Cuando militares y civiles antidemocráticos tomaron el poder el 24 de marzo de 1976, la editorial Atlántida era una de las empresas periodísticas hegemónicas en el mercado nacional, con un mensaje que traspasaba las fronteras. Su discurso prodictadura, evidente durante todo el “Proceso”, puede rastrearse desde mucho antes de la caída del gobierno de Isabel Perón. Por entonces, imprimía revistas para públicos diversos. Según su fecha de fundación, de la más antigua a la más nueva: El Gráfico, Billiken, Para Ti, Chacra y Campo Moderno, Gente y la Actualidad y Libro Elegido, una apuesta al periodismo cultural que se había sumado en diciembre del año anterior.

La fiesta de lanzamiento de Libro Elegido no se hizo de inmediato. Derrocada Isabel y con el general Jorge Rafael Videla adueñado de la Casa Rosada, las autoridades de la editorial decidieron postergar el festejo varios meses: “Queríamos estar seguros de que ofrecíamos a los lectores un excelente material literario y bibliográfico, y porque necesitábamos, además, tener seguridades acerca de la aceptación de la revista por el público”, explicaron.
La librería Atlántida, ubicada en la calle Florida porteña, cobijó a la plana superior de la flamante publicación bimestral: Constancio Vigil, director ejecutivo; Carlos Fontanarrosa, director editorial, y Eduardo Gudiño Kieffer, jefe de redacción. También compartió el encuentro Samuel “Chiche” Gelblung, jefe de redacción de Gente. No faltaron escritores y escritoras –Manuel Mujica Láinez, Marta Lynch, Enrique Medina, Abelardo Arias, María Angélica Bosco, Victoria Pueyrredón, Poldy Bird–, periodistas –Bernardo Neustadt– y políticos –Horacio Thedy, del Partido Demócrata Progresista–.
La cobertura del evento aparece en el número 6 (octubre-noviembre de 1976) de Libro Elegido, que en su portada anuncia “7 nuevos libros condensados” –cinco extranjeros y dos nacionales– y una entrevista a Adolfo Bioy Casares –”El amor y la violencia”–. Las obras seleccionadas: Tensión, “la famosa novela del doctor Christiaan Barnard”; Mi vida, “la apasionante biografía de Golda Meir”; Una dama solitaria, “el gran best seller de Harold Robbins”; Mi país y el mundo, “por el premio Nobel de la Paz Andréi Sájarov” (1975); La máquina humana, “las teorías científicas de la bioingeniería, por John Lenihan”; La Argentina que usted nunca vio, “maravillosos paisajes de nuestro país a todo color”, y El mito peronista, “polémicas teorías de Roberto Aizcorbe”.
Libro Elegido, como el resto de las publicaciones de Atlántida –en septiembre de 1976 había nacido Somos–, acompañaba el discurso del régimen en el ámbito cultural. Una breve declaración del ministro de Educación, Ricardo Bruera, da cuenta de la preocupación de su cartera por la situación del libro argentino y anticipa la próxima reglamentación de la ley para el sector. Y en un breve destacado se celebra la designación de Victoria Ocampo como integrante de la Academia Argentina de Letras: “Un honor para todos”.
El enlace con la realidad del país se filtra en la sección “Quién es quién en la literatura”, dedicada en la oportunidad al uruguayo Constancio C. Vigil, fundador de la editorial Atlántida, creador de los personajes infantiles El Mono Relojero y La Hormiguita Viajera, y autor del vendidísimo Upa!
La evocación rescata una frase de El erial, uno de los clásicos de Vigil: “Cada uno nace delante de un erial. Cosechará lo que siembra”. El anónimo redactor opina que esa máxima debería ser traída a la actualidad, “porque cuando un país vive momentos difíciles necesita pensamientos rectores como este”. E insiste en buscar el vínculo con la Argentina de 1976: “Cuando grupos extremistas de distintos signos sumen a la nación en un baño de sangre, cobra una tremenda vigencia aquel cuento de Vigil titulado ‘Los frutos de la venganza’, donde a través de la fábula se advierte el horror del círculo vicioso que se crea a través del odio”.
La experiencia repetida de Bioy Casares
“¿Dónde están los escritores jóvenes?”, se pregunta Libro Elegido, y señala que algunos consideraban que “el problema reside en los propios escritores, quienes, enrolados en temáticas sociológicas, psicológicas y hasta políticas, no logran crear nada nuevo”. Para responder sobre “las dificultades que se presentan cuando alguien se decide a emprender el camino de las letras”, la revista consulta a Fernando Sánchez Sorondo, Marta Lynch, Mario Satz, Syria Poletti, María Angélica Bosco, Nilda Sosa. Y saca una conclusión: “El problema no reside solamente en la crisis de la industria editorial o en las barreras que los editores interponen al escritor joven, sino también en ciertas actitudes de la juventud que no coinciden con la realidad del lector. Ese lector que es, en última instancia, el verdadero destinatario del mensaje literario”.
Además de comentarios elogiosos a Ganarse la muerte, novela de Griselda Gambaro, y los cuentos de La telaraña, de Teresa Caballero, y Un país y otro país, de Federico Peltzer, se anuncia la próxima aparición de La crisis en la Argentina, de Félix Luna, y La Argentina y los argentinos. Reportajes de Tiempo Nuevo, del ya mencionado Neustadt, y se ofrece un anticipo de ¡Qué porqería es el glóbulo!, del maestro uruguayo José María Firpo.
