Es uno de los académicos especializados en la obra de Borges más destacados a nivel global. Desde 2006, el estadounidense Daniel Balderston también es director del Borges Center (en la Universidad de Iowa y a partir de 2008 en la Universidad de Pittsburgh) y de la revista Variaciones Borges, que ya lleva editados más de cincuenta números.
Más de medio siglo de investigaciones plasmadas en ocho libros –El precursor velado. R. L. Stevenson en la obra de Borges, Borges: realidades y simulacros, Innumerables relaciones: cómo leer con Borges, entre ellos– y eruditos artículos lo convierten en un referente insoslayable. En los últimos años, Balderston se dedica obsesivamente a rastrear los manuscritos de Borges –desperdigados en bibliotecas y colecciones privadas de todo el mundo– para indagar sobre los procesos de escritura del genial creador. El exhaustivo análisis de más de ciento ochenta manuscritos de cuentos, ensayos y poemas se materializaron en sus más recientes libros El método Borges (Ampersand, 2021) y Lo marginal es lo más bello (Eudeba, 2022).
–¿Cuáles son los principales tópicos de la obra de Borges?
–Yo estoy muy en contra de esa idea. De hecho, dirigí la tesis del sudafricano Christopher Warnes Pacheco, que demuestra con herramientas digitales que los supuestos tópicos de Borges no están en las primeras décadas de su obra. Ciertos estereotipos que se suelen nombrar, tales como laberintos o espejos, comenzaron a llamarle la atención en los años 40, es muy fuerte en El Aleph, pero no antes, ni después. Hay que deshacerse de los estereotipos que suelen adjudicarle a Borges. Hay que desarmar las supuestas obras completas, entender la composición de cada texto en su momento, ver dónde y cuándo se publicó, ver si se revisó y cómo se revisó. No depender de las decisiones perezosas de los editores de la época, de la ceguera de Borges cuando sin duda no intervenía demasiado. La edición de la obra completa de 1974, por ejemplo, está llena de erratas y tiene exclusiones alarmantes.
–¿Cuáles fueron los principales descubrimientos a partir de la investigación sobre los manuscritos?
–Comencé a trabajar en los manuscritos hace quince años. Era importante hacer un archivo digital, porque no había archivos significativos en ningún lugar, solo pequeños archivos para estudiar el conjunto. Su proceso de escritura se caracteriza por una especie de incertidumbre radical con respecto a cómo quería expresarse en los textos. Los manuscritos tienen constantes tachaduras, variaciones, cuestiones escritas en los márgenes, en el margen superior, muchísimas posibilidades y en ocasiones con fichas bibliográficas en el margen izquierdo. A veces tenía un comienzo, un final, un poco escrito en el medio, pero muchísimas variantes en las hojas de los manuscritos. Algo de eso permanece en las versiones finales de sus relatos, en donde Borges se inclina por las alternativas. Es decir, suele comenzar los textos con una afirmación, pero inmediatamente agrega “quizás”, “acaso”, “tal vez”, “puede ser”, “tal cosa o tal otra”, etcétera. Todas esas características van en contra de la idea de monumentalidad de la obra de Borges. También en su poética se expresa varias veces en contra de la versión final o definitiva. Y sigue reescribiendo sus textos publicados. Los manuscritos dan cuenta de las inquietudes, dudas, indecisiones y de las incesantes búsquedas de Borges respecto de la escritura. Y que, tal como afirma en “El idioma analítico de John Wilkins”, la literatura consiste en borradores, que no hay versiones definitivas.
–¿Cómo cambiaron los manuscritos tus propios análisis sobre la obra de Borges?
–Eso depende de cada manuscrito puntual. Por ejemplo, en Fuera de contexto, en los años 90 yo escribí un capítulo sobre “El hombre en el umbral”, el cuento de Borges que transcurre en la India colonial británica. Veinte años después encontré el manuscrito del relato que confirma algunas hipótesis que yo tenía sobre las lecturas y las fuentes que había utilizado para armar un cuento sobre el proceso decolonial de la India. Pero también había cosas muy precisas. En los años 90 le pregunté a Bioy Casares si había comprado un puñal en forma triangular con la empuñadura en forma de hache en Londres (como señala Borges al comienzo del cuento) y si tenían un amigo que se llamara Christopher Dewey y él se indignó conmigo y me dijo que nunca compró ningún puñal. Cuando vi el manuscrito Christopher Dewey tenía varios nombres antes de tener ese nombre en el cuento y había una referencia marginal sobre el puñal en forma triangular en dos artículos de la Enciclopedia Británica en 1910 y 1911, uno sobre espada y otra sobre puñales y escritos. Y uno de ellos tenía un dibujo en forma triangular con la empuñadura en forma de hache. Es decir, Borges estaba utilizando a su amigo Bioy como interlocutor falso e inventando un Christopher Dewey cuando realmente la información viene de sus lecturas sobre la India.
–¿Qué podés señalar en relación con el aparato de citas de Borges que muchas veces fueron caracterizadas de apócrifas o inventadas?
–Cuando se identifica el sistema de referencias, se descubre que hay muy poco inventado con respecto a citas y fuentes. En los manuscritos hay una precisión muy llamativa: pone autor, título y página. Cuando hay manuscrito es muy fácil llegar a las fuentes y citas precisas. A veces hay que pensar por qué escondió una cita incorporándola a su texto sin comillas, como hace en “El hombre en el umbral” cuando utiliza el verso de Kipling y al comienzo del texto dice que no va a hacer interpolación de Kipling. En ese caso, hace una broma evidente. Está dejando pistas para que el lector eventual pueda omenzar a entender el sistema global.
–¿Qué recordás de tus encuentros con Borges?
–Lo entrevisté en mi primer viaje en tres ocasiones, en 1978. Me recibió en su departamento de la calle Maipú. Estaba muy contento de que alguien le preguntara sobre Robert Stevenson porque hasta entonces nadie le había creído que Stevenson fuera un escritor importante para él. Esas conversaciones las tuvimos en inglés y fueron muy agradables. Yo estaba asustado, era joven, pero él lo hizo todo muy llevadero.
–En Lo marginal es lo más bello y en el artículo “Borges, Portrait of an Unexpected Artist” te concentrás en un aspecto poco explorado: el del Borges dibujante.
–Los dibujos de Borges son frecuentes en libros, manuscritos y cartas. En la séptima página del manuscrito de “Viejo hábito argentino” de 1946, Borges dibuja un monstruo tiránico con las cabezas de Mussolini, Hitler, Marx, Perón y Evita. Mi hipótesis es que hubo un interés compartido entre él y Norah en la escritura y el dibujo a principios de los años 20 y después, algún tipo de acuerdo. Norah escribía con el mismo seudónimo que él: Manuel Pinedo. Ella era una escritora en potencia, pero casi no ejerció, y Borges era un excelente dibujante que escondía sus dibujos.
