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Caras y Caretas

           

Alberdi, un pensador incómodo  

Juan Bautista Alberdi.

Intelectual clave en la elaboración de los fundamentos de la Constitución liberal de 1853, Alberdi está hoy en boga en el discurso libertario, que rescata su etapa resentida, la del 80, en el exilio, enojado, al final de su vida.

“Los problemas nacionales no se solucionan con la simple aplicación de un cuadernito”, escribió el hombre que acredita justamente haber pensado y propuesto unas Bases… para la consolidación de un Estado Nación, como fuente de inspiración para ese “cuadernito”. Es decir, la Constitución, tan reclamada como necesaria, que no tardó en ser desconocida por Buenos Aires, de espaldas al resto del país, representado por la Confederación.  

Acaso tempranamente desencantado, Juan Bautista Alberdi se volvía a poner en 1853 en el lugar incómodo que la historia le tenía reservado. Emblema del pensamiento liberal, sus contradicciones y pesares son menos conocidos.  

Su vida también es una recurrencia de exilios y distanciamientos a veces impuestos, otras veces voluntarios. No suena caprichoso que el historiador Ignacio García Hamilton haya bautizado Vida de un ausente su ficcionalizada biografía. 

Un jovencísimo Alberdi arribó a Buenos Aires en 1825, procedente de su Tucumán natal, para cursar estudios de Ciencias Morales, becado por el gobierno de su provincia, a cargo del caudillo federal Alejandro Heredia.  

La falta de disciplina y cierta inclinación por la bohemia artística e intelectual de la ciudad puerto prolongaron infructuosamente sus estudios tanto en el colegio como en la universidad, donde nunca llegó a graduarse.  

Buenos Aires circa 1837.

En cambio, dio a luz un ambicioso Fragmento prelimiar al estudio del Derecho (dedicado a su protector, que seguía costeando generosamente su residencia porteña). Ya era miembro fundador del Salón Literario de Marcos Sastre y compartía tertulias y desvelos con otros pares como Esteban Echeverría, Juan María Gutierrez, Juan Thompson (hijo de la célebre Mariquita) y el futuro historiador Vicente Fidel López.  

Constituían un grupo de debate y estudio de las novedades literarias recién llegadas de Europa, que aborrecía la herencia española y creía escuchar en la Revolución de Mayo ecos rioplatenses de la Revolución Francesa, incluso proclamando la conveniencia de cambiar de idioma.  

Del Salón, nacería en septiembre de 1837 La Moda, una publicación “de música, poesía, literatura y costumbres”, en la que Alberdi despuntaba su vocación por las corcheas, componiendo valses y minués. También enfundado en el seudónimo de Figarillo, ironizaba acerca de las sencillas costumbres criollas.  

La frivolidad aparente resguardaba la velada ambición de influenciar a Rosas, acercarle herramientas filosóficas a un federalismo considerado intuitivo (la intelectualidad de los años 60 del siglo XX lo llamaría “entrismo”), incluso desde el color punzó, identificado con el romanticismo galo. 

“El señor Rosas no es un déspota que duerme sober bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo. Y por pueblo no entendemos la clase pensadora, la clase propietaria únicamente, sino la universalidad, la mayoría, la multitud, la plebe”, proclama Alberdi en sus escritos. 

Ese pueblo “ya no se deja engañar, ha dejado de ser zonzo. Sabe que el orden es preferible a toda revolución incompleta”, dogmatiza. 

Resulta altamente improbable que Rosas haya hojeado siquiera el Fragmento…, pero seguramente hubiera reaccionado con sorna al verse reflejado con tales parámetros. Historiadores revisionistas del siglo XX como José María Rosa cuestionaron este desdén del hombre fuerte de la Confederación hacia la intelectualidad de la época, señalando que su obra de gobierno se agotó sin proyección ideológica por su personalismo y falta de asesores calificados. Alberdi podría haber cumplido un rol trascendente, en tiempo y forma.  

