prensa– sobre la enfermedad que aquejaba al escritor: un cáncer hepático.
Aunque se le había contraindicado viajar en ese estado, Kodama y Borges partieron a mediados de noviembre de 1985 hacia Italia, respondiendo a una de las tantas invitaciones que recibía por aquellos tiempos. A mediados de diciembre, ambos se instalaron en Ginebra. De ahí en más, internaciones y salidas hasta que finalmente Borges murió, en un apartamento alquilado, el 14 de junio de 1986. Nada de esto, parece, había sido planificado por el autor de El Aleph.
EL POEMA DE LOS DONES
A mediados de la década del 50, Borges quedó definitivamente ciego. Podría tomárselo como una fatalidad, ya que se trataba de un lector obsesivo que consideraba que el tiempo en el que no leía era un tiempo perdido. “Pero tal vez porque se venía preparando lentamente para esas tinieblas, pudo resignarse”, reflexiona Horacio Salas en Borges. Una biografía. Y cita textualmente el testimonio: “Mi ceguera había avanzado gradualmente desde mi infancia. No había nada particularmente patético o dramático en ella. A partir de 1927 sufrí ocho operaciones quirúrgicas en los ojos, pero al finalizar la década del 50, cuando escribí mi ‘Poema de los dones’ ya estaba totalmente ciego”.
En 1955, el gobierno militar que había volteado a Perón en la Revolución Libertadora lo designó director de la Biblioteca Nacional. “Amante y descubridor de las paradojas –continúa Salas–, pensó en ese universo de ochocientos mil volúmenes al alcance de su mano, a los que no podría acceder nunca más, y escribió uno de sus textos más dramáticos y conmovedores: ‘Nadie rebaje a lágrima o reproche / Esta declaración de la maestría / De Dios, que con magnífica ironía / Me dio a la vez los libros y la noche’”.
La ceguera –acaso la gran paradoja borgeana–, lejos de separarlo de la literatura, lo acercó más, permitiéndole agudizar la memoria y esculpir el lenguaje con una precisión de orfebrería. Le leían y copiaban lo que él dictaba. Su madre, doña Leonor, durante más de una década, hasta su muerte, en 1975. Y más tarde, algunos de sus amigos más cercanos, como María Esther Vázquez, recibieron, diríamos hoy, ese privilegio.
Al cargo de director de la biblioteca, ubicada entonces en la calle México, se sumó otro fundamental en 1956: la cátedra de Literatura Inglesa y Norteamericana en la Universidad de Buenos Aires. A esa altura llevaba publicados alrededor de diez libros de ensayos, entre los que se destacan Discusión, Historia de la eternidad y Otras inquisiciones, los libros de cuentos Historia universal de la infamia, El Aleph y Ficciones, entre otros, además de los tres primeros libros de poesía: Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín. De aquí en más, la carrera de Borges fue en ascenso a nivel mundial. Despacio, en silencio, pero contundentemente y sin retroceso posible.
POETA POR ANTONOMASIA
Borges cultivó formalmente tres géneros: el poema, el cuento y el ensayo. Sin embargo, como escribí en la edición 2.356 de Caras y Caretas, de agosto de 2019, a lo largo de toda su obra encontraremos potentes versos donde no hay poema. La alucinante singularidad de Borges, hay que admitirlo, radica en que nos somete siempre a dos tipos de discursos supuestamente incompatibles (al menos desde la perspectiva platónica): el del logos (el pensamiento) y el poético, que implica dejarse llevar por un zumbido de “balas en la tarde última”. “¿Qué raíz tienen en nosotros pensamiento y poesía? No queremos de momento definirlas, sino hallar la necesidad, la extrema necesidad que vienen a colmar las dos formas de la palabra”, se interpela la filósofa malagueña María Zambrano. Cuál de las dos es la más imprescindible, insiste. Y Borges viene a decirnos que ambas: ambas ensambladas. Borges desafía y las reúne (como antes lo hicieron Heráclito, Lucrecio, Séneca, Dante). He aquí una de sus singularidades indeclinables. Si aislamos algunas de sus frases, no sabremos –salvo que conozcamos de memoria– si pertenece a un poema, a un ensayo o a un cuento. Pero se da en la escritura borgeana algo que mortifica al pensamiento y engrandece a la poesía: el ritmo. El ritmo asume su preferencia por la poesía y Borges asume su preferencia por el ritmo, siempre. “El ritmo en un discurso puede tener más sentido que el sentido de las palabras”, exacerba el poeta y filósofo francés Henri Meschonnic, y nos convence. Leamos el comienzo de su paradigmático cuento “Las ruinas circulares”: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del sur”. Marquemos el ritmo de las frases, cerremos los ojos y escuchemos cómo en cada compás el lenguaje arma su estrategia sonora.
