Elsa Drucaroff es una novelista y cuentista de excepción. A su vez, es una de las más importantes teóricas y críticas literarias locales y autora de uno de los tomos de Historia crítica de la literatura argentina. Eso sumado a sus artículos especializados sobre la obra de Julio Cortázar la erigen en una importante referente a la hora de pensar al autor de Rayuela. Género y clase desde una óptica neomarxista y feminista suelen ser conceptos estructurantes de sus análisis literarios.
–¿Por qué, en varias ocasiones, elegiste a “Final del juego” como uno de los cinco cuentos que marcaron tu literatura?
–“Final del juego” es uno de los pocos cuentos en donde Cortázar pudo pensar a las mujeres como personas y no simplemente como objetos de deseo, histéricas o enloquecidas, o seres que cogen o no cogen. Un ejemplo típico de la manera en que Cortázar construía a las mujeres como personajes es “La señorita Cora”. Hay una enfermera atractiva que está ahí por su posición deseante y hay una madre insoportable. No es un juicio de valor al cuento, sino un juicio de valor ideológico. Lo que Cortázar logra en “Final del juego” es mirar la infancia rebelde, mirar la capacidad de imaginar y de invención de tres niñas. Hay una construcción de niñez en la narradora, que es una de esas niñas, extraordinaria. Lo leí siendo adolescente y sentí la palpitación de un deseo de transgresión, un deseo de invención. Son artistas esas niñas con esos juegos de las estatuas. Es un cuento atípico de Cortázar, que es un enorme cuentista, pero acá se suma que tiene tres personajes femeninos de verdad, entendidos como personas que además son mujeres. La literatura argentina construye más mujeres que personas en función de cuán deseables son, cuánto miden en términos de sexualidad, etcétera. Están muy pocas veces construidas como personas que, además de eso, son mujeres. Leticia, la niña paralítica, y sus dos hermanas son transgresoras, son deseantes más allá de los hombres. Ese mensaje, ese juego de las estatuas para el tren que pasa, es una performance creativa para el público de los pasajeros del tren. Son artistas que arman esculturas vivientes. Es un mundo secreto de la creatividad.
–Se suele dividir la obra de Cortázar en dos etapas bien diferenciadas: antes y después de la Revolución cubana. ¿Qué Cortázar preferís?
–Yo me quedo definitivamente con el primer Cortázar, con el de los primeros cinco libros de cuentos. Allí es muy difícil elegir porque el nivel es muy parejo. “El perseguidor” me marcó por esa posibilidad de investigación metafísica a través del arte, esa promesa de que hay una magia en otra dimensión es muy seductora. “Cartas de mamá” o “Casa tomada” son narrativa y estructuralmente perfectos. La preocupación política puede ser parte muy genuina de la literatura, pero no garantiza, ni te mejora, ni te empeora la manera de escribir. A veces se nota cuando las convicciones políticas, por más sinceras y honestas que sean, no son lo que realmente lo calienta al artista, no es lo que lo mueve. A veces sí, a veces no. Vos leés toda la obra de Virginia Woolf y sentís que el feminismo la calienta, la eriza de creatividad. En cambio, el compromiso político con la izquierda no mejoró la literatura de Cortázar. No estoy diciendo que él no creyó en sus opciones políticas, ni que la hizo por oportunismo, porque no es cierto. Lo que a Cortázar realmente lo conmocionaba era la pregunta por el cielo de la rayuela, por la llegada a una especie de meollo, de verdad metafísica que mueve el universo oculto. O la fuerza oculta que mueve el universo. Es una pregunta que no es de la Revolución cubana. De hecho, cuando escribió de política lo trató de mezclar siempre con esa pulsión fantástica, con esa pregunta por los límites de lo real. Me puede gustar más o menos la etapa política, pero el Cortázar que perdura no es el comprometido políticamente con la izquierda.
–Recién hablaste del cielo de la rayuela. Cortázar usó la palabra cielo en el título de dos de sus cuentos emblemáticos, “El otro cielo” y “Las puertas del cielo”. ¿Por qué esa recurrencia y cuál preferís?
–El cielo es una metáfora de ese espacio sagrado que busca Cortázar para transgredir los límites de la realidad. “El otro cielo” es un cuento muy lindo: el del bancario que se pierde por los vericuetos del pasaje Güemes y sale mágicamente a París, no sabemos cómo. Pero “Las puertas del cielo” es un cuento extraordinario. Ahí veo una cosa políticamente subversiva en tiempos en que Cortázar era un furibundo antiperonista. Es un cuento muy racista, escrito desde un fuerte prejuicio. Es un prejuicio muy contradictorio que aparece representado en el personaje de Marcelo, ese abogado intelectualoso, formado, culto, que tiene una pareja amiga proveniente de sectores populares, “bruta”, probablemente peronista, aunque nunca se dice (risas). Pero ese personaje tiene una contradicción en carne viva porque está fascinado con esa fuerza vital, deseante, que se materializa en las verdades del mundo popular. Por el otro lado, se burla, ironiza, los llama “monstruos”. Desde esa contradicción está escrito el cuento y es descripta la milonga que hoy sería el equivalente a ir a bailar cumbia a Once. Y lo más extraordinario es que Marcelo desea a Celina, la negrita de los sectores populares. Y la desea al punto de que a esa mujer le da el poder de volver del más allá de la muerte, de romper las barreras entre la vida y la muerte a través de la milonga. En “Casa tomada” los monstruos no se ven, no se los enfrenta. Acá hay un acercamiento que lleva al personaje de Cortázar a la pregunta: ¿qué es este mundo?, ¿qué es esta gente? Y las descripciones que resultan de estas preguntas son algo extraordinario. La literatura que más me interesa es la que, en lugar de repetir de un modo políticamente correcto lo mismo que yo pienso, me pone en crisis. Ese cuento hoy sería cancelado por cómo viene la mano con el placer de las cancelaciones. Sin embargo, esas descripciones sobre el mundo popular que conjugan la repulsión, la fascinación y el deseo son infinitamente más valiosas que cualquier descripción políticamente correcta que deje tranquilos a los progres.
–¿Cuáles son, entonces, los tópicos centrales de la obra de Cortázar?
–La búsqueda de una especie de centro de verdad, de un espacio sagrado al que hay que acceder. Es la milonga donde la Celina muerta va a reaparecer o el París donde el bancario encuentra la verdad de su vida y después la pierde por cobarde. O el instante glorioso que construye Leticia en esa última estatua frente al ferrocarril de “Final del juego”. Es el cielo de la rayuela. El segundo tópico es que el arte es un camino para eso: la música, la escritura. Y, finalmente, lo lúdico, el juego, pero no el juego gratuito. Es el juego para algo. En lo fantástico hay una verdad oculta, pero había que jugar para llegar a eso. A la verdad oculta se llega a través del juego.
