“Estoy dispuesto a sostener, según es mi deber, el honor de la nación a la que pertenezco”, responde el oficial a cargo de la modesta guarnición de poco más de un centenar de hombres. Precariedad de defensas y escasez de municiones se combinan de mala manera para hacer frente al inminente ataque de fuerzas muy superiores en número y bien pertrechadas. Lo único que sobra es coraje.
Es la mañana del 11 de octubre de 1838, preludio del combate de la isla Martín García, primera sangre del conflicto diplomático suscitado entre la Francia monárquica de Luis Felipe de Orleans y la Confederación Argentina liderada por Juan Manuel de Rosas.
Quien responde de manera tan gallarda a la intimación del comandante de la escuadra francesa en operaciones, Hipólito Daguenet, es el teniente coronel Jerónimo Costa. Lo secunda un extranjero insigne, el mayor Juan B. Thorne, de origen estadounidense y probado valor en los lances locales. Está al frente de una batería con cuatro cañoncitos, y con esos pocos medios se apresta a cumplir su parte en la patriada.
Tras un intenso bombardeo que causa estragos en los endebles parapetos de la fortificación, se produce el desembarco de 550 hombres, franceses pero también unitarios y aliados orientales, desde una veintena de lanchones que tocan la playa.
Aunque los defensores de Martín García dilatan el fatal desenlace todo lo posible. Transcurren dos horas de desigual combate hasta que se acepta la derrota. Más de la mitad de ellos yacen sin vida en el campo de batalla.
Costa hace entrega de su espada en señal de rendición. Daguenet, enemigo leal al fin, se la reintegra. Es el premio a su valentía y decisión, y la de sus hombres.
Daguenet delega el control de la plaza en el capitán Santiago Sciurano, al que llaman Chentopé, un italiano a las órdenes del caudillo oriental Fructuoso Rivera, plegado a los franceses por esos caprichos de la política rioplatense, y embarca a los vencidos rumbo a Buenos Aires.
Fondeado en la rada, el comandante invasor solicita una tregua para liberar a los prisioneros que “no deben ser retenidos en reconocimiento a su heroico comportamiento”.
El jefe de la Confederación y encargado de las Relaciones Exteriores la concede.
Una multitud recibe a los desembarcados en el puerto para aclamarlos. Costa carga encima una misiva dirigida a Rosas y firmada por Daguenet, recomendándolo con grandes elogios.
EL PABELLÓN FRANCÉS
En Martín García ya no flamea la bandera celeste y blanca (que era azul y blanca en tiempos de Rosas) sino el pabellón tricolor de la monarquía gala. Así será hasta la firma del tratado Mackau-Arana (1840), que pondrá fin al bloqueo francés del Río de la Plata, tan perjudicial para la economía como cuestionado por ese ilustre exiliado, el general San Martín, que ofreció sus servicios al gobierno.
Cuando se produce su restitución y el izamiento de la enseña nacional, una voz poética se alza contrariada, lamentando el curso de los acontecimientos. Es la de Bartolomé Mitre, futuro presidente de los argentinos, fustigando al representante plenipotenciario de Francia por ceder a las demandas del “inmundo tirano”, en versos publicados en el periódico El Nacional, de Montevideo.
No era la primera vez que esa isla rocosa y de escasos atractivos pero de estratégica importancia era escenario o telón de fondo de enfrentamientos armados. Ya en la Campaña Naval de 1814, el almirante Guillermo Brown la había arrebatado al dominio realista para incorporarla a las inestables Provincias Unidas.
No sería tampoco la última. Años más tarde, desatado un nuevo conflicto internacional, esta vez contra las dos potencias ultramarinas aliadas (Inglaterra y Francia), en medio de otro capítulo de la guerra interminable entre unitarios y federales, la isla Martín García volvió a estar en la mira. Aunque Rosas ya había comprendido la dificultad de establecer una defensa eficaz y procedió con astucia y pragmatismo. Destinó a los efectivos acantonados a reforzar las divisiones que preparaba Mansilla para combatir en la Vuelta de Obligado (1845) y dejó una dotación simbólica de doce inválidos, que se rindieron con todos los honores y sin disparar un solo tiro.
Firmado el tratado de paz Southern-Arana (1850), la isla fue devuelta a las autoridades argentinas.
Inmersa en el fragor de las luchas civiles cuando la conformación del Estado nación, cartografía al margen, que la muestra pegada a la costa uruguaya, Martín García siempre estuvo demasiado cerca.
REVANCHA Y BUENO
Tras la batalla de Caseros (1852) y el alejamiento de Rosas, la desconfiada relación entre Urquiza y sus aliados porteños no tardó en quebrarse, enfrentando a la Confederación con el Estado rebelde de Buenos Aires, que desconoció la Constitución sancionada en Santa Fe.
Si el teatro de operaciones terrestre, con el sitio impuesto a la ciudad por el coronel Hilario Lagos, se fue debilitando sin mayores escaramuzas, el bloqueo naval fue pródigo en coloridas alternativas. El coronel estadounidense John H. Coe devino en jefe de operaciones de la escuadra nacional tras el apresamiento de su navío, el vapor La Merced, armado originalmente por Buenos Aires para controlar la boca del Riachuelo.
En ese contexto convulsionado y agotadas las instancias de negociación para que la sangre no llegase al río, la flota porteña se dirigió a Martín García en busca del enemigo.
El combate naval de tres horas de duración arrojó como claro ganador a la Confederación, que logró rendir dos buques y ocasionar unas 60 bajas, incluyendo la del comandante Rafael Pittaluga, velado con honores en Buenos Aires.
Los nacionales registraron la mitad de bajas y quedaron dueños de la situación.
Sin embargo, Coe volvió a defeccionar en beneficio propio, y a cambio de un cuantioso soborno dejó sin efecto el bloqueo y la ciudad puerto recuperó el control de sus aguas territoriales.
Siete años de cisma y tensa coexistencia de sendos Estados argentinos derivaron en una nueva conflagración. Esta vez, la escuadra porteña convenientemente reforzada tomó la iniciativa y bloqueó el puerto de Paraná, residencia de las autoridades nacionales, impidiendo el paso de las tropas de Urquiza. Pero una inesperada sublevación en el Pinto, nave insignia, alteró la relación de fuerzas. La Confederación se rearmó con buques adquiridos en Montevideo y Río de Janeiro, despachando a su escuadra a forzar el paso en la icónica isla, dominada por Buenos Aires y defendida ahora por cuatro baterías dotadas con
una moderna artillería.
Después de tres horas de intercambio de fuego, los barcos nacionales atravesaron la defensa y siguieron río arriba hacia Rosario. La última batalla de Martín García entraba en la historia.
