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Caras y Caretas

           

Dos potencias se saludan

Fidel Castro y José Gelbard

En marzo de 1974, la prensa argentina dio cuenta del fortalecimiento de los vínculos con Cuba tras la misión diplomática de Gelbard con la intención de sortear el bloqueo estadounidense a la isla. Fidel Castro y Juan Perón se profirieron mutuos elogios.

Envuelta en collares y con una bikini amarilla y negra, Graciela Alfano, Miss Siete Días 1971, sonríe sobre la arena de una playa de la costa atlántica. La tapa del semanario de actualidad auspiciante del concurso de belleza no escapaba a la naturalizada cosificación de la mujer de la época. En la edición del 11 al 17 de marzo de 1974, el cuerpo de la modelo no tenía nada que ver con los temas anunciados: “Córdoba: la crisis”, “Argentina-Cuba: los intereses comunes”, “Exclusivo: el carnaval de Río a todo color”.

El golpe de Estado cordobés, encabezado por el jefe de la Policía provincial, Antonio Navarro, continuaba al tope de las noticias en marzo. A la destitución de los mandatarios constitucionales, Ricardo Obregón Cano y Atilio López, le siguió el tratamiento parlamentario sobre la intervención de la provincia y la llegada del delegado presidencial, Duilio Brunello.

Las relaciones argentino-cubanas concentraron también el interés informativo, tras la misión diplomática que a fines del mes anterior había llevado a Cuba al ministro de Economía, José Ber Gelbard; el secretario general de la CGT, Adelino Romero, y cerca de 240 funcionarios y empresarios atraídos por concretar negocios en la isla caribeña bloqueada por Estados Unidos desde comienzos de la revolución comandada por Fidel Castro.

Tras el triunfo de Cámpora el año anterior, la Argentina había desafiado a la potencia occidental con la reapertura de relaciones diplomáticas con el Estado comunista, en un ensayo de ruptura del embargo.

Sin embargo, no todo fue tan sencillo para sortear las restricciones económicas y comerciales. Los autos y maquinarias que saldrían del puerto de Buenos Aires hacia La Habana tenían componentes de las filiales de las estadounidenses Ford, Chrysler y General Motors.

La prensa destacaba que durante la estadía de la misión argentina, Castro y Gelbard sumaron nueve horas de diálogo mientras deliberaban cincuenta mesas de trabajo. El resultado: un crédito de la Argentina a Cuba por 1.200 millones de dólares.

El tiempo y la sangre

Los resultados de las negociaciones entre la Argentina y Cuba despertaron la atención de los medios. “Intercambio de mensajes entre dos líderes de la liberación latinoamericana”, anunciaba una solicitada publicada el 5 de marzo en la prensa escrita, un “hecho histórico en la vida del continente”. Una foto del “Tte. General Juan D. Perón” y otra del “Dr. Fidel Castro” encabezaban sendos mensajes que los mandatarios se habían enviado días atrás, con Gelbard como intermediario, y que “marcan una etapa y un derrotero”, según la palabra oficial.

Más allá de los saludos protocolares, ambos se trataron de “estimado amigo”. Mientras Perón recordaba que 28 años antes, el 24 de febrero de 1946, vencía en las elecciones generales –”nuevamente, pese a mis años, estamos firmes resolviendo el futuro de nuestra Patria, buscando salvarla del desastre en que un desgobierno de 18 años la ha sumido”–, Castro marcaba una coincidencia de fechas con una efeméride cubana: otro 24 de febrero, pero de 1895, había comenzado “la última contienda por la independencia frente al poder español” con el Grito de Baire, liderado por José Martí.

Para Perón, aquella “misión de amistad” a Cuba era parte de la construcción de una América latina unida impulsada por el peronismo, “un Movimiento Revolucionario basado en la Justicia Social” (las mayúsculas del original están respetadas), que “perdura en el tiempo y en el espacio”: “Nosotros los justicialistas tenemos un aforismo que dice: ‘Mejor que decir es hacer; y mejor que prometer es realizar’. ¡Cuba y Argentina lo están demostrando en la práctica!”.

Por eso planteaba la necesidad de “elevar nuestra voz con seguridad y respaldo” en el Tercer Mundo, una actitud que “garantizará nuestro desarrollo futuro y la libertad en lo económico, político y social”.

“Es indudable que la necesidad de una Unidad Latinoamericana será la única posibilidad de Libertad real para nuestro Continente”, se entusiasmaba.

