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En la estación del dolor

La tragedia, la muerte, la traición, incluso la tortura espiritual, son temas habituales de la ópera. ¿Por qué nos cautiva ese dolor terrible que sufren los personajes? ¿Cómo se transforma en belleza?

Cada vez que empiezo a estudiar una obra nueva y a sumergirme en las peripecias de los personajes, suele haber un momento en que mi marido no músico aparece con preguntas (acaso superado por la reiteración de frases y palabras generalmente en italiano que llenan la casa, sin salvación posible para ningún ser vivo con orejas). Se interesa por saber de qué va la obra, qué le pasa a la pobre persona para gritar, perdón, cantar de esa manera… Y entonces entro en el relato de los hechos que son el tema de esa ópera, o ese lied, situaciones casi siempre espantosas, cuyo exceso de espantosidad se me revela por contraste a medida que voy traduciendo y explicando, trayendo esos acontecimientos pavorosos del submundo artístico a nuestra hermosa cocina llena de sol y olor a cebollas, un mediodía de domingo cualquiera.

Orfeo, por ejemplo, el de Gluck o el de Monteverdi, que pierde a su amada y desciende al infierno para buscarla; los dioses le permiten hacerlo pero con la condición tan cruel de que no puede mirarla a la cara durante el viaje de regreso a la tierra de los vivos. Obvio que el pobre no resiste la tentación, y la amada se le muere muerta por segunda vez, y encima ahora es culpa de él. Ni que hablar de Petrarca y su tragedia personal, tema del madrigal “Zefiro torna”, de Luca Marenzio, que estudié a morir un año entero. Vuelve la brisa cálida, vuelve la primavera con todas sus delicias, “pero para mí, desgraciado, vuelven los más graves suspiros que del corazón profundo trae aquella que al cielo se llevó sus llaves, y el cantar de los pajaritos, y el florecer de los prados, no son más que desierto, y fieras ásperas y salvajes”.

Al pobre Romeo Montesco de Bellini, casi idéntico al de Shakespeare, todos sabemos lo que le pasa, pero la cuestión es por qué la frase “Ecco la tomba” es una melo descendente, y lo importante de que el agudo del comienzo sea pianissimo como un hilo de agua, esa que sale por los ojos (debido a la cebolla también, sí). Y por eso tengo que practicarlo mucho, mucho… La pobre Charlotte del Werther de Massenet, autodisciplinada para casarse con el hombre buenísimo al cual no ama porque así lo prometió a la madre, también buenísima, en su lecho de muerte, y ahora entiende que el hombre amado que quedó de “amigo de la familia” se está por suicidar (de amor por ella, obviamente) y efectivamente lo hace… O el tremendo “Erlkönig” de Schubert, con el piano haciendo el galope desesperado del caballo. “¿Quién cabalga tan tarde, a través de la noche y el viento? Es el padre con su hijo. Abraza a su pequeño con fuerza, lo mantiene seguro y abrigado.” El hijo agoniza y el padre se esfuerza queriendo llegar a donde podrían quizás salvarlo, galopa a través de la noche y el frío mientras la muerte, el Rey de los Alisos, dialoga con el niño (el final no puedo ni escribirlo). Increíble lo que hace Goethe con esta tragedia, y lo que hace Schubert con el texto de Goethe, y lo que puede hacer un dúo de cantante y pianista con todo eso, vale la pena estudiar alemán solamente para disfrutar este lied. ¿Disfrutar este lied?

“Pero che, ¿nunca una alegría?”, exclama siempre en algún punto mi sacrificado compañero, y me trae de vuelta al sol y las ollas. Esa pregunta, medio en broma, medio en serio, me ha dado mucho que pensar.

¿Por qué disfrutamos tan intensamente de cosas tan horribles?

Romeo Montesco (Manuela Reyes) revela a Giulietta Capuleto (Cecilia Layseca) que ha tomado el veneno.
Teatro Verdi, Villa María, 2007. Foto: Peter Franke.

El dolor que se transforma en belleza

Lo supe de repente un día, escuchando, no cantando. Una clase en un taller de repertorio que yo misma había organizado, con dificultades, cansada, triste por cosas que no habían salido, personas que me habían herido, comenzando a sentir “la indiferencia del mundo que es sordo y es mudo” en cumplimiento de la profecía discepoliana.

Una gran maestra tocaba al piano el aria “Cortigiani, vil razza dannata”, de Rigoletto, y cantaba un compañero barítono. Cortesanos, vil raza maldita… El bufón Rigoletto suplica de rodillas delante de una puerta cerrada que le devuelvan a su hija adolescente, que está del lado de adentro en poder del patrón de él, un duque, cuya perversa diversión es esa que puede suponerse (y tampoco puedo ni escribirla). Difícil imaginar algo más cruel. El aria es, sin embargo, de una belleza inaudita, y la interpretación que pude apreciar ese día traspasó mi corazón. Sentí que sucedía algo como un exorcismo, sentí que de algún modo el dolor extremo del personaje se trasmutaba en belleza.

Cómo no se puede ser ligero con el dolor.

Cuánto respeto y cuidado hay que tener con el dolor. Qué silencio sensible y presente, totalmente despojado de juicio, condescendencia, verborragia superficial, hace falta para abrazar al que sufre, para acompañarlo a la par en la frágil desnudez de lo humano humano.

Cada uno y cada una tenemos nuestra dosis. A no dudarlo.

Y Dios nos libre (literalmente) de querer armar un ranking.

Pienso en mis propios dolores actuales y pasados, pienso en “mi gente que no está”, pienso en lo que pasa cuando los monstruos de verdad irrumpen en las cocinas de domingo llenas de sol y se llevan a las cocineras o a sus compañeros preguntones para hacerles daño.

¿Qué pasa? Qué pasa entonces?

Entonces capaz es solamente sobrevivir o dejarse morir. Y puede que sea el silencio o el grito, o el llanto o la súplica. No sabemos. Y Dios nos libre (otra vez literalmente) de juzgar, mucho menos con el diario del lunes.

También puede ser que el canto sea parte de sobrevivir, como lo fue para una integrante de la agrupación coral de ex presos políticos que ensaya en Córdoba, según me contó su director y leí luego en una nota que le hicieron en Página/12:

“‘Yo me defendía de todo ese horror, de los gritos y de eso que no entendía, cantando.

“–¿Y qué cantaba?, quiso saber el juez.

“–Canciones infantiles. Yo siempre canto. Soy muy alegre. Siempre he sido así. Ahí encerrada y todo cantaba: ‘Estamos invitados a tomar el té…’ –entona, y los jueces la escuchan sorprendidos, hasta con ternura, mientras ella se desliza por los versos de María Elena Walsh”.

Cuando nos toca hacer algo con el dolor no a la par, en la frágil desnudez de lo humano humano, sino de otra manera, en la frágil desnudez de lo humano artístico, entonces es otra cosa. Entonces se trata de performar el rito, trazamos un círculo en la tierra y ahí dentro contamos la terrible historia de muerte desplegando un máximo de vida, con alarde de recursos y de todas las hermosuras a nuestro alcance, con la máxima energía y gioia di cantare que seamos capaces de reunir.

Ahí es levantarnos y gritarle a la Parca en su fea cara QUIERO RETRUCO.

Al parecer eso nos hace bien porque tiene el extraño efecto de poder nombrar todos juntos lo innombrable.

Algo como poder contarla, o cantarla, o las dos cosas.

Escrito por
Manuela Reyes
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