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Caras y Caretas

           

Un adiós con penas y sin olvido

Julio Cortázar regresó a la Argentina en diciembre de 1983, por apenas una semana, y no pudo encontrarse con Raúl Alfonsín. La muerte lo sorprendió dos meses después en París.

Antes de tomar el avión para regresar a Francia, Julio Cortázar se detiene unos minutos para hablar con la prensa en el Aeropuerto de Ezeiza. Escucha la pregunta de un periodista de ATC –“¿Antes de su muerte qué espera?”– y ensaya una respuesta: “Aspiro a vivir mucho hasta el final. Aspiro a morirme teniendo conciencia de que hice de mi vida todo lo que un hombre puede hacer de su vida, positivamente hablando”. Es el 7 de diciembre de 1983. Los caprichos de una agenda complicada no le permiten cumplir su deseo de compartir los festejos populares por la asunción de Raúl Alfonsín, que se celebrarán tres días más tarde, luego de más de siete años de dictadura. Promete que retornará en marzo y mantendrá una estadía prolongada. Sin embargo, la muerte lo sorprenderá el 12 de febrero.

Son apenas siete días los que Cortázar permanece en Buenos Aires. Demasiadas cosas para hacer y poquísimo tiempo. Una despedida apresurada de una Argentina que se encamina hacia la democracia. “Si volví es porque la encontraba diferente. Es decir, la encuentro como saliendo de una pesadilla después de diez años de dictadura y de tiranía. Durante diez años yo no pude volver, como tantos exiliados. Yo sé muy bien que me hubieran matado”, le dice al periodista casi al pie del avión.

En la noche anterior a su partida, el autor de Rayuela se reúne con un grupo de amigos y compañeros de exilio en la emblemática pizzería porteña Los Inmortales: el escritor Osvaldo Soriano, el político de la UCR Hipólito Solari Yrigoyen y el periodista Carlos Gabetta. Un tema atraviesa la cena: la frustrada cita entre Cortázar y Alfonsín. En declaraciones a la revista La Maga, Soriano recuerda “la cara triste de Solari que, abochornado, no había conseguido no solo que recibieran a Julio, sino que ni siquiera le hubiesen mandado un mensaje, alguien que le diera la mano en nombre del Presidente. Por lo tanto, fue un rechazo total. No querían mezclar nada, no querían recibirlo. Era patético ver a Julio consolando a Solari: ‘No es nada, hombre, visita más o menos, lo que quisiera es que le fuera bien, que maneje bien el gobierno…’”.

Una década después del episodio, Soriano continúa con bronca: “A él no le importaba que no lo recibieran, nunca tuvo esa cosa de figurón. Como buen antiperonista, estaba contento del triunfo alfonsinista y le hubiera gustado hablar con el Presidente porque tenía de él la idea de que era un hombre sensible. Julio no pidió la entrevista, pero le parecía interesante equilibrar o contrarrestar la presencia de los Sabato y de los extremadamente moderados en el gobierno, o de gente que había estado durante la dictadura. La idea era que alguien que hubiera estado afuera, en el centro de la famosa campaña antiargentina, pudiera ser recibido por el flamante presidente como una señal de que esto iba a ser una cosa abierta”.

La ideología de Cortázar inquieta a más de uno, y en la rápida entrevista televisiva se plantea la cuestión:
–¿Alcanzó a percibir que la palabra “izquierda” dejó de ser mala palabra?
–Espero que sea así. No lo he percibido claramente, pero cuando vuelva dentro de dos meses espero que eso esté ya muy fijo en la conciencia de los argentinos. La palabra “izquierda” no es una mala palabra, muy al contrario, es una de las mejores palabras que hay en el lenguaje político; la mejor.

UNA SEMANA CERCA DEL OBELISCO

En aquella semana en Buenos Aires, el escritor se multiplica para reencontrarse con su gente, recorrer lugares y acceder a varias entrevistas, como bien detalla Diego Tomasi en Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar: visita a su madre; se reúne con Héctor Yánover, dueño de la librería Norte, y la fotógrafa Sara Facio; va al cine a ver No habrá más penas ni olvido, basada en la novela de Soriano; asiste al cierre de la temporada de Teatro Abierto. Trata de pasar inadvertido cuando sale de la habitación del hotel de Córdoba y Maipú, pero la gente lo reconoce y le brinda su afecto, como aquella adolescente que le regala un ramo de jazmines cuando lo descubre en un café céntrico. Esas demostraciones de cariño se enlazan con otras no tan lejanas, vividas en 1973, en una Argentina que se esperanzaba con la primavera camporista y el retorno de Juan Domingo Perón.

Desde mediados de 1983, la sociedad argentina vuelve a abrazar su literatura al resquebrajarse la censura del régimen. La editorial Nueva Imagen anuncia la publicación de Queremos tanto a Glenda y Deshoras y la reedición de Bestiario, su primer libro. Además, anticipa que volverá a imprimir Las armas secretas y Final del juego. Poco después llegará Los autonautas de la cosmopista o Un viaje atemporal París-Marsella, escrito con Carol Dunlop, su última compañera, fallecida el año anterior. También aparece Cuaderno de bitácora de Rayuela, de la investigadora literaria Ana María Barrenechea. Y los medios se atreven a difundir su palabra: la revista Humor entrega en septiembre una extensa entrevista realizada por su amigo Soriano.

Al periodista de ATC le anticipa que planea reunir en un libro sus artículos “en contra de la Junta Militar y que ustedes no conocen porque aquí estaban prohibidos y nunca se publicaron”. Su objetivo es que los argentinos “lean la opinión de alguien que desde fuera hizo todo lo que pudo para ayudarlos a ustedes que estaban adentro”. Esa obra póstuma será Argentina: años de alambradas culturales.

Cortázar se va del país con un anhelo y una advertencia: “Yo quiero creer, y estoy dispuesto a colaborar con todas mis fuerzas, en que salgamos adelante. Porque pienso que esta es la oportunidad única que se les ofrece a los civiles para iniciar un verdadero proceso de democracia que no esté basado únicamente en palabras y eslóganes, sino que responda a la verdad y a la realidad. Pero todos tenemos que poner el hombro. No basta simplemente con hablar de democracia para tener democracia, hay que hacerla la democracia, y todavía estamos lejos”.

Escrito por
Germán Ferrari
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