Perón aprovechó la misiva para opinar sobre los procesos políticos de liberación: “Las Revoluciones no pueden ser idénticas en todos los países porque tampoco todos los países son iguales, ni todos los pueblos tienen la misma idiosincrasia. Es preciso que cada uno actúe dentro de su soberanía con sus propios métodos”.

Para el líder argentino, no había que realizar la Revolución, porque ese proceso ya estaba abierto, sino “enseñar a nuestros descendientes a consolidarla”. Y planteaba dos caminos posibles: “Tiempo o Sangre”. “Tiempo sobra. La Historia nos enseña cómo los excesos vuelven finalmente a su cauce habitual. Sangre falta. Puesto que somos un Continente descapitalizado, que precisa su puesta en marcha, por medio de la Unidad Fraternal”.

“Todo esto quiere decir que la tarea no se termina mientras uno viva. Pero bien vale la pena vivir y morir por un ideal que trasciende a los pueblos”, reflexionaba.

Un párrafo especial mereció el análisis del rol de la militancia juvenil, un mensaje dirigido más hacia la sociedad argentina que a la cubana: “Tanto Ud., amigo Fidel, como yo, llevamos muchos años de permanente lucha revolucionaria. Ello otorga una experiencia invalorable que es preciso transmitir a la Juventud, para evitar atrasos que se pagan siempre con dolor y sangre, inútilmente. La pujanza viril de la vida joven, para rendir verdaderos frutos a la Patria, debe ir acompañada de la cuota de sabiduría que otorga la experiencia”.

Una amistad noble y sincera

Castro, en su respuesta, celebró la postura argentina y latinoamericana durante la última reunión de cancilleres en México, en la que el ministro Alberto Vignes fue el vocero contra el bloqueo a Cuba, que había tenido como antecedente la reanudación de las relaciones diplomáticas, “una prueba verdadera de independencia y soberanía política y un acto elementalmente justo”.

Sobre la unidad continental y los caminos revolucionarios había plena coincidencia: “Cualesquiera que fueran los métodos empleados y los puntos de partida diferentes, toda Revolución, al ser verdadera, estará encaminada a la liberación del hombre de todas las formas de explotación”.

Por su parte, el restablecimiento de los vínculos comerciales constituía “un paso inteligente en lo económico y valeroso en los político frente al imperialismo, que con brutal saña se empeña inútilmente en estrangular el desarrollo de Cuba”.

“No hay mejor respuesta latinoamericana para ese bloqueo que los acuerdos de la República Argentina con Cuba y la presencia en nuestro país de un grupo tan numeroso de argentinos, entre ellos hombres de negocios y empresarios, encabezados por su ministro de Economía”, agradecía el líder comunista.

“Durante quince años –detallaba– hemos estado adquiriendo en mercados capitalistas, con los cuales no nos unen especiales vínculos económicos ni comunes intereses, cientos de millones de dólares en mercancías que habríamos podido obtener en Argentina, lo que hubiera sido nuestra preferencia, pues la integración económica de los pueblos de América latina es elemento imprescindible para la futura integración política por la cual es deber esencial y necesidad impostergable luchar.”

La satisfacción por la postura argentina quedaba ratificada: “Quienes nos bloquearon y agredieron encontraron siempre la resistencia y hostilidad más firme y resuelta de nuestro pueblo. A los gestos de amistad, en cambio, responderemos invariablemente con noble y sincera amistad”.

El primer Fidel

El anónimo redactor del artículo de Siete Días sobre la misión de Gelbard en Cuba –la revista anticipaba que en el número siguiente saldría una nota sobre “el rostro de todos los días” en la isla­– rescató una frase poco conocida de Perón a modo de epígrafe del texto: “La gran virtud que yo veo en la Revolución Cubana y en la acción de Fidel es que les puso allí un dique de contención (a los estadounidenses) que no han podido pasar. ¿Que eso ha sido a costa de asociarse con Rusia? No importa. Con el diablo, con tal de no caer. Porque el diablo, ¿sabe?, además es un poco etéreo. En cambio estos son reales”.

Las palabras de Perón eran la respuesta a una entrevista publicada en el semanario uruguayo Marcha, que luego fue reproducida en un artículo de Antropología 3er Mundo y citada por Juan José Hernández Arregui en Peronismo y socialismo.

Pero el periodista de Siete Días decidió dejar de lado una parte de la reflexión: “Si en 1955 los rusos hubieran estado en condiciones de apoyarnos, yo hubiera sido el primer Fidel Castro de América”.

Escrito por
Germán Ferrari
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