Cuando la pasada temporada de verano, se montó en el Museo MAR, de Mar del Plata, la muestra “Visión quebrada”, legos y entendidos tuvieron oportunidad de aproximarse a una de las facetas menos exhibidas de la colosal obra de Luis Felipe Noé. En la misma, el artista celebraba su particular visión del caos a través de instalaciones de gran porte, ante las que resultaba imposible pasar indemne.
Muchas de ellas databan originalmente de los añejos años 60 y fueron reconstruidas décadas más tarde para rescatarlas del olvido y la forzada destrucción por las dificultades de traslado. Si hablar de los 60 en las artes remite necesariamente al icónico Instituto Di Tella, el artista aún hoy llamado “Yuyo” (su apodo de chico), estableció un vínculo fundacional a partir de la beca que le permitió viajar, trabajar y exponer en Nueva York por primera vez, en compañía de entrañables compañeros de ruta como Rómulo Macció, Ernesto Deira y Jorge de la Vega.
Fue con ellos, promediando la década, que redefinió y expandió los parámetros de las artes plásticas, rompiendo los convencionales límites entre figuración y abstracción, para generar un nuevo movimiento, neofiguración, en su caso caracterizado por el cuadro dividido, o visión quebrada.
–¿Cómo y de qué manera se estableció su relación con el Instituto Di Tella?
–Los primeros años 60 eran años optimistas por la propuesta desarrollista del presidente Frondizi desde 1958, y para muchos también por el triunfo el 1 de enero de 1951 de la Revolución Cubana, la cual todavía no había definido su carácter ideológico. El optimismo de esos años se reflejó tanto en el positivismo industrial de la empresa Di Tella como en la energía creadora de diferentes grupos de artistas. El Instituto Di Tella surge primero con carácter sociológico, pero debido a la eclosión artística, crea el premio que lleva su nombre y luego en 1963 se instala en la calle Florida. Fue en ese año que me gané el Premio Di Tella.
–Justamente vivió en Nueva York a razón de esa beca instituida por el Di Tella. ¿Qué aires artísticos y culturales se respiraban entonces?
–Viajé a Nueva York en 1964, año del surgimiento del Pop Art y época del nacimiento del rock y de la moda hippie. El clima que se vivía allí era muy estimulante.
–Hay mucha mitología respecto al Di Tella. ¿Qué recuerdos le vienen a la mente, del día a día, de la cuestión doméstica?
–Hay que tener en cuenta que el Instituto Di Tella en la calle Florida tenía, además de las actividades artísticas plásticas, las musicales y las teatrales. En ese sentido, contagiaba el espíritu de acción.
–¿Existió algo así como una “generación Di Tella” en el mundo del arte o es una invención caprichosa, construida a través del tiempo?
–Por lo expresado con anterioridad, creo que artísticamente se puede hablar de “generación de los 60” como causa para que surgiera el Di Tella. Y de “generación del Di Tella” propiamente dicha, a partir de 1965, y el “escándalo” producido por La Menesunda de Marta Minujín y Rubén Santantonín, con la colaboración de un grupo de jóvenes también.
NATURALEZA DEL CAOS
El regreso a Nueva York, esta vez auspiciado por una Beca Guggenheim, le abre las puertas de la Galería Bonino, donde expone, entre otras piezas, una tríada de instalaciones: “Introducción al desmadre”, “Así es la vida, señorita” y “Balance 1964-65”, una yuxtaposición de obras compuestas durante su estadía anterior. Difíciles de trasladar y de comercializar, termina por deshacerse de ellas, creando el mito que las arrojó al río Hudson.
Otra vez en Buenos Aires, su obra pictórica abre un paréntesis de nueve años, durante los cuales no pinta, pero escribe y publica libros de vanguardia. Además, en compañía de amigos, instala un bar en el bajo porteño. Su par De la Vega sugiere el nombre “Bárbaro” y así nace uno de los espacios de recalada de la bohemia artística e intelectual más representativos de la época.
Retoma la pintura recién a partir de una “terapia dibujada” y vuelve a exponer de manera formal hacia 1975, escribiendo para el catálogo un texto que es toda una declaración de principios: “Por qué pinté lo que pinté, no pinté lo que no pinté y pinto ahora lo que pinto”.
Al año siguiente, instalada la dictadura cívico militar, parte al exterior, para residir en París con su familia. Da clases de pintura y también expone. En uno de sus viajes a Latinoamérica, pasa tres semanas en el Amazonas, invitado por el poeta brasileño Thiago de Mello, episodio que marca fuerte impronta en su obra.
Entre idas y venidas, muestras y proyectos, en 1987, compra su casa e instala definitivamente su estudio en Buenos Aires.
Los años 90 son de labor fecunda, tanto en plástica como en escritura. Precisamente, a fines de esa década, retoma el formato de la instalación con “Instauración Institucional”, que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes.
En el nuevo milenio, ya consagrado como referente cultural, “Yuyo” y familia, junto a un equipo de profesionales, deciden crear la Fundación Luis Felipe Noé, para la preservación y difusión de su legado artístico.
Incansablemente joven, registra los cambios políticos y culturales con agudeza y entusiasmo. “Veo con enorme sorpresa la evolución de lo que se reivindicaba en torno al feminismo y especialmente al tema de género –sostiene–. La realidad de lo logrado es mucho más de lo que lo reclamado. Por ejemplo, los derechos del matrimonio igualitario, pero más que esto se reclamaba los derechos de reconocimiento de pareja, adopción de hijos. Una cosa lleva a otra, y a otra, sin parar, eso es lo que llamo pensamiento militante del cambio”, apunta.
–¿Que es la cultura para Noé?
–La cultura es, en realidad, todo lo que acontece. Esos cambios a los que me refiero son fenómenos culturales fundamentales.
–¿Y qué es el arte?
–El arte está de por medio ahí, está desafiado a su vez, en esa vivencia. Porque el arte qué es sino la proyección del espíritu humano: está ahí como conciencia, no es una institución. El problema es cuando lo convierten en institución, salones de arte y fenómenos.
–Uno de los temas que atraviesa su obra es el caos entendido como dinámica. ¿Estos tiempos caóticos y confusos que vivimos, pueden resultar inspiradores o desesperanzadores?
–Hablo de caos como el que constituye la sociedad desde que existe, en sus permanentes entrecruzamientos. El caos en algunas épocas puede parecer más evidente, pero siempre está latente.
–¿Por qué seguimos hablando tanto del Di Tella? ¿Fue el espacio, la época, los artistas que lo configuraron? ¿Una mezcla de todo eso junto?
–Creo que se habla del Di Tella como nostalgia de un tiempo creativamente muy excitante.
