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Quino y Mafalda

La pequeña niña que pensaba como grande reflejó lo que fueron aquellos tumultuosos años 60. Sin embargo, la vigencia de sus temas la hizo trascender en el tiempo.

“Buen viaje, maestro.” Esa frase se repitió en innumerables posteos el día que Quino se fue. Justo partió el día siguiente del aniversario 56 de Mafalda, su entrañable personaje y su tira más popular. Como si hubiera esperado, para atravesar esa celebración una última vez. El desconsuelo conmovió a todxs quienes crecimos, pensamos y descubrimos algo de nosotros mismos y del mundo con sus creaciones. Quino, ese personaje tímido, que desde niño supo que quería dibujar, al que le costaba la exposición pública, que terminó convirtiéndose él mismo en un personaje, admirado, capaz de seducir con un carisma extraño, ha marcado a sucesivas generaciones dentro y fuera de la Argentina.

Quino llegó joven a Buenos Aires, desde Mendoza, a hacerse un lugar en un campo humorístico que estaba en pleno auge y dinamismo. Con muchos talentos, escuelas, creciente espacio en la prensa. Poco después saldría Tía Vicenta, esa revista icónica hasta el día de hoy. Quino siempre recordaba que, al comienzo, había noches que no dormía para llegar con el ritmo de entregas que debía aceptar. En parte eso se debía a su cuidado. Pensaba obsesivamente cada detalle: podía dibujar una y otra vez variaciones para la expresión de los ojos, observar las vidrieras imaginando los vestidos que usaría Mafalda, revisar cada ángulo de una resolución. Su método de trabajo exigía esa observación minuciosa de la realidad. Me lo imagino un lector voraz de las noticias de los diarios en los que trabajaba. Eso era solo el inicio de un diálogo constante consigo mismo, un masticar crítico, que movía una reflexión filosófica que tenía una resolución gráfica, que imantaba su arte.

MAFALDA Y SU TIEMPO

Esa capacidad, inusual, le permitió registrar los fenómenos emergentes de esos vertiginosos años sesenta, que lo llevaron, con una enorme intuición, a convertir en personaje principal a Mafalda, una niña/joven contestataria y feminista innata –en las antípodas de las niñas delicadas hegemónicas hasta hace tan poco–. Es decir, que lo hizo situar, en 1964, a su famosa historieta en el nudo mismo de las confrontaciones generacionales y de género todavía emergentes. Con Mafalda, Quino tensionó al máximo la ironía y la ingenuidad. Con referencias implícitas, parlamentos omitidos y cierres abiertos, sus estrategias humorísticas jugaron con la erosión de la división entre lo público y lo privado –instituida por la modernidad burguesa– al iluminar lo político mediante lo familiar y viceversa. Con esa intuición, Quino fue capaz de retratar la contracara de las imágenes modernizantes dirigidas a las clases medias (y trabajadoras) que invadían las publicidades con promesas de felicidad y vendedores de gran sonrisa. Entrevió las imposibilidades y las frustraciones: ese padre de familia que no llegaba a fin de mes y que carecía de autoridad sobre su prole –aún más veía embobado la carcajada de su hijo– o esas amas de casa a las que sus propias hijas les increpaban su destino. Dialogó con las convulsiones de los años sesenta y setenta (las revueltas estudiantiles, la entidad del tercer mundo, la censura y la represión que asolaban no solo América latina). Pero Quino no solo pintó su tiempo (los emergentes de un momento singular) y su aldea (esa urbe porteña que se destilaba en cada detalle) sino que, al hacerlo, con esa intuición nos iluminó nuestra condición humana y nuestros males: la injusticia, las guerras, la pobreza. Siempre decía que la perdurabilidad de Mafalda se debía a que los problemas seguían vigentes. Ciertamente, nuestro presente, esta pesadilla de una pandemia global creada por la feroz reproducción del capital, le da la razón.

Sin embargo, esa explicación no basta. La vigencia de Quino está en su humor. En esa interpelación activa, abierta, de gran riqueza, que reclama de quien lee completar el sentido, lo que facilita una autopercepción reflexiva y moviliza una experiencia social, surgida de la lectura pero que la excede. Sus creaciones de papel y tinta saltaron de los recuadros de la historieta. Se volvieron un fenómeno social. Fueron apropiadas por cada generación y cada público. Y se instalaron en nosotros. Eso fue posible y a la vez favoreció una producción constante de nuevos canales y modos de circulación de la obra. Nuevas ediciones (diferentes libros, revistas, idiomas) y diferentes formatos (cine, televisión, muestras) que hicieron posibles distintos actores (medios de comunicación, instituciones educativas, críticos, etcétera). Con ellos, en cada momento y en diferentes lugares, sus creaciones, y muy especialmente Mafalda con su banda de amigos, vivieron una resignificación constante. Cobraron vida. Incluso, muchas veces constituyeron a esas personas (de distintas edades, pertenencias, condición social) en su subjetividad. Y, al hacerlo, las integraron a una comunidad de pertenencia. Leer Mafalda o solazarse una y otra vez con los dibujos de página implica una cifra: compartir un código, ser parte de una cofradía masiva. Mafalda se volvió, incluso, un mito contemporáneo, que confiere, para muchos, significación a la existencia social. Condensa principios que dan sentido a los dilemas, las luchas que enfrentan sujetos muy diferentes en distintas partes del mundo. Para ellos, Quino los sigue iluminando.

Isabella Cosse es investigadora del Conicet y profesora de la Escuela de Investigación de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. Es autora de Mafalda: historia social y política (FCE, 2014).

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