Nacido en 1930. Firmante del documento del Tercer Mundo. Actúa en villas miseria y es profesor en la Universidad del Salvador. Fue detenido por apología del crimen en la misa dada en oportunidad del entierro de (Fernando) Abal Medina y (Carlos Gustavo) Ramus.” De esa forma, la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) fichó al padre Carlos Mugica. Esa información aparecía volcada en un informe que la central había confeccionado en marzo de 1972 para perfilar al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo (MSTM). Para los antecedentes de los servicios, si había algo que definía a Mugica era su vínculo con los fundadores de Montoneros. La relación para entonces ya estaba resquebrajada.
El 7 de septiembre de 1970, en la pizzería La Rueda, cayeron asesinados por las balas policiales Abal Medina y Ramus. Los dos muchachos –que no superaban los 23 años– eran fundadores de Montoneros, la organización que reivindicaba la violencia revolucionaria y se reconocía peronista. Montoneros había tenido su bautismo de fuego pocos meses antes: el 29 de mayo de 1970, cuando secuestraron al exdictador Pedro Eugenio Aramburu. Dos días después, el grupo comunicó que el militar había sido ejecutado. “Que Dios Nuestro Señor se apiade de su alma”, cerró su comunicado.
CERCA DE LA REVOLUCIÓN
Tres meses después, los dos muchachos estaban en dos féretros en la parroquia San Francisco Solano, del barrio de Mataderos. Mugica, con su sotana blanca, se encorvaba para hablar. “Señor, quiero pedir perdón porque me siento en buena parte responsable. Por mi cobardía, por mi indiferencia, por mi falta de compromiso. Te pido, Señor, al mismo tiempo, que los lleves contigo a la vida eterna, que ellos no hayan muerto en vano, sino que nosotros, impulsados por el amor a ti –no con palabras, con los hechos–, todos en nuestra Patria luchemos contra la explotación, sin marginación de nuestros hermanos, los pequeños, los pobres, los humildes. Que podamos construir esta Patria real”, imploraba Mugica.
Los diarios de la época destacaron que el padre Mugica había rescatado como un ejemplo a Ramus, a quien había visto llorar ante la miseria de los hacheros. Ramus y Mario Firmenich, entre otros, habían compartido un viaje al norte de Santa Fe con un grupo de la Acción Misionera Argentina. Los medios también decían que Mugica había hablado de los fundadores de Montoneros como quienes eligieron el “camino más duro y difícil por la causa por la dignidad del hombre”.
La jerarquía de la Iglesia no tardó en escandalizarse. Desde el comunicado de la ejecución de Aramburu, la formación católica de los integrantes de Montoneros había aflorado. Sus fundadores, egresados del Colegio Nacional de Buenos Aires, habían pasado por la Juventud Estudiantil Católica (JEC) y trabado un vínculo con Mugica. Firmenich incluso llegó a compartir la pasión futbolera del cura: los partidos en la popular de Racing.
Mugica intentó echar luz sobre esa relación. El 2 de agosto de 1970, el diario Clarín publicó un comunicado que había enviado el sacerdote. “Repudio todo crimen sea contra quien fuere”, escribió el cura, que tenía un especial imán para los medios de comunicación.
Después de los asesinatos de Abal y Ramus, a Mugica –como reseñó tiempo después la SIDE– lo detuvieron por incitación a la violencia. En paralelo, el arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, le aplicó una sanción canónica: una suspensión portreinta días, de la que se enteró –como remarca Horacio Verbitsky en Vigilia de armas– mientras estaba detenido.
Después del informe de la Secretaría de Inteligencia, Mugica siguió nutriendo sus antecedentes. En agosto de 1972, participó de los funerales de los militantes fusilados en la masacre de Trelew. En noviembre, fue parte de la comitiva que viajó para acompañar el regreso fugaz de Juan Domingo Perón al país después de casi 18 años de proscripción y como muestra de que al General le “daba el cuero”, no como proclamaba el entonces dictador Alejandro Agustín Lanusse.
CERCA DE LA MUERTE
Mugica tenía casi todos los puentes rotos con la organización surgida en 1970. El cura entendía que la violencia podía ser una opción frente a una tiranía –como habilitaba Pablo VI en la encíclica Populorum progressio–, pero no contra el gobierno de Perón. Para Mugica, la llegada del líder debía traer felicidad al pueblo. Pero esa algarabía se desvaneció rápidamente. El 23 de septiembre de 1973, Perón arrasó en las elecciones. A los dos días, fue asesinado el secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), José Ignacio Rucci, uno de los hombres de confianza del General. Después de la muerte de Rucci –atribuida a Montoneros, aunque nunca reivindicada–, Mugica despotricó contra los “pequeñoburgueses intelectuales que le quitaron al pueblo la alegría”.
Tiempo después, con el peronismo en el poder, Mugica aceptó actuar como asesor en materia de villas de emergencia del Ministerio de Bienestar Social, conducido por José López Rega, fundador de la organización paraestatal AAA. Las rispideces entre ambos no tardaron en llegar. Mugica sintió miedo: les dijo a sus hermanos que los hombres ligados al ministro lo iban a mandar a matar. Les transmitió, además, que posiblemente buscaran involucrar a Montoneros.
Mugica quedó dentro de la fracción del Movimiento Villero Peronista (MVP) que se proclamaba leal a Perón. La puja entre Montoneros y Perón llegó a su cénit el 1o de mayo de 1974, cuando los jóvenes –que sentían que se habían jugado la vida para que el General volviera– le reclamaron qué pasaba que se había llenado de gorilas el gobierno popular.
La tensión creció. A Mugica lo asesinaron el 11 de mayo de 1974, cuando salía de dar misa en la parroquia San Francisco Solano –aquella iglesia en la que había pronunciado su sentida despedida a Abal Medina y Ramus–. Dos días antes, Mugica había pasado para dejar su última columna en el diario La Opinión, donde era columnista. El escrito se publicó conjuntamente con el anuncio de su homicidio. Mugica hablaba del dolor de los jóvenes yéndose de la Plaza del 1 de mayo de 1974 y sostenía que, para él, la verdadera dicotomía era entre la revolución nacional y el socialismo dogmático.
Desde el diario Noticias –que imprimía Montoneros–, Firmenich, a modo de despedida, le dedicó varias columnas en las que hablaba de su afecto y agradecimiento al padre Mugica, al igual que sus diferencias. “Solo los enemigos que Carlos tuvo siempre podían tener interés en matarlo. Aquellos para los que él era ‘el cura comunista’, el cura que ‘queriendo cristianizar a los bolches se hizo bolche’.” Citaba a la revista El Caudillo, órgano de difusión y amenazas de la Triple A.
