El festejo de los 75 años de la TV argentina, el 17 de octubre de 2026, está empañado por una crisis económica que golpea los recursos para producir programación de calidad, el desplazamiento de las audiencias hacia opciones digitales que, aunque usan la TV como dispositivo de consumo, distan del rumbo generalista que cultivó la TV abierta por décadas, y por la hiperconcentración de la propiedad en pocos grupos que usan a los canales para hacer otros negocios, no televisión.
Nacida en 1951, en el Día de la Lealtad peronista, cuando los pioneros radiofónicos Jaime Yankelevich y Enrique Susini impulsaron la primera transmisión por encargo del gobierno de Juan Domingo Perón para unos pocos aparatos receptores, la TV comenzó a hacerse masiva a finales de esa década de los 50, cuando se multiplicaron los canales y –años después– se consolidó la inversión publicitaria. Ese proceso fue complementado por la inserción de capital extranjero y programación estadounidense, lo que fue un hecho inédito en la historia nacional: la distribución directa y continua a los hogares de flujos de contenido simbólico fabricado en otro país.
La TV narró con imágenes impactantes el alunizaje, el velorio de Perón, la Guerra de Malvinas, la recuperación democrática de 1983, los alzamientos carapintada, el atentado a la AMIA, la represión de diciembre de 2001, la tragedia de Cromañón, los actos del Bicentenario, la masiva despedida de Diego Maradona en pandemia, el intento de magnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner y los festejos por la Copa Mundial en 2022, los rituales funerarios del Indio Solari. Pero también fue una máquina proveedora de entretenimiento, con telenovelas, series y unitarios hoy exiliados de la tele abierta.
El origen de la TV argentina contiene rasgos aún vigentes: la influencia en la opinión y las noticias, la lógica comercial enfocada al entretenimiento, la tercerización de parte de la programación (incluso en los canales estatales), la centralización porteña de la producción, la alta proporción de contenido extranjero y la exploración estética aun en épocas de vacas flacas.
Es posible leer esta historia en nueve etapas: el nacimiento experimental de los 50, la consolidación privada de los 60, la estatización en vísperas de la última dictadura, la apertura democrática, la privatización menemista sazonada con el cable, la crisis de 2001, el ciclo de pluralismo externo y polarización kirchnerista, la restauración de Macri combinada con la irrupción del capitalismo de plataformas y el vaciamiento de la ficción vía ahogo presupuestario de la producción nacional por las políticas de Milei. Cada etapa modificó el paisaje sin romper las continuidades fundacionales.
Cada aniversario es acompañado del pronóstico de la pronta defunción. Cuando la TV paga segmentó audiencias en los 90, cuando Netflix popularizó el consumo desprogramado o YouTube impuso el broadcast yourself, y cuando las redes empezaron a transmitir en vivo, se anunció el ocaso de la pantalla chica. No obstante, la sociedad le destina varias horas diarias. La TV conserva la capacidad de organizar un flujo programado de agenda ante la disgregación institucional, y los recortes de sus momentos estelares se reproducen en todas las plataformas.
Además, es paradójico decretar su muerte en un país presidido por un panelista como Javier Milei, cuya notoriedad masiva fue catapultada por el tiempo que los canales de Buenos Aires le prodigaron durante la década previa a su triunfo en 2023. La TV sigue animando las conversaciones en redes digitales y analógicas (la calle), lo que exige revisar al rating clásico como único indicador de su influencia real.
EL REPARTO DEL PODER
Lo que sí cambió, y sigue cambiando velozmente, es el reparto del poder en la cadena de valor. Antes, las empresas de medios controlaban de punta a punta la producción, edición, distribución y comercialización de los contenidos que alimentaban la opinión pública. Esa cadena fue empujada a entornos digitales e intervenida por actores del capitalismo de plataformas que asumieron funciones tradicionales de la industria, concentrando la publicidad y la atención social. Pero ¿qué es hoy la televisión? ¿Un catálogo a demanda, un menú de juegos en una consola o un flujo continuo de noticias y entretenimiento empaquetado para televisor o teléfono?
En la Argentina, el interrogante cobra complejidad por la concentración de la propiedad, casi ininterrumpida desde las privatizaciones de 1989. Los grandes grupos absorbieron productoras, señales de cable, licencias de aire y proveedores de conectividad, mientras los sucesivos gobiernos alternaron entre intentos de desconcentración (como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual de 2009) y ciclos de restauración de las condiciones previas. Esta alternancia de distinto signo político explica la fragilidad estructural de un sistema (privado y público) que rara vez planifica a largo plazo.
En la zona metropolitana de Buenos Aires un mismo grupo audiovisual hoy posee dos licencias contra lo que marca la ley vigente, sin que la autoridad de aplicación –el ENaCom intervenido por Milei– lo impida. La motivación al acaparar medios es usarlos como trampolín para otros negocios, como concesiones de energía o telecomunicaciones. A su vez, las derogaciones decretadas por Macri y Milei a la ley audiovisual amputaron la exigencia de contenido nacional.
El diagnóstico abarca también a la TV de gestión estatal. A Canal 7 le falta un proyecto de largo aliento, financiamiento estable, programación federal, información diversa con fuentes legítimas y línea estética propia; males que los sucesivos gobiernos administran, con muy diferentes énfasis y compromiso, sin resolver. La gestión Milei, tras vaciar el canal –al igual que Encuentro, PakaPaka y DeporTV– apunta a maquillar todo con un nuevo cambio de marca y del logo institucional. A favor de la emisora juegan su capacidad de supervivencia aun en momentos de vaciamiento como el actual, un acervo de imágenes y sonidos de gran valor documental y una demanda social de pluralismo que las fuerzas políticas reclaman en la oposición y olvidan en el gobierno.
A 75 años de su transmisión inaugural, la TV enfrenta un panorama arduo para sobrevivir en un escenario desprogramado, concentrado y mediado por plataformas que boicotean regulaciones sobre sus criterios de recomendación, apropiación y edición de datos y contenidos. El desafío público y privado recrea el del momento inicial: cómo aprovechar una tecnología que, aunque mude de piel, continúa organizando parte de la vida cotidiana, la agenda pública y el imaginario social de los argentinos.