Bioy Casares es el elegido para la entrevista de ese número, a cargo de Ana Baron, que recorre la vida literaria del autor de La invención de Morel. Allí también se desliza la actualidad argentina:
“–¿Qué otro tipo de preocupaciones lo distraen? ¿Hay algo de la vida cotidiana que influye mientras escribe?
–Quizás la violencia en nuestro país. Sin embargo, esto no significa que el clima de agresión actual repercuta directamente en mis novelas. Lo que sí puedo afirmar es que influye indirectamente a través de mi estado de ánimo.
–Usted tuvo la oportunidad de vivir en otros países. ¿Por qué eligió la Argentina?
–Elegí volver aquí porque soy argentino y es aquí donde tengo a las personas que más quiero. De todas maneras, muchas veces tuve la duda. En 1973, cuando ganó el peronismo, tuve ganas de quedarme en París. Yo había vivido el gobierno peronista de 1945 a 1955 y no tenía mucho interés en volver a repetir la experiencia. Pero, a pesar de todo, volví.
–Si a usted lo hubieran invitado a almorzar con el Presidente, ¿sobre qué temas le hubiera gustado conversar?
–Creo que ninguno, porque no hubiese podido decir una palabra. Yo soy una persona muy pero muy tímida”.
Un manual de lugares comunes gorilas
Un extracto de El mito peronista. Un ensayo sobre la reversión cultural ocurrida en la Argentina en los últimos 30 años ocupa varias páginas de la edición de Libro Elegido, que presenta a Aizcorbe, su autor, como un periodista que adhiere a “la revalorización de la democracia bien entendida” y recuerda que desde la revista El Burgués había batallado contra el retorno del peronismo al gobierno en 1973.
(Mordisquito comenzó a leer el párrafo anterior, se detuvo al llegar a las tres décadas mencionadas en el subtítulo y gritó indignado: “¡¡¡Los males de la Argentina comenzaron en 1945!!!”).

Aizcorbe, que integró las redacciones de Primera Plana y Panorama, había editado una versión resumida de su obra en Estados Unidos en 1975. Según cuenta Libro Elegido, en ese año nadie se había atrevido a imprimirlo en la Argentina y tuvo que esperar hasta el derrocamiento del gobierno constitucional para poder difundirlo en estas tierras.
La encargada de la tarea fue la ignota Ediciones 1853, perteneciente al también desconocido Movimiento Patria, “constituido por un grupo de argentinos (…) reunidos a principios de 1975 con la única vocación de servir a la Patria defendiendo el ideario de la libertad”. La agrupación, que abogaba por las “ideas republicanas”, sostuvo una campaña de solicitadas en La Prensa en “repudio al gobierno de Isabel Perón, sus ideas, sus métodos, sus hombres”, en las que “llamó a la reflexión acerca del riesgo a que estaba expuesta la Argentina de caer en un régimen comunista”.
El resumen que presenta Libro Elegido es parte del engranaje de demonización del peronismo puesto en funcionamiento desde antes del golpe. En las páginas seleccionadas, el lector puede transitar por los tópicos antiperonistas en boga en aquel momento y que medio siglo más tarde siguen vigentes. Un ejemplo: Nicolás Márquez, el biógrafo del presidente Javier Milei, rescató la obra de Aizcorbe en Perón. El fetiche de las masas, donde es ampliamente citada y tomada como referencia.
“La tesis central de este libro es que la restauración de Perón, en 1973, es fruto del esfuerzo predominante de la Nueva Izquierda, cuyo matiz ideológico ha poseído al peronismo, hasta convertirlo, acaso, en el polo izquierdista con mayor consistencia en América del Sur, luego de la caída de Salvador Allende en Chile”, reflexiona Aizcorbe. Según su hipótesis, “durante 12 años a partir de 1961 a través del periodismo, el cine, los libros, la Nueva Izquierda transformó los elementos de la leyenda peronista: la aventurera Evita, que dificultosamente sabía escribir, fue disfrazada de revolucionaria científica, parecida a Lenin”.
Evita no es solo “la aventurera”, también es “la audaz demagoga muerta en 1952” y la “amante” de Perón. Existe una conformación del “mito Evita” que es “paralelo al mito de Perón”, una peculiaridad de la vida política argentina que, a través de los años, consolidó una “vigencia del peronismo sin Perón”.
“El peronismo es un sistema de representaciones integrado con datos no comprobables en la realidad, pero vigente en el espíritu de las masas”, se fastidia Aizcorbe y se alarma porque en 1973 se produjo “la instalación de la primera monarquía hereditaria de Latinoamérica”.
Uno de los ejes centrales de este resumen es el cuestionamiento a la economía peronista en todas sus variantes. El autor minimiza el industrialismo justicialista y enaltece políticas liberal-conservadoras de la Década Infame. Afirma: “La herrumbrada economía estatista que originó el fracaso de Perón entre 1946 y 1955 fue inoculada de colectivismo, en una tarea demasiado perfecta como para considerarla casual”.
Y es por eso que Aizcorbe se entusiasma con Friedrich von Hayek, premio Nobel de Economía 1974 –sí, sí, el baluarte de la Escuela Austríaca admirado por Milei– y cita de su libro Camino de servidumbre, publicado un año antes de terminada la Segunda Guerra Mundial, un fragmento que hoy podría ser aplaudido por cualquier manipulador de la motosierra: “Tan pronto como el Estado toma sobre sí la tarea de planificar la vida económica entera, el problema de la situación que merece cada individuo y grupo se convierte inevitablemente en el problema político central. Como solo el poder coercitivo del Estado decidirá lo que ha de tener cada uno, el único poder verdadero será la participación en el ejercicio de ese poder directivo. Y no habrá cuestiones económicas o sociales que no sean cuestiones políticas”.
