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El actor del tango

Ilustración: Juan José Olivieri
Ilustración: Juan José Olivieri

Los escenarios fueron parte de la vida de Gardel desde siempre. Antes de convertirse en cantor, realizó oficios varios vinculados al teatro, que lo familiarizaron con el ambiente, con las luces, con los aplausos.

Carlos Gardel se vinculó a maquillajes, luces y escenarios durante su infancia, cuando repartía por los camarines los vestuarios planchados por su madre, doña Berta.

Curioso y vivaz, vio la transformación de actores en personajes, conoció un mundo donde todas las situaciones son posibles y todos los sueños realizables; fue amigo de hacedores anónimos de cada función e integrante de la claque de Luis Ghiglione (Patasanta), donde aplaudía a cambio de entradas gratis: “Conocí a Carlitos desde muy pequeño (…) Solía venir a verme al Teatro Victoria (…) Era loco por la música española. Le gustaban las zarzuelas y cuando daban Marina, El rey que rabió o La tempestad, lo tenía desde temprano en la puerta del paraíso” (reportaje a Ghiglione citado por Rodolfo O. Zatti en Gardel en el Abasto, 2005).

Gardel recordó siempre aquella época: “Hice de todo: desde utilero hasta comparsa, desde maquinista hasta qué sé yo qué… Hacía de ‘multitud’ en el teatro de la Ópera, donde actuaban los cantantes más famosos del mundo” (El Suplemento, 19 de abril de 1933). “A los maquinistas y utileros, mis compañeros de entonces, después de las funciones los entretenía cantando ‘como Caruso’ o cachándolos a lo Titta Ruffo (Noticias Gráficas, 21 de septiembre de 1933). “Imitaba a todos, desde el tenor al bajo, desde la soprano a la contralto” (El Suplemento, 19/04/1933). Esas travesuras testimonian su aguda observación, su oído musical, su afinación perfecta y su interés por las directivas técnicas que, jugando a ser artista, tomaba para sí.

Una de sus actuaciones como extra (o zanagoria) fue en Gigantes y cabezudos, zarzuela de Miguel Echegaray y Eizaguirre y Manuel Fernández Caballero, donde daba llamativos saltos para que sus amigos del gallinero lo aplaudieran solo a él.

Con esos antecedentes, y luego de participar en varias compañías teatrales como fin de fiesta, cuando llegaron a sus manos los versos de “Mi noche triste” (de Samuel Castriota y José María Contursi) comprendió que no debía cantarlos sino interpretarlos, actuarlos. Hizo suya la historia, se metió en la piel de ese hombre que representa a todos y creó la breve ópera del arrabal porteño.

EL TEATRO COMO TELÓN DE FONDO

En sus discos hay recursos teatrales: diálogos con los guitarristas (“Che, Bartolo”, de Sciammarella y Cadícamo; “Al mundo le falta un tornillo”, de Aguilar y Cadícamo), coros (“Silencio”, de Gardel-Pettorossi-Le Pera; “Por una cabeza”, de Gardel-Le Pera), tangos para ser cantados por mujeres (“Lloró como una mujer”, de Aguilar-Flores), y en “Anoche a las dos” (De los Hoyos-Cayol) encarna a tres personajes.

En sus presentaciones solía pedir algún juego de luces y cuidaba al extremo la estética, tal como documentan cartas de su apoderado Armando Defino: “He tenido necesidad de hacer los cuatro trajes de gaucho, nuevos. En tu casa había dos, pero ha sido imposible encontrar género igual, ni siquiera parecido, de manera que no he tenido otro remedio que hacer los cuatro para que resulten iguales. Son de género gris clarito, con bordados celestes y guarda negra (…) He tenido que comprar también tres pares de botas, dos de espuelas y dos cinturones, para completar los juegos (…) No podemos encontrar, a mi gusto, espuelas y cinturones, sobre todo que hagan juego con los otros pares que están en tu casa. Hemos recorrido infinidad de casas y seguiré mañana” (8 de enero de 1935).

Desde Nueva York, Gardel le pedía que también acondicionara los telones, aplicara “dos guitarras bordadas, si es que la cortina de boca lo permite” y se los enviara para usar en la gira, “para evitar que me presenten con un fondo sucio de decorados de papel” (9 de diciembre de 1934). Defino contestó con detalles: “La más fina de las tres es la de lakmé (sic) (…) No pudiendo plancharse Oubiña [conocido escenógrafo de la época] optó por pasarle unas pinceladas con una brocha húmeda y estirarlas para que tomaran forma (…) La otra es una azul, de raso, a bastones también de un azul algo más sobresaliente, por su brillo (…) A esta le pintó Oubiña una gran guitarra, adornada con unos círculos de aluminio (la guitarra, en amarillo, a semejanza de una natural), en la parte más arriba del centro y en el borde le pintó unos cuadros de un azul claro combinados con otros de aluminio. Me dijo la conveniencia de agregarle al diapasón de la guitarra unas cintas blancas y azules, formando la bandera argentina y que no las había pintado porque desentonarían, en cambio aplicadas tendrían más vista y flamearían (…) La otra, la tercera, es una cortina floreada, en fondo oro, un tanto antigua (…) a la que se le pintó una guarda dorada, combinando con el color natural (…) A mí me seduce más la azul, porque combinaría bien con los trajes de gauchos, pues tú seguramente usarías el negro, la cortina azul y el contraste de los trajes de los muchachos de un gris claro, combinando con el aluminio de la guarda, teniendo en cuenta también el dibujo típico. Ahora para una presentación lujosa quedaría la de lakmé (sic), que es muy fina y vistosa por sí sola” (14 de enero de 1935).

El desgaste de trajes y telones prueba que desde mucho antes Gardel creaba un marco visual, una ambientación estética para realzar su arte.

En aquellas travesuras de niño, se había gestado el actor del tango que a casi un siglo de su muerte sigue cantando cada día mejor.

Escrito por
Ana Turón
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