CONTRA LA NOVELA
Hemos escuchado, más de una vez, empobrecidas declaraciones por parte de políticos, periodistas o gente de cierta popularidad en los medios asegurar que habían leído alguna de las novelas de Borges. O algo cercano a esto. La broma es: Borges nunca escribió una novela. Cómo puede ser que un autor tan famoso, tan nombrado, no haya escrito una novela, el género que se lleva puestos a todos los bestsellers. Y sí: Borges no escribió novelas. Nunca. Ni siquiera, parece, lo intentó. Se rumoreaba que su ceguera lo conminó a concentrarse en el texto breve. Más fácil para la memoria y el dictado. Sin embargo, en Siete conversaciones con Borges, de Fernando Sorrentino, Borges declara que nunca le interesó escribir novelas. “Yo creo que si empezara a escribir una novela, me daría cuenta de que se trata de una tontería y que no la llevaría hasta el fin. Posiblemente esto sea una invención de mi haraganería. Pero creo que Conrad y Kipling han demostrado que un cuento corto –no demasiado corto–, lo que podríamos llamar long short story, puede contener todo lo que contiene una novela, con menos fatiga para el lector (…) La ventaja esencial que le veo al cuento es que puede ser abarcado de un solo vistazo. En cambio, en la novela se nota más lo sucesivo. Y luego está el hecho de que una obra de trescientas páginas no puede prescindir de ripios, de páginas que sean meros nexos entre una parte y otra. En cambio, en un cuento, todo puede ser esencial, o más o menos esencial o –digamos– puede parecerse más a lo esencial.”
PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XX
El Borges famoso que todos recuerdan (el exacto de mi sueño) puede describirse como un anciano que lleva incorporado a su cuerpo un delicado bastón; de párpados temblorosos siempre a punto de cerrarse y una sonrisa cálida, que imprime ternura a una inteligencia desafiante y lírica. Se observa, en su postura,
cierta lejanía con el mundo. La oscuridad del entorno sin duda lo empuja hacia dentro de sí. En un caso como el de Borges, con una imaginación filosóficamente desmesurada, ese estado de solipsismo lo ha conducido a acurrucarse en su mundo interior de lenguas antiguas y mitologías, desde donde discurrir y soñar.
Pero existe un Borges anterior. Un Borges más joven que veía y leía por sus propios medios. Que formó parte de los más importantes movimientos literarios de las primeras décadas del siglo XX, como el ultraísmo. Que escribió en Revista de Occidente, dirigida por Ortega y Gasset, en España. Que fundó las publicaciones Prisma y luego Proa. Que formó parte del grupo Florida e integró la redacción de la revista Sur que dirigía Victoria Ocampo. Y que escribió, mucho antes, innumerables artículos para El Hogar. Que tradujo a Whitman, a Kafka, a Faulkner, a Melville, a Virginia Woolf. Un Borges que se enamoraba de
mujeres esquivas y fracasaba pronto. Ese Borges que compartía largas caminatas, e incluso la escritura (crearon juntos Seis problemas para don Isidro Parodi, magníficos cuentos policiales), con su gran amigo Adolfo Bioy Casares. Ese Borges que estudió alemán a los 18 años para leer a Schopenhauer.
Nadie sabe qué sucede en el momento de morir. Pero Borges, que lejos de esquivar el tema lo enfrentaba con animoso lirismo, nos deleita con uno de los finales más hermosos sobre la vida de un hombre. Me refiero al escritor estadounidense, precursor de Melville según el propio Borges, Nathaniel Hawthorne, autor de “Wakefield”. Y con esto cerramos este artículo: “Su muerte fue tranquila y fue misteriosa, pues ocurrió en el sueño. Nada nos veda imaginar que murió soñando y hasta podemos inventar la historia que soñaba –la última de una serie infinita– y de qué manera la coronó o la borró la muerte. (…) Muerto Hawthorne, los demás escritores heredaron su tarea de soñar”.
