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Caras y Caretas

           

La Agenda 2030 y el socialismo global

La conspiración como cosmovisión mueve a los espacios de extrema derecha. Los 17 puntos establecidos por la ONU para la próxima década son interpretados como un plan globalista para controlar el mundo.

Milei está en contra de la Agenda 2030 y del globalismo. El presidente argentino fue al Foro de Davos y se los dijo, hinchado de orgullo, a los “comunistas” acumuladores de capital más poderosos del planeta. Lo recordó al celebrar los resultados de las recientes elecciones europeas, en que las extremas derechas lograron, en conjunto, constituir la primera minoría en el Parlamento continental. No es un iluminado. Ni tampoco es original. El discurso antiagendista al que adscribe el gobierno argentino es parte de un gran sistema de ideas conspirativas interrelacionadas, arraigadas en la mayoría de los movimientos de la nueva ultraderecha del mundo, entre las que se encuentran en extremos el terraplanismo, la fobia a la ciencia, la campaña contra el aborto y varios tipos de negacionismo. 

Primero, qué es la Agenda 2030. A grandes rasgos es un plan conjunto que suscribieron países de la ONU en 2015, con diecisiete puntos y una serie de propuestas a lograr en ese término. Algunas de máxima, como erradicar la pobreza y el hambre, reconvertir la matriz energética conforme a la crisis del clima y desarrollar ciudades sustentables. Muchas son ambiciosas, algunas se enfrentan a la hipocresía de quienes suscriben pero contribuyen a los males que se quiere erradicar, en otras se proponen soluciones que siguen siendo funcionales a la acumulación de capital y a una estructura liberal del mundo occidental.

Conspiravisiones

Señalado esto, la Agenda 2030 está lejos de ser un plan globalista para controlar el mundo, imponer un gobierno socialista unificado (el temido Nuevo Orden Mundial, NOM) que domine a las personas con palabra, tecnología y sometimiento físico-psíquico, y lentamente las vaya eliminando hasta reducir la población planetaria. Parece una ficción distópica, pero es realmente lo que se cree. Basta con escuchar los discursos de dirigentes como los de Vox, en España, o sus homólogos de Italia, Alemania, Francia y América, o bucear en los foros y canales de los que se nutren y amplifican sus voces, mayormente cuentas de redes sociales como Wide Awake Media, Tucker Carlson, Agustín Laje; sitios como Breitbart News, Infowars.com, desencajeinvestiga.com, thehighwire.com, espaciomisterio.com; o canales de difusión de agrupaciones como Médicos por la Verdad. Son meros ejemplos de un vasto entramado que se completa con miles, acaso millones de cuentas particulares que producen y reproducen estos tópicos, y que cualquier interesado puede profundizar buscando en la web con palabras clave tomadas de este artículo. Una red global que se expande a través de las nuevas y no tanto vías de comunicación sin mediaciones que encontró en ellas su vehículo natural y que se complementa con el uso creciente de las fake news y la desinformación creada por inteligencia artificial.    

Todos estos grupos se manejan dentro de un espectro discursivo en el cual orbitan historias y preconceptos que se comparten, potencian y celebran unos a otros. Convocan a “despertar”, como el Orfeo de Matrix. Tienen en común el convencimiento de estar librando una batalla cultural contra un mal organizado que suele apuntarse como “el comunismo”, “el marxismo”, “los burócratas”, “globalistas”, etcétera. Estos “males” se manifiestan no solo en gobiernos que ponen (o pretenden hacerlo) al Estado como garante de recursos y derechos, ya que estos no son más que los títeres de una cohorte de poderosos entre quienes están George Soros, Bill Gates, la familia Rothschild (hay otros, pero tienen particular encono con estos), cuyo objeto es someter al pueblo inocente con doctrinas de control “socialista”, políticas sanitarias impuestas desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) que buscan enfermar y matar; control social y psicológico mediante pandemias provocadas (“plandemias”), con la intención de incorporar nuevas vacunas experimentales cuyo propósito va desde inocular chips automatizantes hasta esterilizar a la población. Cualquier programa que pretenda hacer algo sustentable es para controlar a las personas. El control es una obsesión. De ahí su manoseada bandera de “libertad”.

A la Agenda 2030 la acusan de querer reducir la población porque promueve el acceso al aborto y la educación sexual integral y de impulsar la inmigración indiscriminada, a la que atribuyen gran parte de los problemas globales. Se oponen fervientemente al matrimonio igualitario y consideran “adoctrinamiento” a cualquier acción de propaganda que busque ampliar el horizonte cultural. Inventaron la categoría “ideología de género” para atacar los nuevos enfoques sobre la sexualidad y afirman, tergiversando los manuales de recomendación, que los protocolos de la ESI promueven la homosexualidad en niños y hasta la pedofilia (la obsesión con la pedofilia es tan enfermiza que da miedo profundizar en sus razones). Aseguran que los rastros de condensación que dejan los aviones comerciales son chemtrails, químicos dispersados por el poder para contaminarnos. Siempre aparece un nuevo producto químico que este poder introduce para adulterar el agua, los medicamentos o los alimentos. Por estos días el que está de moda es el grafeno. El 5G, casualmente la punta de lanza de China para imponer su hegemonía en TIC, es un instrumento para producir enfermedades y freír cerebros. Y por supuesto que en este plan maquinal de control, engaños y sometimiento, ni remotamente se logró llegar a la Luna y todo lo que dicen los astrónomos es falso. La Tierra es plana, no gira, no está en el espacio exterior y la fuerza de gravedad es una ilusión. 

