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Caras y Caretas

           

Crímenes, barrios cerrados e impunidad

Hernán Vaca Narvaja

En su nuevo libro, Crímenes en espejo, Hernán Vaca Narvaja relata las coincidencias entre los casos de Nora Dalmasso y María Marta García Belsunce que mantuvieron en vilo a la sociedad durante los primeros años del siglo XXI. En uno de ellos, hay un solo condenado: el propio escritor.

Delicias de la Justicia country en Argentina se lee como subtítulo en la portada de la nueva obra del periodista, docente e investigador, Hernán Vaca Narvaja, y pocas palabras parecen ser más exactas que esas para describir los vaivenes del postmenemismo en materia judicial.

El autor, tras investigar minuciosamente los asesinatos de María Marta García Belsunce (en octubre de 2002) y de Nora Dalmasso (en noviembre de 2006), localizó una serie de coincidencias no caprichosas, sino más bien descriptivas y causales de aquella coyuntura política, que decidió publicar con el reciente lanzamiento de Crímenes en espejo, de la editorial cordobesa Recovecos. Barrios cerrados, seguridad privada, patria financiera, impacto mediático, poder, dilataciones e impunidad, entre otras analogías.

—¿Cómo surge la idea de esta obra? Ya habías escrito Las cuatro muertes de Nora Dalmasso, hace muchos años.

—Sí, yo saqué ese libro a los dos años del crimen de Nora y mucho de lo que decía ahí terminó ocurriendo en el juicio, que recién finalizó el año pasado. Fue un bochorno institucional, un juicio sin fiscal. Por otro lado, durante una maestría que hice en la Universidad de La Plata comencé a investigar sobre el caso García Belsunce, y allí descubrí una cantidad de coincidencias asombrosas entre ambos. A su vez, los dos procesos, que son muy viejos porque hace 21 años que mataron a María Marta y 17 años que mataron a Nora, finalizaron en 2022, claramente con impunidad. Pero hay muchas similitudes.

—La primera tiene que ver con poner en tela de juicio algo muy típico de la época: la tranquilidad de la vida en un country.

—Yo siempre digo que estos dos crímenes tan emblemáticos y mediáticos, de alguna forma fueron el epílogo de lo que muchos pensábamos que iba a ser el último capítulo del ciclo neoliberal en Argentina; aunque ahora empezamos a vivir otro. Estos crímenes estaban acompañados de esa filosofía política de la seguridad privada, los barrios cerrados, el tema del ascenso social no por la cultura del trabajo sino por la patria financiera, los negocios bursátiles, el lavado de dinero, etcétera. En ambos casos, los móviles más fuertes de las distintas hipótesis rondaron el tema económico y los negocios turbios: en el caso García Belsunce, los financistas, empezando por Carrascosa que nunca pudo explicar su nivel de vida porque no laburaba; y en el de Nora Dalmasso, un triángulo de poder que formaban Marcelo Macarrón, su vocero y el presidente de la multinacional Del Monte Fresh en Argentina. Mucho poder económico, mucha timba financiera y dos mujeres víctimas de estas mafias. Esa es otra de las coincidencias.

—La propiedad privada, los financistas y, otra similitud que abordás en el libro, el impacto mediático. Hay una larga lista de crímenes, pero no han tenido esa cobertura, ¿por qué creés esto?

—Ese es un pilar muy fuerte: la repercusión mediática y, sobre todo, cómo incidió en el proceso judicial. Los jueces y fiscales estaban condicionados, en Río Cuarto salieron a buscar amantes porque todos los medios del país reproducían ese rumor; o el tema del pituto, que todos recuerdan. Fue un juego mediático para resolver los casos dentro y fuera de Tribunales con apañamientos impresionantes. Hoy en día, con el avance del movimiento feminista y la conciencia en la sociedad, por suerte, no se permitiría una cobertura como la de aquel entonces. Por otro lado, en esos años no existía la figura de femicidio, pero hubiera sido tranquilamente aplicable.

—Claro, son casos que tuvieron todas las cualidades para ser consumidos por fuera de lo judicial.
—Tienen todos los condimentos que lo hacen atractivos para la opinión pública: hay sexo, hay poder, hay misterio. Se convirtieron en policiales de sucesos mediáticos. Escribir el libro fue -también- un ejercicio literario, reconstruir todo eso era ver a la realidad superando a la ficción, tanto en los crímenes en sí mismo, que estuvieron lejos de ser “perfectos”, como en los procesos judiciales. Fueron procesos kafkianos que duraron dos décadas.

—¿También participaron peritos vinculados a la última dictadura militar?

—Claro, en ambos casos. Esto me llamó mucho la atención. Los famosos Osvaldo Raffo y Raúl Torre, legitimados por los medios de comunicación, participaron de forma idéntica: procurando destruir las pruebas que habían recolectado, fiscales, peritos y forenses de cada jurisdicción, con una mirada muy porteñocéntrica y descalificadora del trabajo ajeno.

—Del juicio a Macarrón, el cuál seguiste muy de cerca ¿qué cosas te sorprendieron?

—Algunas no había visto nunca, como restricciones impensadas para la cobertura: nos decomisaban el celular, teníamos una sala de prensa sin internet, los colegas periodistas que vinieron de Buenos Aires a los dos días se tuvieron que ir, el imputado entraba a la cochera de los magistrados. Fue algo inconcebible. Todo eso tenía que ser contado, y está presente en el libro porque periodísticamente en ese momento era casi imposible hacerlo. Por otro lado, cuento ejemplos de las limitaciones de cómo trabaja la Justicia. En el caso de Río Cuarto, las fotos del cadáver de Dalmasso las sacó la forense con su propia cámara digital, el bioquímico se quedó sin hisopos y usó algodones, por nombrar algunos. Sin embargo, no hubo contaminación de la escena del crimen.

—¿Eso quedó demostrado?

—Sí. Los peritos de Río Cuarto demostraron que no la hubo y allí es cuando surge de casualidad el ADN de los Macarrón y el caso empieza a dirigirse al entorno familiar. Porque hasta el momento, el fiscal se había hecho eco de los rumores de los amantes y luego habían imputado a un perejil, lo metieron preso, y lo salvó una pueblada que se armó. Sin embargo, con el ADN confirmado no metieron preso a Facundo Macarrón ni a Marcelo Macarrón.

—Esa causa te toca particularmente de cerca, ¿qué lectura hacés?

—Para el Poder Judicial cordobés, el único condenado por el asesinato de Nora Dalmasso, soy yo, un periodista. Me condenaron a indemnizar a la familia Macarrón por “daño moral” en tres instancias. Esa es una decisión política, que se condice con la que tuvo en su momento el gobernador De la Sota que intentó cerrar la causa. La Justicia de Córdoba trató de que yo no vaya a la Corte, pero ya tengo un dictamen favorable del procurador general que sostiene que no hice otra cosa que periodismo, que seguí el caso y que todas las frases que ellos afirman como “daño moral” fueron sacadas de contexto. Ahora, mi causa está entre las 50 que tiene la Corte pendiente como importantes, porque está en juego nada más ni nada menos que la libertad de expresión.

Escrito por
Damián Fresolone
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