Aunque semejante afrancesamiento a la carta no podía resulta más inoportuno, con la escuadra francesa aprestándose a bloquear el Río de la Plata (1838) como consecuencia de un conflicto diplomático menor que escaló a la ruptura de relaciones. 

Puestos a elegir entre esa patria romántica e ideal (irreal) y la admiración que le suscitaba la alta cultura, varios de ellos cruzaron el charco rumbo a Montevideo, destino de emigrados y plaza fuerte de la oposición antirrosista. Alberdi, el primero. Se fue sin ser molestado, con un puesto de redactor asegurado en un órgano de prensa fomentado para atacar al tirano que antes ensalzaba.  

Cuando pa’ Chile me voy  

Después de ejercer el periodismo militante en el diario El Nacional (donde aboga por una carta constitucional pero auspiciada por una unión con los bloqueadores) y una serie de peripecias europeas (en Francia visita a San Martín, de quien traza un vivo retrato), reeencontramos a Alberdi del otro lado de la cordillera.  

Desde 1843, su bufet de abogado radicado en Valparaíso es uno de los más prósperos y prestigiosos, pero Alberdi encuentra tiempo para estudiar la Constitución de los Estados Unidos en una mala traducción del inglés, idioma que no conocía, en un intento por encontrar herramientas institucionales para un futuro que no llegaba. 

Después de la frustrada intervención anglofrancesa, culminada con una victoria pírrica en la Vuelta de Obligado (1845) que forzó a ambas potencias a negociar una salida diplomática, el régimen de Rosas parecía invulnerable a los enemigos externos e internos. 

Domingo Sarmiento en Caseros.

La decisiva batalla de Caseros (1852) le despierta nuevas expectativas y, en cuestión de semanas, da forma a sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, que envía al vencedor Urquiza y a su par Domingo Faustino Sarmiento, también exiliado en Chile, donde ha promovido la colonización del estrecho de Magallanes por su patria de residencia y contra los intereses argentinos. 

La entusiasta aprobación inicial del texto alberdiano por parte del sanjuanino troca rápidamente en ríspida polémica, que toma forma en las “Cartas Quillotanas” del primero y “Las ciento y una”, del segundo.  

Los motivos del enfrentamiento nunca quedaron del todo claros, pero el apoyo explícito de Alberdi a la figura de Urquiza, de quien acepta una representación diplomática en el exterior, encrespa a Sarmiento, que ve en el flamante gobernante a un nuevo tirano (que además lo relegó de su equipo político). 

Es un duelo de ideas y de estilos, de reproches y de chicanas.  

Alberdi pontifica con alguna autoindulgencia y le reconoce a su adversario la condición de ser periodista de trinchera y buen escritor, pero enrostrándole falta de títulos académicos.  

El terrible Sarmiento retruca poniendo en duda los títulos ajenos y reprobando actitudes que considera oportunistas. No se priva del insulto. Lo llama “eunuco” y “doctorcito”.  

Comisionado por la Confederación, Alberdi parte a Europa. En Londres coincide con Rosas, caído en desgracia.  

“Procesado sin discernimiento ni derecho, quise protestar en cierto modo contra ello, tratándolo”, se excusa en su interesante reporte del encuentro. 

Con el tiempo, Alberdi también se desengañará de Urquiza, pero por motivos bien distintos. Cuando el modelo económico autosuficiente y soberano, gestado por Paraguay, manteniéndose al margen de las bondades del “libre cambio” fomentado por el Reino Unido, genera la agresión imperial de Brasil con el consiguiente apoyo de la Argentina y Uruguay, Alberdi no duda en ponerse del lado de lo que considera los “intereses de América”. Apoya la causa del pueblo paraguayo, lo mismo que hace el caudillo federal Felipe Varela, que llama a la “unidad americana”. En cambio, Urquiza asume una actitud mezquina y acomodaticia y reúne tropas al servicio de Buenos Aires. Sus hombres le dan la espalda y desertan en masa.  

