Como si fuera la hidra de nueve cabezas que debió matar Heracles (Hércules, según la mitología romana) desde hace ya muchos años la inflación se ha transformado en la bestia a vencer en la economía argentina.
En gran medida, la persistencia de la inflación explica muchos de los desajustes que muestra el país e incluso también, en cierto sentido, el surgimiento de Javier Milei como candidato outsider, que promete terminar con la aceleración de precios y encaminar la economía.
Sin embargo, lo que se ve desde que asumió la primera magistratura el pasado 10 de diciembre es un ritmo frenético de subas de precios, más veloz y generalizado que con el gobierno anterior.
La primera explicación es que las variaciones de precios en la economía son enormes y de magnitudes distintas según los diversos tipos de bienes y servicios, un fenómeno que los economistas describen técnicamente como distorsión de precios relativos.
Para decirlo en buen criollo, es perder la referencia de cuánto es el valor habitual o razonable de un producto o un servicio. Tal vez el caso más claro sea el del café.
Puede comprarse por módicos 500 pesos, como muy buen precio en algún bar del conurbano bonaerense, pagar por él 900 o 1000 pesos como valor promedio del mercado o insólitos 1500/1700 pesos en confiterías de zonas más o menos acomodadas. Y el café es simplemente eso, un café.

El manual ortodoxo
En esta lógica desbordada de precios, el Gobierno no es ingenuo ni inocente. La administración Milei adhiere enfáticamente a la posición ortodoxa de la economía, que indica que para estabilizar los precios primero hay que eliminar las distorsiones de precios relativos, es decir, dejar que los precios suban hasta donde tiene que llegar, para recién después intentar estabilizar la economía.
Así, desde el ya célebre decreto de necesidad y urgencia 70/2023 de desregulación total de la economía, el Gobierno habilitó las subas en combustibles, que acumulan 125 por ciento desde noviembre; decidió una devaluación superior al 54 por ciento en el tipo de cambio; quitará subsidios vigentes en las tarifas de servicios públicos (luz, gas, agua, transporte), y desreguló servicios como la medicina prepaga, comunicaciones o educación, que gatillaron un espiral ascendente de precios, de consecuencias imprevisibles.
En este escenario, la inflación terminó 2023 en 211,4 por ciento, cerrando el último mes del año en 25,5 por ciento, un nivel que no se veía desde hacía 33 años. Y un dato curioso. Javier Milei tuvo en su primer mes de gobierno –es justo decir que los primeros diez días aún gobernaba Alberto Fernández– apenas un punto menos de inflación que Cristina Fernández de Kirchner en todo 2015, el último año de su segundo gobierno, cuando anotó 26,8 por ciento.
Y un dato preocupante fue el desempeño de al menos cinco rubros en diciembre. Bienes y servicios varios arrojaron un incremento de precios de 32,7 por ciento, mientras que Salud dio 32,6, Transporte 31,7, Equipamiento y mantenimiento del hogar 30,7 y Alimentos y Bebidas no alcohólicas, sin duda el rubro más sensible para la gente, terminó el año con un incremento mensual de 29,7 por ciento, todos muy por encima del nivel general de la economía.
Si a esto se suma la fuerte suba del dólar por la devaluación y la política de crawling peg (mini devaluación gradual y controlada del peso) sobre el tipo de cambio mayorista, el resultado es que los principales precios de la economía, como el dólar, los combustibles y los alimentos, actúan como una catapulta para el resto de los precios.
Y el Gobierno decidió hacer política de shock, para dar todas las malas noticias juntas en el verano, con todo el capital político que le dio el resultado electoral. Supone que a partir de marzo o abril, cuando empiecen a entrar los dólares de la cosecha gruesa (soja y maíz), se dé vuelta la taba y comience la estabilización.
En este contexto, un informe de la consultora Equilibra sostiene que “la inflación en la primera semana de enero fue elevada: 7,1 por ciento versus la última semana de diciembre y 30,2 por ciento versus la primera semana de diciembre, liderada por precios regulados (20 y casi 50 por ciento, respectivamente)”.
El estudio analiza luego la evolución de los salarios en este escenario y el resultado es lapidario. “Los salarios aún no reaccionaron al fogonazo inflacionario de diciembre”, explica.
Como el Gobierno ya dijo que no va a intervenir en las paritarias, lo que queda es que los trabajadores intenten recomponer sus ingresos en la discusión con la parte empresarial, cosa de por sí muy difícil en un horizonte recesivo como el que se avecina por los fuertes aumentos y el golpe sobre los salarios. Solo en diciembre se registró un “desplome del salario real de diciembre, que habría caído 11 por ciento, récord mensual para la serie que arranca en 1995”, remarca el estudio.
Así, para enero, Equilibra espera una inflación similar al 26 por ciento que estima para todo el mes de diciembre y un acumulado para el bimestre diciembre-enero que se ubicaría entre 55 y 60 por ciento.
En la misma línea otras consultoras prevén una inflación de enero similar a la de diciembre, por cierto, muy elevada.

Escenario incierto
Hay tres drivers que en la Argentina suelen mover los precios y son el valor del dólar, en primer lugar, el de los alimentos y bebidas, hoy en niveles mensuales del 30 por ciento, y que podría extenderse a otros bienes de consumo masivo como productos de higiene y limpieza, y en tercer lugar, el combustible.
Con la idea de “dejar que actúen las fuerzas del mercado”, estas tres variables se movieron rápidamente al alza desde el 10 de diciembre, poniendo presión a todo el sistema de precios.
Los analistas ya descuentan un verano muy caliente en materia de inflación y en los últimos días se agregó un dato por demás preocupante. El dólar blue y los dólares financieros (MEP y Contado con Liquidación) finalmente se despertaron de la siesta y generaron esta semana la primera corrida contra Javier Milei.
En ese salto el dólar blue pasó de 1.000 a 1.120 pesos en solo cinco ruedas, un salto del 12 por ciento. Mucho más pronunciado es el incremento del dólar MEP, usado por muchos particulares como forma legal de hacerse de dólares: pasó de 995 pesos el último día hábil del año a 1.160 este martes 9 de enero, un avance de 16,6 por ciento.
Por su parte, el Contado con Liquidación (CCL) también registró un incremento importante, de 973 pesos a fin de año a 1.193 el martes 9 de enero, luego de tocar los 1.230 pesos en la misma jornada.
Estos datos pueden parecer muy técnicos o propios del mundo financiero, pero tienen mucho que ver con la vida cotidiana.
El dólar Contado con Liqui, que se obtiene comprando títulos en pesos en la Bolsa y son liquidados luego en una cuenta en dólares en el exterior, es el tipo de cambio que usan las empresas, ante las dificultades para acceder al tipo de cambio oficial.
Por lo tanto, un salto en el CCL supone que muchas empresas recalculan sus costos en base a esta suba de la cotización, lo que termina en los precios de las góndolas.
En cuanto al MEP, es la referencia de ahorro para muchos particulares y también de alguna manera está metido en la formación de precios en la economía, en especial en el rubro servicios y entre los jóvenes, habituados a invertir en dólar MEP, dólar cripto y otras opciones financieras.
De este modo, servicios como la peluquería o barbería, la gastronomía, el turismo, los servicios informáticos, contaduría y otros llevan en su estructura de costos y los precios finales la inercia inflacionaria vía suba del MEP, el CCL o el dólar blue.