Como niegan el cambio climático, entre otros negacionismos como el de los 30 mil desaparecidos, consideran que cualquier política tendiente a mitigar la crisis del clima atenta contra su libertad económica e individual. El negacionismo es un tópico habitual e histórico. Se han visto foros que niegan el Holocausto, o los campos de exterminio o sus cámaras de gas, llamándolo “holocuento”. De hecho, la idea de un NOM viene desde los apócrifos protocolos de Sión de principios del siglo XX, que atribuían a “los judíos” la preparación de un plan oculto de control económico y social marxista. 

En ese aspecto algunos han avanzado. Ciertos dirigentes que alcanzaron notoriedad no se manifiestan abiertamente antisemitas. Al contrario. Alineados políticamente con el Estado de Israel y su línea guerrerista, se proclaman defensores del pueblo judío ante la izquierda y el progresismo que acusa a su gobierno de estar causando una masacre en Palestina (y no es el punto de este artículo discutir las razones de esa guerra). Son ahora ellos los que califican de antisemitas a quienes critican la beligerancia israelí. Probablemente en la intimidad de sus casas se permitan calificar de “ruso” a algún vecino al que creen tacaño. 

Todo lo que no está dentro de sus parámetros es considerado de extrema izquierda. El problema de esa argumentación, que no es otra cosa que una falacia “del hombre de paja”, esa que tanto le gustaba a Milei invocar –erróneamente, hay que decir– para anular el argumento de su contraparte en los reportajes de sus días de mediático, es la naturalización de una estigmatización peligrosa. Que todo contrincante sea un “zurdo” que merece menos respeto que un perro muerto roza la deshumanización, antesala previa para justificar, de mínima, el segregacionismo. Ejemplos de máxima sobran en la historia. 

Foto NA: REUTERS/Denis Balibouse

Creer o no creer 

No vamos a analizar los motivos por los cuales existen usinas capaces de generar y propagar tal ruido informativo, ni sus fundamentos ni propósitos. No en este artículo. Ahora bien, algo de todo esto puede ser cierto, al menos parcialmente. En definitiva, el poder existe y su ambición es la acumulación y la dominación. Si bien suele actuar a la luz del día y sin reparos, tampoco duda en apelar a trampas, fraudes y manipulaciones. Podría ser parte de un plan satánico subterráneo. El problema está en la cadena argumentativa que sostiene cada uno de estos postulados. Está construida con algunos datos reales y comprobables concatenados con otros que no lo son o no pueden serlo. Las fuentes citadas suelen tener ligeros errores en sus nombres o son fragmentos de declaraciones recortadas y malinterpretadas o documentos de investigaciones reales que prueban cosas distintas a las que los invocan. O como ocurría con los antiguos mitos urbanos, están mediadas por varias capas de relaciones: todos conocimos a alguien que sabía del amigo de un amigo que había encontrado a un perro-rata en el puerto, y cuando se tiraba del hilo, ese amigo de un amigo se corría siempre un nivel hacia atrás, como la utopía de Galeano. Cuando las argumentaciones se agotan, la respuesta mágica es un poder mayor y más oculto que no solo ejecuta, sino que lo hace engañando a todos al modo del genio maligno de Descartes, o más contemporáneo, el “lo hizo un mago” de Los Simpsons

¿Todos los dirigentes y militantes de agrupaciones de extrema derecha, sus seguidores, simpatizantes y voceros sostienen todas estas cosas? No, pero todos sostienen estas cosas. Este conjunto de ideas se despliega, como diagramas de Venn, en parte en unos, en parte en otros, coincidiendo en núcleos críticos. Posiblemente no todos los que estén dentro de este esquema cultural y político adscriban a su totalidad. Alguno puede creer en las “mentiras” de la NASA o vacunar a sus hijos sin miedo de que eso les produzca una enfermedad que los esclavice de por vida. Pero el sistema ideario existe y los rige, rozando el fundamentalismo religioso: es una verdad única, oculta, pero revelada a unos pocos elegidos capaces de decodificarla.  

De ahí su efecto en las redes sociales. Por su inmediatez, su rápida absorción, como una droga potente, su prácticamente nula necesidad de ser verificada para aceptarla, y su capacidad inmediata de generar recompensa cerebral. Saberse conocedor de un secreto que nos quisieron ocultar produce una innegable sensación de libertad, de omnipotencia y de rebeldía difícil de rechazar. Y la rebeldía siempre tuvo buena prensa. 

Escrito por
Boyanovsky Bazán
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