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Caras y Caretas

           

De Cooke a López Rega 

Juan Perón junto a su mujer, María Estela Martínez

Enero de 1974. Perón había asumido su tercera presidencia meses antes y ahora, viejo y enfermo, parecía haberse corrido a la derecha, en buena medida por la impronta mesiánica de su ministro de Bienestar Social.

“Documentos, cartas y discursos de John William Cooke.” El título anticipaba el tema principal de la nueva edición de la revista Crisis. Un rescate prometedor para empezar 1974 con una lectura atravesada por el acontecer local e internacional.  

De entrada, la reproducción de la carta de puño y letra de Juan Domingo Perón en la que designaba a Cooke para que asumiera su “representación en todo acto o acción política”. “Su decisión será mi decisión, su palabra, mi palabra”, decía Perón en 1956.   

Luego, aparecían “La conciencia nacional es también conciencia histórica”, un fragmento de un discurso pronunciado en Cuba en 1962; “La rebeldía popular y los aparatos partidarios”; el “testamento”, dirigido a su compañera, Alicia Eguren, y escrito semanas antes de morir, en 1968; una carta a Salvador Allende; un análisis sobre la “desaparición” del Che Guevara, de 1965, entre otros textos. 

La recopilación de trabajos inéditos o de circulación acotada llenó varias páginas del número 9 de Crisis, que ganó la calle en enero de 1974. A principios de ese mes, Perón, que había asumido por tercera vez la presidencia en octubre del año anterior, se instaló en la Quinta de Olivos para ocuparse de los asuntos de gobierno, en compañía de su esposa, la vicepresidenta María Estela Martínez, y el ministro de Bienestar Social, José López Rega.  

El Brujo fortalecía su rol de sombra de Perón. Desde la revista Las Bases –”órgano oficial del Movimiento Nacional Justicialista”– expresaba un apoyo incondicional al líder y, a la vez, consolidaba sus aspiraciones políticas: “Por un pueblo feliz”, deseaba en la tapa del número 76 con una copa en alto. 

La violencia naturalizada 

Durante el primer mes de 1974, asentado en Olivos, Perón mantuvo reuniones de gabinete; dialogó con colaboradores, empresarios y dirigentes juveniles; intercambió ideas con el líder del radicalismo, Ricardo Balbín; recibió al presidente de Panamá, Omar Torrijos, y se dirigió al país por cadena nacional en la noche del 20 de enero, tras el ataque a la guarnición militar del partido bonaerense de Azul por parte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). 

También reprendió a los diputados de la JP que se oponían a las reformas gubernamentales al Código Penal (luego fueron expulsados del peronismo). Y se hizo tiempo para repartir juguetes el Día de los Reyes Magos a dos mil chicos, felicitar a los artistas que actuaron en el festival organizado por el gobierno en el Obelisco para fin de año y sorprenderse por el crecimiento de un palo borracho que había plantado durante su primera presidencia.  

El intento de copamiento de Azul aceleró el clima represivo –sanción en Diputados del endurecimiento de penas en el Código Penal; asunción de Luis Margaride y Alberto Villar en la Policía Federal–, no solo con la persecución a los integrantes de las organizaciones guerrilleras, sino también a diversos sectores de la sociedad. “El reducido número de psicópatas que va quedando será exterminado uno a uno por el bien de la República”, amenazaba Perón. 

La prensa naturalizaba los secuestros de empresarios por la guerrilla, las tomas de fábricas impulsadas por obreros que se enfrentaban a la prepotencia patronal y los atentados contra medios de comunicación y sus integrantes. El grupo armado de extrema derecha Triple A, cobijado por López Rega, comenzaba a hacerse conocido. 

Perón seguía de cerca los números del Plan Trienal y la marcha del Pacto Social; el debate sobre los proyectos de reforma constitucional y de ley universitaria; la salida del gobernador bonaerense, Oscar Bidegain, a quien responsabilizó del ataque de Azul, y la llegada del dirigente de la UOM Victorio Calabró; la misión a Libia encabezada por López Rega, y las repercusiones del relevo del comandante general del Ejército, Jorge Carcagno –la derecha peronista no le perdonó su labor en el Operativo Dorrego y su postura alejada de la Doctrina de Seguridad Nacional. 

En tanto, el país era espectador de una serie de atentados contra los cines que anunciaban la exhibición de Jesucristo Superstar; la asunción de Vladislao Cap como técnico de la Selección, que debutaría frente a Polonia en el Mundial de Alemania; los cortes generalizados de energía eléctrica –la TV no trasmitía entre las 20 y las 23–; la frustración de Carlos Reutemann por quedarse sin nafta en el Gran Premio de Argentina –Perón fue a verlo y lo saludó igual–; la creación del Altar de la Patria –allí descansarían los restos de Evita–; el lanzamiento del gobierno porteño de la campaña “El silencio es salud” contra los ruidos molestos; el calor récord en Buenos Aires: 36 grados. 

La potencialidad revolucionaria 

En la carta enviada a Salvador Allende antes de las elecciones chilenas de 1964 –el candidato socialista perdió frente al demócrata cristiano Eduardo Frei–, que Crisis rescató diez años más tarde, Cooke analizaba: “A nueve años de la caída y del exilio de Perón, el peronismo no se ha desintegrado para integrarse en los partidos ‘tradicionales’ –como ellos estaban seguros [de] que ocurriría– y aunque por una serie de fallas que no es del caso enumerar no se ha estructurado como un partido auténticamente revolucionario para la toma del poder, es un movimiento de rebeldía popular, que pelea en muchos frentes y que, aunque dirigido por una burocracia reformista y pactista, tiene una potencialidad revolucionaria que aflora constantemente”.  

La Argentina –y el peronismo– de 1964 era muy distinta a la de una década después. Un Perón de 78 años, enfermo, corrido hacia la derecha por su interpretación de la realidad y por la impronta mesiánica de López Rega, trataba de hacer equilibrio en un continente sembrado de dictaduras.  

Del otro lado de la cordillera, la democracia había sucumbido en septiembre de 1973 con la destitución de Allende. El senador Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista chileno, había logrado salir de su país hasta llegar a Cuba, donde asistió en los festejos de los quince años de la Revolución liderada por Fidel Castro. 

Con la experiencia del reciente golpe de Estado en su tierra, Altamirano advertía que “la estrategia reaccionaria del imperialismo norteamericano tiene como objetivos inmediatos el derrocamiento de los actuales gobiernos de Argentina, Perú y Panamá”. 

En un documento distribuido a la prensa reunida en La Habana, alertaba que Estados Unidos afrontaba una “grave crisis” que se expresaba “en los planos económico, político, militar y también moral: Watergate, Vietnam, la guerra del Medio Oriente, la crisis de la energía, la crisis monetaria, la crisis de la sociedad de consumo, las contradicciones crecientes entre las grandes potencias capitalistas occidentales”. Según su análisis, ese panorama lo había obligado “a replegarse sobre un ‘patio trasero'”, es decir, Latinoamérica. “Pretenden conservar su poder a través de regímenes dictatoriales”, subrayaba y ponía como ejemplo lo que ocurría en su patria: “La forma más extrema la constituye la dictadura fascista de Chile”. 

Esas palabras encerraban una terrible profecía: en 1975 fue derrocado el general nacionalista peruano Juan Velasco Alvarado, al año siguiente cayó el gobierno peronista y en 1981 Torrijos murió en un extraño accidente de avión. En todos los casos, Estados Unidos interfirió en el andar soberano de esos países –lleno de virtudes y errores– y los condenó a un estado de dependencia aún mayor del que ya padecían.  

Escrito por
Germán Ferrari
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