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La segunda presidencia de Perón

Fueron tres años de constantes enfrentamientos con una oposición que iría ganando en virulencia hasta tomar las armas para derrocar a un gobierno democrático.

Hoy, 4 de junio, se cumplen exactamente 70 años del inicio de la segunda presidencia de Juan Domingo Perón. Es una fecha clave, bisagra, para comprender al peronismo en toda su complejidad. Porque ese 4 de junio no es el más luminoso en la historia, aquel que inaugura la etapa de las grandes reformas y transformaciones a partir de 1946, si no el de 1952, que comienza un periodo complicado, contradictorio, con claroscuros. Esa nueva etapa, que se inicia de manera trágica con la muerte de Evita el 26 de julio, intentará conjugar la necesidad -siempre conservadora- de estabilización económica y política de todo proyecto de poder, con la inercia obligada de la continuidad en la ampliación de derechos y distribución de la riqueza del período anterior. Por el otro lado, esa experiencia deberá afrontar dos grandes enemigos: la burocratización del gobierno y una oposición brutal que culminará su violencia con el ataque terrorista contra población civil el 16 de junio de 1955 y el posterior y definitivo golpe de Estado.

Tal vez la iniciativa más brillante de este periodo haya sido la elaboración del Segundo Plan Quinquenal. Ese proyecto de país, como pocas veces se ha pensado en la historia, incluía todas las ramas políticas, económicas y sociales de la organización de la nación: se trataba de una mirada integral que comprendía desde la formación de las organizaciones libres del pueblo, planes de desarrollo para las distintas ramas productivas con acento en el incentivo en las áreas de energía y la industria pesada (siderurgia), y un acento fundamental en la logística y la infraestructura de comunicación y transporte. 

Entre las especificidades más importantes del plan se encuentran 1) la función social de la propiedad agraria, la mecanización del sector, 2) la nacionalización absoluta del comercio exterior en los rubros de energía y bienes de capital. El IAPI continuaba siendo la herramienta predilecta del gobierno para redistribuir el fomento de las distintas áreas de producción, y 3) en materia industrial, el gobierno preveía descentralizar y relocalizar los parques industriales en el territorio federal, fortalecer la creación de las industrias del Estado.

Por supuesto que las condiciones económicas reales y el golpe de Estado de 1955 impidieron que el Plan Quinquenal pudiera llevarse plenamente adelante. Pero quizás la característica principal del periodo haya sido la detención de los procesos de redistribución de la riqueza dispuesta por Perón para frenar la espiral inflacionaria que amenazaba a la economía al inicio de la década del 50. El reemplazo del feliz ministro de Economía Ramón Cereijo, un hombre convencido del poder interventor del Estado, por el más moderado y ortodoxo –si es posible tal acusación- Alfredo Gómez Morales, ya dio la señal de hacia dónde iría dirigida las políticas del sector: ante las restricciones de divisas externas debido a la salida de la postguerra de los países europeos y la caída de la producción agropecuaria, el ministro optó por aumentar las tasas de interés de los créditos bancarios, medida que logró frenar la presión inflacionaria pero también la participación de los salarios en el Producto Bruto Interno. Eso descascaró la relación del gobierno con los sindicatos y el propio Perón convocó al célebre Congreso de la Productividad en el que sentó a empresarios, trabajadores y gobierno a establecer acuerdos de precios bianuales. Acuerdos que fueron quebrados por unos y otros.

Ante ese panorama, el ministro de Economía intentó frenar las consecuencias del frente externo atrayendo inversiones extranjeras. Un proyecto de ley de apertura y facilidades para empresas trasnacionales y un intento de acuerdo con empresas petroleras estadounidenses desataron la ira tanto de opositores como de oficialistas. De esa manera, entre las dificultades financieras, un anquilosamiento en las prácticas políticas del gobierno, que endureció las medidas represivas contra la oposición, y cierto descontento en el frente interno del propio peronismo, el segundo gobierno comenzó un camino fatigoso.

Cansancio que, sin embargo, no se reflejaba en las urnas. En las elecciones de 1954, en las que se eligió al vicepresidente –debido a la muerte de Hortensio Quijano- el candidato peronista Alberto Teisaire obtuvo más del 64 por ciento de los votos. Por lo que la supuesta tesis de la pérdida de legitimidad del gobierno peronista –argumento que utilizaron siempre los defensores del golpe del 55- es absolutamente falsa.

Suerte para la desgracia

Lo que no es falso es el sino trágico de este segundo gobierno: 1) antes de asumir, murió Quijano, 2) apenas asumido Perón, debió enfrentar el golpe más duro que fue la muerte de Eva Perón, Evita, su mujer y compañera, y símbolo máximo de los valores de justicia Social, 3) en abril de 1953, un atentado terrorista realizado por comandos civiles de la UCR asesinó al menos a seis trabajadores y dejó más de un centenar de heridos. Esa noche se produjeron las quemas de locales partidarios y la sede del Jockey club, 4) finalmente, el 16 de junio se produjo el nefando bombardeo de la plaza de Mayo que dejó más de 300 muertos y un millar de heridos.

En estos tres años de gobierno, uno de los puntos más sobresalientes es el conflicto entre Perón y algunos miembros de la jerarquía eclesiástica. La relación entre Peronismo e Iglesia Católica se había caracterizado en los primeros años por su vinculación estrecha: la doctrina social del Vaticano y la educación religiosa eran los puntos de sutura entre ambos sectores que, de alguna manera, competían por un mismo universo: lo popular como sujeto de acción política. Por eso cuando Roma anunció la creación de la Democracia Cristiana como herramienta política, Perón sintió el puñal debajo de la sotana. La relación comenzó a agrietarse y las acusaciones mutuas entre el episcopado y el presidente comenzaron a subir de tono. En diciembre de 1954, el gobierno envía a tratamiento en el Congreso los proyectos de ley de Divorcio vincular, la habilitación de las casas de ejercicio de la prostitución y prohibió las reuniones públicas religiosas y la aparición de imágenes con motivos navideños.  Meses después, enviaría una ley de separación total entre Iglesia y Estado. La Iglesia respondió con una fuerte campaña antiperonista desde los púlpitos de todas las parroquias del país y con la multitudinaria marcha de Corpus Christi el 11 de junio de 1955, cinco días antes del bombardeo.

La suerte estaba echada: tras el bombardeo, algunos sectores del peronismo visualizaron en la Iglesia Católica al principal enemigo. Los aviones que había masacrado a más de 300 civiles argentinos llevaban pintadas las leyendas de Cristo Vence. Por la noche, fueron incendiadas varias iglesias del centro de Buenos Aires. El gobierno peronista tenía sus días contados. El 16 de septiembre se produjo el golpe y cinco días después, Perón renunció a la presidencia.

Podrán estudiarse profundamente los pormenores de estos años agitados. Un periodo que se inició con la primera elección en la que las mujeres pudieron votar y que amplió derechos con tres leyes fundamentales: el Divorcio Vincular, la Igualdad Jurídica conyugal y la de Patria Potestad compartida. Si la primera presidencia transformó las estructuras económicas y sociales, si mejoró sustantivamente las condiciones materiales de los trabajadores, la segunda etapa trastocó para siempre las relaciones civiles y las desigualdades entre hombres y mujeres. Allí están las verdaderas razones no del golpe de 55: no en el autoritarismo con el que acusan a Perón sus detractores, si no en la vocación retardataria de los sectores dominantes argentinos. Lo que podía soportar la Argentina tradicional y vieja fue el aluvión modernizador que significó el Peronismo en la historia argentina. Aún hoy no lo soportan.

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Hernán Brienza
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