Antiguos camaradas liberales (Mitre, Sarmiento) condenan al disidente al ostracismo intelectual y político. 

Triste, solitario y final  

El país que reencuentra hacia 1879, después de otra larga estancia europea, ha cambiado mucho en su fisonomía institucional, pero los odios no conocen el olvido. 

Regresa como diputado electo por su Tucumán de origen en el Congreso que va a consagrar a Julio Argentino Roca como presidente, quien remite un proyecto para imprimir sus Obras completas.  

La bancada mitrista lo rechaza en ambas Cámaras, como devolución de gentilezas por la férrea oposición de Alberdi al conflicto bélico contra el pueblo hermano y el consiguiente despojo territorial, denunciado por Alberdi en Los crímenes de la guerra. Más aun, en Grandes y pequeños hombres del Plata había demolido la historia oficial escrita por y para los vencedores de Caseros, con el argumento de que “el objeto de tal historia es la gloria y no la verdad”.  

La atmósfera porteña le resulta asfixiante y, tras dos años de permanencia en la patria que adoptó en parte sus ideas pero le niega derechos de autor, emprende otro viaje con sabor a exilio, que intuye será el último. Se lleva la promesa de un cargo honorario, que tampoco se hará efectivo, por la virulencia mediática en su contra. 

La Nación, de Mitre, lo llama “traidor” y desempolvando una añeja carta, casi infantil, remitida originalmente a Vicente López y Planes, que fue a parar a manos del editor, le refriegan hasta una falta de ortografía para defenestrarlo. 

En París, su lugar de destino, lo ataca una parálisis parcial. Recién entonces remite un poco el ataque de la prensa opositora, y Roca atina a despachar un nombramiento imposible de cumplir, por razones de salud, en Chile.  

Fallece sin gloria y con bastante pena el 19 de junio de 1884.  

Tenía 74 años. Vivió la “vida de un ausente que no ha salido de su país”, según se autorretrató.  

Te amo, te odio, dame más  

Escrito y publicado con la urgencia de las circunstancias, para coincidir con la asunción presidencial del libertario Javier Milei, ¡Viva la libertad, carajo! apareció con dos tapas distintas y una consigna. Entrelazar las frecuentes citas y alusiones del entonces candidato al pensador tucumano con sus propias declaraciones mediáticas. 

“En los meses de campaña no solo escuchábamos a Milei referirse al economista Murray Rothbard, sino que astutamente incorporó una referencia nacional, sin mencionar ‘lo nacional’ como es Alberdi –refiere Nathalie Goldwaser Yankelevich, autora y coordinadora del volumen editado por el sello independiente Milena Caserola– y sobre todo, insistía en volver al siglo XIX. Pero como del dicho al hecho… nos propusimos develar qué había detrás de esa menciones.”  

Académica con largo recorrido, Goldwaser abordó el pensamiento alberdiano ya como parte de su tesis doctoral “Escribir mujer, fundar Nación. Literatura y política en el Río de la Plata y Nueva Granada. 1835-1853”.  

“Pero el Alberdi al que hacía referencia Milei y lo sigue haciendo no es el romántico de mediados del siglo XIX, sino más bien el del 80: resentido, enojado, exiliado”, apunta. 

En efecto, muchas diferencias (y años) abren el paréntesis entre el idealista que preconizaba “Yo creo que un país no es pobre con solo ser bello” y el postrer nihilista capaz de sentenciar que “la omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual”.  

La oportuna y cuestionadora novedad editorial no se precia de tener todas las respuestas, sino más bien de abrir nuevos interrogantes. “Por ser un producto forjado al calor de la incertidumbre, quedan aún todavía páginas en blanco a la espera de ser escritas”, se advierte.  

Escrito por
Oscar Muñoz
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